Por Annarella Grimal
Ernestina Aróstegui Varona no figura entre los fallecidos por “el virus”, como asegura su familia —que la cuidó en su casa de Camagüey desde que comenzaron los dolores en los huesos y otros síntomas inequívocos de la epidemia que azota a Cuba. La causa de muerte oficial fue “paro cardíaco”. Tenía 88 años.
En octubre, cuando ocurrió su deceso, el ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, había negado las denuncias de que la gente estuviera muriendo de dengue, chikungunya u oropouche, las tres arbovirosis más frecuentes que afectan a los cubanos y cuya incidencia se disparó durante el verano. Por eso la anciana no entró en la estadística.
“Pensamos que era dengue, al principio, pero en realidad no sabemos”, dijo a Café Fuerte su nieta, Anamely Ramos, historiadora de arte, activista y exiliada en Chicago. “Las cifras oficiales que están dando no están asociadas a la epidemia como tal, porque, claro, ellos ponen lo que quieren en el acta de defunción”, sostiene.
Sólo a mediados de noviembre las autoridades comenzaron a informar los fallecimientos, que hasta hoy suman 55 en todo el país, aunque estimaciones independientes hablan de 8,700 decesos por esta causa.
Duelo y descanso eterno
La abuela murió en su casa, sin haber sido diagnosticada. Por su edad y otros padecimientos, la familia decidió no llevarla al policlínico para evitar complicaciones. “En Cuba, no acudir al médico es ya como una lección aprendida: si vas, puedes contagiarte de otras cosas, nunca tienen medicinas, la atención es pésima…”, enumera Ramos. A pesar de sus 88 años, Ernestina era una mujer fuerte. Fue maestra, miembro de la Asociación de Combatientes y alfabetizadora, “algo que siempre fue motivo de orgullo para ella”, cuenta la activista.

A la pérdida de su abuela, se suma “la imposibilidad de poder tomar un avión”. Ramos tiene una prohibición tácita de entrada a Cuba por parte del Gobierno de la isla. No poder despedir a sus seres queridos es, para ella, “como si se interrumpiera el curso natural de la vida”. Tampoco tuvo tiempo de procesar el luto. Poco después, comenzaron a enfermarse otros miembros de la familia, “lo que hizo que nos enfocásemos en los vivos, y eso es terrible porque la situación se ha salido de control y ya ni siquiera puedes llorar a las personas que mueren porque tienes que ocuparte del resto”, sentencia.
Darle descanso póstumo a Ernestina también fue complicado. Primero hubo demoras para obtener el certificado de defunción. Luego hubo otro compás de espera para que llegara el carro fúnebre, unas cuatro o cinco horas. Por último, no fue posible realizar las honras fúnebres en el cementerio de la ciudad, a pesar de contar con una bóveda familiar vacante.
“La gente del cementerio dijo que no, que ellos ahí no tienen botas, no tienen capas, no tienen nada y que estaba lloviendo, y así no iban a enterrar a nadie. Simplemente, el cementerio se negó a enterrarla”, asegura, y precisa que los operarios sólo sepultan hasta poco antes del mediodía. “Al final, tuvimos que cremarla”, aunque sólo al día siguiente fueron entregadas las cenizas a la familia, lamentó la activista que señala la sobresaturación de los servicios funerarios en Camagüey.
En La Habana la situación es igual de alarmante. Según Martí Noticias, las muertes superan las 100 por día, más que durante la pandemia de COVID-19.
En Holguín, otra de las ciudades con alta incidencia de arbovirosis, se han limitado a 13 los enterramientos diarios, según dos fuentes independientes que citan el exceso de muertes y capacidad operativa insuficiente para la disposición final de los cuerpos.
Las restricciones en los horarios y número de entierros podrían explicar por qué la incineración de restos se ha vuelto una práctica extendida, aunque no hay cifras públicas actualizadas al respecto. Las pobres condiciones para velar y dar sepultura a los fallecidos son otra razón de peso.
Precarización y abandono institucional
Los golpes secos sobre la madera revestida anunciaron el fin del velatorio en la funeraria “Los Álamos” —antes “Delgado”— de la ciudad de Holguín. La martilladora, una trabajadora del local que bien pudiera rondar los 60, buscaba recuperar la ventanita de cristal incrustada en la tapa del féretro.
