Obama y Díaz-Canel: Diálogos con el poder

En Cuba los presos políticos continúan tras las rejas. Seguiré abogando por su liberación en cada oportunidad que tenga y ante cualquier interlocutor. Es lo menos que puedo hacer por ellos y por la tierra de mis padres.

Por Joe García*

Con inesperada aspereza, Barack Obama desvió la mirada y la posó en la arbolada avenida de Coral Gables, por donde La Bestia avanzaba velozmente.

¿Acaso te invité a venir conmigo para que me hicieras pasar un mal rato?, me reprochó el presidente.

En un instante No Drama Obama se había esfumado del escenario. Sonaba incómodo, incluso molesto, aunque sin perder su compostura habitual.

–Señor Presidente, estoy más que agradecido por su invitación. Todo ha sido magnífico. Con el mayor respeto, no fue mi intención contrariarlo.

Mientras intentaba aplacar el fastidio del Presidente, crucé la vista con el escolta del Servicio Secreto que viajaba junto al chofer; se había girado y me observaba con manifiesta hostilidad.

Para entonces, hacía meses que había renunciado al cargo de Subsecretario de Energía de su Administración, y buscaba llegar al Congreso federal por un distrito de Miami. Era octubre del 2010 y, como parte de la campaña para las elecciones de medio término, Obama estaba en la ciudad y había tenido la deferencia de invitarme a acompañarlo en el Cadillac presidencial.

Pero ahí estaba yo, solo, en un escenario irremontable frente al hombre más poderoso del planeta, a quien había hecho perder la paciencia con una sola frase.

“Si esta gente no me soporta a mí, imagine por un instante lo que pensarán de Usted”, le expresé. Obama había estado elaborando sobre la conveniencia de subir a los republicanos al barco de una amplia reforma migratoria, mientras yo argumentaba sobre la necesidad de implementar los cambios a través de órdenes presidenciales.

Así que se tomó a mal mi comentario sobre la negatividad de los sectores más radicales ante el prospecto de una negociación. Años después, el Presidente adoptaría el enfoque unilateral para proteger a los jóvenes de DACA, pero aquella tarde en la limousine la opción ejecutiva no le pasaba por la mente y me lo había hecho saber de modo avinagrado.

García y Obama en Miami, en 2010. Foto: Cortesía Joe García.

Por fortuna, la caravana presidencial se movía a toda prisa y en cuestión de minutos arribamos a nuestro destino. Ortelio Cárdenas, el carismático propietario de El Mago de las Fritas, nos recibía con una amplia sonrisa frente al local, en la Calle Ocho del South West y la 58 Avenida. Obama había vuelto a ser Obama y se abría paso entre la gente con el magnetismo de siempre. Relajado, cool, amistoso. Materva en mano, alguien tomó aquella fotografía de ambos –sonrientes y cómplices– que inmediatamente circuló en medios y plataformas digitales. Una de esas imágenes que encubren lo que solo las confesiones pudieran revelar.

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Doce años después, en 2022, me encontré nuevamente cara a cara con el poder. Esta vez en la persona de Miguel Díaz-Canel, el hombre al mando de una pequeña isla sobre la que ejercía control casi absoluto.

Como firme defensor del papel de las mipymes en una economía libre, había viajado a La Habana para participar en un encuentro de negocios entre empresarios de Estados Unidos y unas pocas compañías independientes cubanas.

Durante una de aquellas sesiones, un funcionario anunció: “El Presidente de Cuba los quiere recibir”. Se me informó que, en mi caso, podía rechazar la invitación si así lo prefería. Estuve pensándolo por un rato; si había pasado la vida entera luchando por Cuba desde la otra orilla, lo lógico era no desperdiciar la oportunidad.

Para el encuentro, el gobierno había acondicionado un salón del Palacio de la Revolución con piso de granito reluciente, adornado de helechos y otras plantas tropicales, donde solícitos asistentes servían toda clase de delicatessens. Díaz Canel saludó de mano a cada participante y luego pronunció un discurso largo y optimista sobre el futuro económico del país.

Al concluir, fue acercándose uno a uno a los asistentes hasta llegar frente a mí. Hablamos brevemente de las mipymes, pero luego dirigí la conversación a otro terreno:

–Esto de los presos políticos hay que tratarlo. Está dañando a la nación. Usted no va a poder tratar seriamente con nadie hasta que resuelva esto.

Díaz-Canel me escuchó en silencio. Añadí que Cuba no podría hacer nada si seguía ignorando a la comunidad cubanoamericana.