En la capilla vecina, los dolientes del difunto recién tendido esperaban el pedazo de vidrio de unos 900 ㎠ que permite asomarse al rostro del fallecido y marca la diferencia entre el ataúd abierto y el cerrado. Sólo hay uno en toda la sala mortuoria con capacidad para hasta seis funerales simultáneos, sin contar la capilla de protocolo (climatizada) destinada a difuntos muy importantes. En Cuba, hasta en la muerte se recicla.
La escena, por más que se repita en otras funerarias del país, no deja de causar espanto. La madera vencida se desintegra con cada golpe, filtrándose como arenilla entre las ranuras de la tela que reviste la caja del difunto.
“Hace años que se reutiliza el cristal de la caja de muerto”, dijo a Café Fuerte Sonia, cuyo nombre real no quiere revelar por temor a perder su trabajo como maestra en Holguín. Lo dice con la resignación de quien ha normalizado la precariedad de los servicios funerarios y la indiferencia de las autoridades ante la dignidad humana. “El cristal es de quita y pon, te lo prestan y luego lo recogen para el próximo féretro”, dijo una usuaria en Facebook, como si se tratara de la regla de oro de las exequias en la isla.
La situación se extiende más allá de la funeraria. A inicios de noviembre, el periodista cubano José Luis Tan Estrada alertaba en su perfil de Facebook que el servicio necrológico en Holguín había colapsado.
“En el Hospital Lenin de Holguín se viven escenas desgarradoras: más de 14 horas de espera para que llegaran las cajas fúnebres y luego otras tantas para que apareciera el carro que debía trasladar los cuerpos”, detalló, citando denuncias de pacientes y familiares. También precisó que la falta de agua impidió realizar autopsias, por lo que varios difuntos tuvieron que ser trasladados, sin velatorio, directamente al cementerio.
En el mismo mes, el comunicador Yosmany Mayeta compartió en Facebook la denuncia de la familia de la doctora Noris Corral Pacheco, reconocida especialista en Oncología en Santiago de Cuba, sobre la falta de condiciones y recursos básicos para el tratamiento digno de su cuerpo tras su fallecimiento, atribuido al “virus”.
La difunta estaba tendida “en la morgue del Hospital Provincial Saturnino Lora, en una camilla, sin cámara fría ni medios para su conservación”, ni recursos para realizarle la necropsia, ni carro fúnebre para su traslado.
Sin refrigeración —priorizada a extranjeros que pagan en dólares y personalidades ilustres— y sin embalsamamiento adecuado por la escasez de recursos, las altas temperaturas de la isla obligan a realizar el sepelio en menos de 24 horas.
Morir con dignidad, una quimera en Cuba
A Martha, la madre de Sonia, apenas la velaron durante dos horas. “Por decisión de la familia”, su cuerpo fue cremado para conservar sus cenizas, dijo la maestra, quien llevaba meses asumiendo los cuidados paliativos de su madre encamada, ante la ausencia de unidades especializadas en este tipo de atención en Cuba y en medio de una crisis sanitaria en la que escasean medicamentos, insumos y todo tipo de recursos.
“Enfermar y morir en Cuba es muy triste”, lamenta Sonia, y cuenta las dificultades para acceder a artículos básicos, como culeros desechables a precios asequibles que, según le comunicaron las autoridades locales en respuesta a su petición de ayuda, a su madre no le correspondían porque “son sólo para combatientes de la revolución”. Las circunstancias de la muerte de Ernestina en Camagüey, sin considerar su condición de veterana, muestran, en cambio, que no todos los combatientes son iguales.
De todo, lo único que Sonia recuerda sin sentir aprehensión es el ritual de la incineración. Abierto en 2013 en el Cementerio de Mayabe, en las afueras de la ciudad, el servicio, considerado por las autoridades una salida económica para el erario público, tiene capacidad para procesar hasta ocho cuerpos al día. También compensa la “no disponibilidad de terrenos para construir nuevos panteones”, dijo al semanario provincial ¡Ahora!, Alexis Limia Torres, jefe de Servicios Necrológicos en la empresa de Comunales de la provincia de Holguín.
El cementerio ha sido blanco de críticas por el estado de deterioro que presenta con “ataúdes desarmados, fémures y tibias que sobresalen de los nichos y lápidas caídas”, según el diario 14yMedio. En Mayabe, 20 muertos pueden compartir cinco tumbas de al menos cuatro niveles de profundidad cada una, distribuidas en bloques horizontales de unas 49 tumbas, según notificaciones oficiales de exhumación publicadas por Comunales.

Es decir, el uso de fosas comunes se ha extendido desde la pandemia de COVID-19 y, en estos momentos, la práctica se ha reportado además en Camagüey y Cienfuegos. En marzo, la usuaria Yoandra Ávila denunciaba en Facebook que no pudo exhumar los restos de su madre porque el cadáver había desaparecido del cementerio holguinero.
“Mi madre nunca apareció. Ni en la administración nadie nos sabe dar explicación sobre los restos de mi madre. Llegamos a la casa destrozadas. Nos dijeron que tuviéramos calma que iba a aparecer, nos tomaron el número de teléfono y que nos iban a llamar, pero nunca tuvimos una explicación convincente de dónde puede estar mi mamá”, reveló, y compartió fotos del estado del camposanto.

Tal vez por eso, el crematorio se encuentra justo a la entrada del cementerio y, a diferencia del paisaje dantesco que lo rodea, “es un lugar bastante acogedor que transmite paz”, asegura Sonia. Todo el proceso dura, en promedio, entre dos y tres horas por cremación, según las características físicas del fallecido. Pero a veces el servicio se interrumpe debido a averías.
“Si tienes suerte, a tu familiar le dan un turno en la cola para cremarlo cuando arreglen el equipo, sí, porque hasta después de muertos los cubanos tenemos que hacer cola”, afirmó Analays Fernández, en respuesta a una publicación de Facebook sobre el aumento exponencial de la mortalidad a consecuencia de las arbovirosis que circulan en el país. “¿Llevarlo a otro lugar? No es una opción porque, si no hay ambulancias para transportar a los vivos, mucho menos a los muertos”.
La Empresa de Servicios Comunales —entidad a la que pertenecen las prestaciones necrológicas y las de limpieza y mantenimiento de áreas públicas— atraviesa una crisis estructural marcada por la falta de vehículos, combustible y piezas de repuesto, además de salarios bajos y un creciente caos social, advirtió en marzo el periódico oficial Trabajadores. Sin carros fúnebres para los difuntos ni capacidades para recoger los desechos de ataúdes y limpiar los camposantos tras las exhumaciones, las imágenes que dejan el deterioro del servicio público y el abandono de su infraestructura en todo el país son dantescas.
“El cementerio parece un lugar abandonado: las calles no se distinguen, árboles caídos encima de las tumbas, osamentas expuestas, fetidez por todo el lugar”, describió Hermes Yasell en Facebook, tras la muerte de su abuelo en noviembre en Bayamo, Granma. A muchos los entierran en fosas comunes con capacidad para siete personas. “Ese día esperaban 18 entierros sólo de la funeraria, sin contar los velorios en sus respectivas casas… No hay dignidad ni para fallecer. De verdad que es triste despedir en esas condiciones a alguien que dio su vida en ese país”, lamentó.

La barbarie se repite
La nube de polvo que envuelve la carrocería del camión de carga da una sensación de movimiento a la fotografía compartida en redes sociales por el periodista Guillermo Rodríguez, a inicios de octubre. El vehículo parece avanzar despacio por el camino sin asfaltar. En el compartimiento trasero, dos mujeres y un féretro son los únicos pasajeros. Una de ellas, sentada sobre el piso oxidado, se inclina hasta recostar medio cuerpo sobre el ataúd. Con una mano sostiene la cabeza; la mirada fija en la nada.
“Lo que está pasando con los servicios necrológicos en Cuba escapa a cualquier imaginación; las imágenes son tan fuertes, tan frecuentes y desgarradoras que parecieran irreales”, escribió Rodríguez, sin precisar el lugar del hecho.
El carro fúnebre nunca llegó y el traslado se hizo a cielo abierto, bajo el sol de la tarde, como viene sucediendo al menos desde hace tres años.
“Si morir en vida fuera una imagen, sería esta”, sentenció el reportero.
Tres días después de esta escena, los usuarios de Facebook asistían a un cortejo fúnebre tirado por bueyes en el poblado Alonso Rojas, municipio Consolación del Sur, en Pinar del Río. Detrás de la carreta que sostenía el sarcófago, una caravana de dolientes caminaba hacia el cementerio.