El salón, donde tantas veces Fidel Castro agasajó a sus invitados, quedó en silencio. Hasta cesó el tintineo de hielos en los vasos de ron. Personas que estaban junto a Díaz-Canel dieron un paso atrás, mientras otros se movían discretamente fuera de su ángulo visual.

Finalmente, el gobernante cubano respondió:

–Mira, estas cosas no son tan fáciles como piensas, pero estoy más que feliz de hablar sobre ellas en otra ocasión.

Usted es el Presidente del país –insistí. Creo que sería un gran error no liberar a los presos, especialmente a los miles que salieron a protestar el año pasado 11 de julio [2021]. Es un paso muy necesario si Cuba quiere integrarse a una comunidad más amplia de naciones.

Tras ese intercambio, Díaz-Canel continuó las salutaciones y el personal de servicio regresó a la tarea de escanciar generosamente ron Caney 30 años y repartir espléndidos habanos Romeo y Julieta.

Dialogaba con algunos invitados sobre lo que acababa de ocurrir, cuando por el rabillo del ojo divisé a Díaz-Canel caminando nuevamente hacia mí, esta vez flanqueado por dos pesos pesados de su gobierno, el viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, y la funcionaria Ana Teresita González, a quien luego nombraría directora del Departamento de Atención a Cubanos Residentes en el Exterior (DACRE).

A todas luces, el hombre había quedado “picado” por el breve diálogo anterior. En esa segunda conversación insistí en la necesidad de adoptar medidas económicas más agresivas: “Al capitalismo, como a la fuerza de gravedad, no hace falta entenderlo para saber que existe y funciona. Esto puede ayudar al pueblo cubano”.

También le hice notar los altos costos que pagaban los exiliados por la tramitación del pasaporte cubano, incluyendo la tarifa del documento, el procesamiento por las agencias y las reválidas.

Finalmente, el hombre fuerte de Cuba se retiró.

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Aquellas interacciones con el poder terminaron de modo muy distinto.

En el caso de Obama, una vez que La Bestia enrumbó al aeropuerto fui depositado en una zona todavía acordonada por el Servicio Secreto, de donde era imposible moverse. Casi de inmediato, el número de la Casa Blanca apareció en la pantalla de mi celular. Del otro lado de la línea un alto funcionario lanzaba andanada tras andanada de improperios: “¿Quién coño te has creído que eres para hablarle así? ¡En tu puta vida vas a volver a pisar este lugar!”.

Lo cierto es que nunca expresé una palabra irrespetuosa al Presidente, pero el planteamiento lo digirió mal y en su entorno inmediato corrió como pólvora uno de esos rumores negativos que pueden marcarte para siempre.

Por suerte, aquel alto cargo se equivocó. Seguí viendo a Obama, primero como líder comunitario y luego como congresista. Hablamos muchas veces de Cuba y, por supuesto, sobre asuntos de inmigración. No me volvió a dar un ride en La Bestia, pero tuve el privilegio de acompañarlo en el Air Force One y visitarlo en la Casa Blanca numerosas veces. Siempre recordaba mi nombre. “Hey, Joe! How are you doing?”. Siempre fue amable y profundo.

En La Habana finalmente rebajaron los precios de los pasaportes, pero a Díaz-Canel, en cambio, no lo volví a ver. A Cuba en ocasiones me dejan entrar; otras, como en los tiempos que corren, no.

Sigo creyendo que con los adversarios lo ideal es encontrar soluciones por la vía del diálogo. Igual que Obama con su poderoso discurso pro libertades a todos los cubanos en el corazón de La Habana, en 2016. Igual que hizo Ronald Reagan cuando envío a Vernon Walters y Alexander Haig a hablar con el vicepresidente cubano Carlos Rafael Rodríguez; igual que Jorge Mas Canosa cuando optó por las ideas para enfrentar a Ricardo Alarcón en histórico debate. Igual que Jimmy Carter cuando liberó de la cárcel a más de tres mil prisioneros políticos cubanos.

Del mismo modo que hoy Donald Trump y Marco Rubio negocian una transición pacífica en Venezuela con la copiloto de Maduro, Delcy Rodríguez.

En Cuba los presos como Luis Manuel Otero Alcántara continúan tras las rejas. Y yo sigo –y seguiré– abogando por su liberación en cada oportunidad que tenga y ante cualquier interlocutor. Es lo menos que puedo hacer por ellos y por la tierra de mis padres.

*Excongresista federal demócrata por Florida. Fue director ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana. Reside en Miami.

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