Una semana antes, pasadas las tres de la tarde, el cuerpo de una mujer que había muerto la noche anterior fue tendido a la intemperie en señal de protesta, en el reparto Luz, en la ciudad de Holguín. Habían pasado más de 15 horas desde su fallecimiento, sin que llegara un carro fúnebre ni se ofreciera servicio necrológico alguno. Vecinos del lugar, entre ellos una persona con discapacidad, decidieron bloquear la calle con troncos de árboles y un sillón roto.
“Son personas que viven en extrema pobreza”, dijo una vecina a Café Fuerte, bajo anonimato, por temor a represalias.
En el video, que rápidamente se hizo viral, reclamaban que el cuerpo fuera recogido con dignidad. Una mujer llora: “Mi hermana, se me murió mi hermana”; mientras otra denuncia: “El que tiene billete en el bolsillo es el que puede; el que no, se lo comen los gusanos”.
De acuerdo con la fuente, la difunta “tenía una discapacidad mental; ella y su esposo pedían dinero en las calles, casi no sabía hablar”. Para el oficialismo, la demora en el levantamiento del cuerpo se debió a que los dolientes “estaban ingiriendo bebidas alcohólicas” y “se negaron a mover el cadáver”, según una nota de la Dirección Provincial de Servicios Necrológicos de Holguín difundida por el perfil Realidades desde Holguín, asociado al Ministerio del Interior.
Calidad y costos funerarios
En noviembre, el usuario Hermes Yasell relató que, al fallecer su abuelo, “no había formol”; la caja era muy precaria, con “solo dos tablas finas a cada lado y una por debajo” que la familia tuvo que clavetear para reforzarla. Por dentro estaba forrada con cajas de pollo y de picadillo. Varias denuncias indican que los ataúdes se construyen con desechos de costanera y cartón, a falta de madera. A veces, las tablas no se acoplan, por lo que los dolientes deben tapar las ranuras con papel. La tela con la que se reviste el féretro en Cuba, de un gris oscuro, es tan frágil que puede deshacerse con facilidad.

El 20 de noviembre, el perfil Servicios Necrológicos de Holguín aseguró que la funeraria Los Álamos cuenta con “suministro eficiente que garantiza la disponibilidad inmediata de sarcófagos”, con variedad como para “encontrar la opción que mejor honre la memoria de su ser querido” y con asesoramiento de “máxima sensibilidad” para la familia.
La pésima calidad de las cajas mortuorias es un problema un problema viejo. Los dolientes se han visto obligados, incluso, a “quitar la puerta de la casa” para dar cabida al féretro, que a veces va “chorreando aserrín”.
En teoría, los servicios funerarios en Cuba son asumidos por el estado, con excepción de la incineración (hasta 340 CUP que es menos de un dólar), y el traslado a otras localidades (entre 4 y 18 CUP por kilómetro recorrido). En la práctica, los familiares han optado por recurrir al soborno ante la falta de recursos y de sensibilidad generalizada, que también pasa factura.
Los arreglos florales también escasean; en ocasiones, se preparan sin las cintas con las dedicatorias, por falta de papel, o se cobran a precios de mercado negro (2,500 CUP o 6 USD por ramo). La escena dantesca se repite con otros fallecimientos. A veces, ni flores hay.
La crisis de los servicios funerarios estatales se palpa en escenas como esta. Familiares que esperan horas por un ataúd, por el que a veces deben pagar 5.000 CUP o más (13 USD), y cementerios desbordados componen un panorama en el que despedir a un ser querido se convierte en un proceso abrumador, caro y, muchas veces, indigno. En La Habana, se ha reportado la venta de osarios por hasta 100 USD.
En las fábricas de ataúdes se trabaja en condiciones precarias: se utiliza madera húmeda o de mala calidad, carecen de equipos de seguridad adecuados y cada sarcófago pesa más de 200 libras, lo que incrementa el esfuerzo físico de los obreros y ralentiza la producción.
A esto se suma el deterioro de las instalaciones funerarias, muchas de las cuales carecen de agua potable y mobiliario básico, un reflejo del abandono institucional que arrastra al sector.
No existen datos oficiales públicos sobre el número de funerarias en Cuba. Un conteo para esta investigación a partir de herramientas de geolocalización y de información de instituciones estatales arroja un número no menor de 77 funerarias prestando servicios, a las que se suman otras capillas habilitadas en plazas y monumentos. Ante la baja disponibilidad del servicio, en los últimos meses se han reportado féretros en los pasillos de las salas de velación y un incremento de velorios en los hogares.
Los cementerios también enfrentan problemas de capacidad y mantenimiento, especialmente el Santa Ifigenia (Santiago de Cuba), el de Colón (La Habana) y el de la ciudad de Holguín. La fuerza laboral está envejecida, con escaso relevo generacional y condiciones salariales que desincentivan el trabajo: un sepulturero gana apenas 2.700 CUP mensuales, que representan poco más de cinco dólares, mientras que los sueldos de otros trabajadores del sector apenas alcanzan los 4,437,5 CUP mensuales, equivalentes a 10,80 USD.
La información y las cifras, si bien se han tratado tímidamente en la prensa oficial, se presentan incompletas: desde 2018 hay registrados 805 cementerios en el país, aunque la pandemia obligó a construir otros nuevos a partir de 2021, en al menos las provincias de Guantánamo, Santiago de Cuba y Ciego de Ávila.
En Artemisa, pese a contar con planos y proyectos, aún no se ha construido el crematorio provincial, lo que obliga a trasladar cuerpos a otras provincias o recurrir a soluciones improvisadas como carros de empresas y camiones de carga. Lo mismo enfrentan los habitantes de Las Tunas, aunque por interrupciones en el servicio.
La crisis es estructural y humana. La falta de recursos materiales se entrelaza con la pérdida de dignidad, incluida la profanación, en uno de los servicios más sensibles para el pueblo.
Sin carros fúnebres
En 2025, el cuerpo de un difunto casi sale del ataúd en plena calle en La Habana. Algo similar sucedió en Sancti Spíritus, pero esta vez el féretro se deslizó del carro sin que el conductor se diera cuenta, cayendo en la céntrica calle Garaita, informó la radio local. Fueron los gritos de los vecinos los que advirtieron del incidente y permitieron recuperar el ataúd. Uno de los problemas con la caja es que, una vez que cae, generalmente comienza a deshacerse, muchas veces exponiendo los restos mortales, como sucedió a inicios de diciembre en la avenida Carlos III, una de las arterias más transitadas de La Habana.
Otras veces tampoco hay pedestal para sostener y rodar el féretro, lo que obliga a usar sillas para poder elevarlo del suelo. Los familiares que no logran acceder a un carro fúnebre deben alquilar una furgoneta compartida con otros difuntos, como en el caso del abuelo de Yasell.
El déficit de transporte afecta directamente la gestión de los servicios fúnebres de un extremo a otro de la isla, y la información al respecto está fragmentada y desactualizada. En Santiago de Cuba, donde en 2024 murieron unas 31 personas diariamente, sólo tres de los 16 carros fúnebres estaban operativos; en Artemisa funcionaban siete de 15 vehículos para trasladar a 15 fallecidos por día como promedio; y en Ciego de Ávila apenas estaban disponibles ocho de 19 carrozas para lidiar con 13 exequias.
En 2023, Holguín únicamente contaba con siete carros operativos para 27 fallecidos, y Las Tunas, con cuatro para 15 muertos. El último dato oficial sobre la disponibilidad de carros mortuorios en todo el país corresponde a 2021: entonces, sólo había 233 disponibles de los 615 necesarios, lo que se tradujo en un déficit del 62%. Ese año, el peor de la pandemia de coronavirus en Cuba, murieron diariamente unas 459 personas, lo que indica que cerca de la mitad de los fallecidos entonces no contó con un carro fúnebre para su traslado.

Las demoras y la improvisación en los traslados son frecuentes, y en algunas provincias los cadáveres deben ser transportados en camiones de carga, sin las condiciones mínimas de respeto o de salubridad.
Hasta la Asamblea Nacional ha llegado el tema de los servicios funerarios, con la promesa, aún sin materializarse, de adquirir 70 carros mortuorios mecánicos y 50 eléctricos. “El incremento de la cobertura en los servicios de transporte fúnebre, cuyo deterioro ha generado una gran insatisfacción en la población, también cuenta con acciones en marcha”, dijo a los diputados el ministro de Transporte, Eduardo Rodríguez Dávila.
Esto ocurre en un país que, en medio de la pandemia, renovó su flota de autos para el turismo con la compra de “casi 800 vehículos, 0 km, modernos y confortables”, según publicó la empresa Transtur, y donde el parque de patrullas policiales ha sido modernizado en casi su totalidad. Según Prensa Latina, en los últimos años Cuba ha recibido cientos de vehículos utilitarios de Rusia, en su mayoría destinados al turismo o a entidades estatales, y no para el transporte público ni para programas sociales.
Los datos contrastan con apenas 35 carros fúnebres de nueva adquisición anunciados en 2023 y 15 vehículos eléctricos entregados recientemente. Estos últimos son gestionados por una MIPYME estatal, lo que sugiere una intención de privatizar el servicio, aunque el ministro de Transporte informó que serían gratuitos para la población. Más de 100 de los vehículos prometidos para 2025 aún quedan pendientes.
Un país envejecido, en fuga y vulnerable
El trasfondo de la crisis también es demográfico. Según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), en 2024 murieron 128.098 personas en Cuba (10.359 más que en 2023), mientras sólo se registraron 71,358 nacimientos (19.034 menos que el año anterior). Esto implica una pérdida de 29.400 habitantes en un año. La cifra se eleva si se suma el saldo negativo en migración: expertos estiman que el país ha perdido un cuarto de su población en los últimos cuatro años.
De acuerdo con las estadísticas de la CEPAL correspondientes a 2023, Cuba ostenta la tasa de mortalidad más alta de Latinoamérica. La tasa más reciente, 12.9 por cada mil, parece consolidar el escaño, según las proyecciones del Banco Mundial disponibles hasta el momento.
En términos proporcionales, los fallecimientos en la isla superan en casi un 80% los nacimientos, confirmando una tendencia demográfica regresiva que no solo envejece al país, sino que también desborda sus servicios funerarios.
Una mirada rápida a la última década da cuenta del aumento vertiginoso de muertes en Cuba: mientras el exceso de mortalidad promediaba en torno a 2.500 anuales en el sexenio 2015-2020, en el trienio 2022-2024 ya son 6,792, sin contar los más de 55 mil que fallecieron en 2021 a causa del COVID-19. Este incremento también está condicionado por el colapso sanitario que sufre el país.
Aunque las estadísticas oficiales mantienen las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, las afecciones respiratorias crónicas y la diabetes como principales causas de muerte, su letalidad se ha visto amplificada por un colapso operativo persistente: más del 70 % del cuadro básico de medicamentos está en falta; el sector ha perdido más de 77.000 trabajadores desde 2021 y 4.782 camas en apenas dos años; y la red de emergencias funciona de manera intermitente por la escasez de ambulancias y de insumos, cuyas cifras reales de disponibilidad no se publican. Esta combinación provoca interrupciones en los tratamientos, diagnósticos tardíos y retrasos críticos en la atención urgente.
Al mismo tiempo, se ha producido un repunte de enfermedades infecciosas y virales —dengue, chikungunya, otras arbovirosis, tuberculosis y enfermedades diarreicas agudas— asociadas al deterioro del saneamiento, la crisis hídrica, los apagones prolongados y la inseguridad alimentaria. El resultado es un aumento sostenido de la mortalidad general, una ruptura del equilibrio demográfico —con más decesos que nacimientos— y un impacto desproporcionado sobre ancianos y niños, que concentran el mayor costo humano del colapso sanitario.
A la combinación de envejecimiento acelerado, disminución de nacimientos, emigración masiva y colapso sanitario se suman un sistema de servicios necrológicos que opera con escasos recursos —cuyo monto se desconoce—, un transporte deficiente y materiales de baja calidad. Esto implica un riesgo biológico aún no abordado en Cuba.
Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) exige bioseguridad, desinfección y un manejo digno de los cadáveres, en Cuba estas medidas no se cumplen. Entre los peligros del mal tratamiento de cuerpos se encuentran la transmisión de bacterias, virus y parásitos por contacto directo, fluidos o aerosoles; a su vez, la filtración de estos fluidos contamina suelos y agua, favoreciendo brotes de enfermedades gastrointestinales. La higiene deficiente y la exposición a escenas sensibles generan, además, estrés en la población. Hasta ahora, no existen estudios que documenten el impacto real de esta crisis sobre la salud humana y el medio ambiente en la isla.
Muertos VIP
El cuerpo de Yannelis de la Caridad Casales Antón, joven cubana de 30 años asesinada en marzo de 2025 en Jacksonville, Florida, fue retirado del ataúd traído desde Estados Unidos y colocado en uno de fabricación nacional. La dirección de la funeraria de la calle Calvario, en pleno corazón de la ciudad de Santiago de Cuba, justificó el cambio alegando que la caja extranjera “no cabía donde iba a ser enterrada”.
La escena refleja un patrón que se repite en un país donde las autoridades buscan controlar hasta los últimos detalles de las exequias de la gente común. Y mientras el ciudadano corriente sólo puede aspirar a un ataúd de bajo costo, para las celebridades, en cambio, existen cajas VIP que simbolizan respeto y estatus, dejando en evidencia la desigualdad incluso en la muerte. Los féretros de Alicia Alonso y Paulo FG son ejemplos elocuentes.
En este contexto han surgido iniciativas privadas que, aunque con precios elevados, constituyen un paso incipiente hacia funerales dignos. Su presencia en redes sociales se limita a promocionar ataúdes, casi como si se tratara de alta costura: a la medida.
“Se venden cajas de muerto en toda La Habana, en todas las medidas. Desde 10.000 pesos cubanos, la más barata, hasta quinientos dólares, la personalizada”, se lee en un anuncio en Facebook.
Otro, desde Centro Habana, advierte: “No haga el pedido el mismo día del velorio si quiere algo a la medida. La estándar de funeraria está en 15.000 pesos, pero si quiere una caja personalizada con madera fina y grabado, son 500 dólares”. Es decir que solo el ataúd puede llegar a costar 31 salarios medios.
La brecha entre los precios oficiales y los del mercado informal se explica en la voz de quienes sostienen este negocio:

“Mami, con todo respeto —responde un carpintero a una crítica en la red social—, lo único que te voy a decir es que el día que tengas un difunto en tu familia y el Estado no priorice sus servicios, me llames. Los muertos no tienen culpa de las acciones de los vivos, y tu hermano o tu tío me va a dar las gracias porque, de no ser por mi servicio, no habrían podido velarlo”.
En su arenga, detalla los costos: clavos, pegamento, madera, tela y otros materiales superan los 10.000 pesos; su ganancia neta apenas llega a 2.645 pesos por caja (unos $6 dólares), y ni siquiera dispone de transporte propio, por lo que debe pagar a terceros el traslado.
“No hables sin saber de negocio”, concluye. “El día que me necesites lo haré, no por ti, sino por el bien de mi negocio y, por supuesto, de mi comunidad, que tu presidente bastante ha desatendido”.
Si algo ilustra la precariedad extrema en la isla, es la despedida de duelo, donde la escasez y la deshumanización atropellan incluso los fragmentos más íntimos del último adiós, dejando en evidencia un sistema que ni siquiera puede garantizar un entierro digno a sus ciudadanos.
Entre la imposibilidad de un velatorio y sepelio dignos, la espera por un ataúd y el regateo en el mercado negro, la muerte en Cuba se ha convertido en otro terreno de supervivencia cotidiana. Féretros mal fabricados, coronas sin cintas y ataúdes que se venden en dólares son apenas la punta del iceberg de un sistema incapaz de garantizar lo más elemental: el derecho a descansar en paz.
Los vivos, abrumados por la pérdida y el luto, cargan con el peso de despedir a sus muertos en medio del colapso institucional que, como relata Analays Fernández, puede resultar sobrecogedor: “Es una tortura, un tormento, un dolor que se vuelve insoportable para la familia, como si la muerte del ser querido no fuera razón suficiente para romper aún más el alma”.
Hace solo unas horas, el gobierno cubano publicó la nueva Ley de Salud Pública que legaliza la eutanasia en Cuba. La norma, pensada como respuesta «frente a los retos económicos y sociodemográficos que enfrenta el país», abre la puerta a la terminación de la vida a discreción en medio de una crisis necrológica sin precedentes.
Los ministerios de Economía y Planificación, Comercio Interior, y Salud Pública no respondieron a las peticiones de información de Café Fuerte para este reportaje.