Mal de patria: exilio y resistencia

Costa Rica ha sido desde hace muchos años una especie de oasis para aquellos que escapan de regímenes autoritarios y temen por sus vidas ante un eventual regreso a sus países de origen.

El exilio es…
como el brusco final de un amor, es como una muerte inconcebiblemente horrible porque
es una muerte que se sigue viviendo conscientemente

Julio Cortázar

Punto fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua. Foto: El Observador.

Cuando el periodista salvadoreño Mario Beltrán vio la captura de Ruth López y Enrique Anaya —dos importantes abogados y defensores de derechos humanos— supo que aquello era una red flag de lo que podía venir contra todo aquel que disintiera o incomodara al gobierno de Nayib Bukele.

En ese momento, se rumoraba que existía una lista con los siguientes capturados, incluyendo a periodistas.

“Luego, extraños patrullajes de la policía cerca de mi casa. Ahí me di cuenta que debía salir, al menos de forma preventiva, aunque hoy creo que será permanente, pero no me iba a exponer a una captura. Me tocó dejar el país, mis cosas, mi familia y mi arraigo para ponerme a salvo”, evoca Beltrán, cofundador y director de desarrollo de la revista Gato Encerrado.

Al ser una salida preventiva, Mario logró desplazarse de forma tranquila por avión, con un equipaje, ropa, artículos personales, entre otras cosas.

“Podría volver al país, pero me aconsejan que sería arriesgarme demasiado. No hay condiciones ni garantías de que me pase algo”, dice.

El comunicador salvadoreño reconoce que ha sufrido afectaciones psicológicas y económicas.

“Me tocó romper lazos, relaciones y afrontar soledad, depresión y la necesidad de empezar de cero desde la incertidumbre”, afirma.

Por su estabilidad democrática, Costa Rica ha sido desde hace muchos años una especie de oasis para aquellos que escapan de regímenes autoritarios. Las oficinas de Migración y Extranjería del país centroamericano evalúan diariamente casos similares a los de Mario, o de quienes temen por sus vidas ante un eventual regreso a sus países de origen.

En las siete provincias de Tiquicia —nombre cariñoso por el que también se conoce al país— hay presencia de nicaragüenses, venezolanos, cubanos, salvadoreños, entre otras nacionalidades.

Como es previsible, el aumento de esta población genera inconformidades entre los nacionales y despierta los sentimientos xenófobos de muchos, aunque no en todos.

Durante 2025, el gobierno tico asumió la Presidencia Pro tempore del Marco Integral Regional para la Protección y Soluciones (MIRPS), integrado por Belice, El Salvador, Guatemala, Honduras, México y Panamá.

Las líneas prioritarias del MIRPS se han enfocado en temas como la movilidad humana, la integración laboral, la protección de personas en situación de vulnerabilidad, la gestión de fronteras y los desplazamientos causados por desastres, lo que ha permitido un análisis profundo de estas problemáticas.

No obstante, el exilio, como sostiene Mario Beltrán, sigue siendo una experiencia durísima. Así, sin disfraz, ni metáforas rebuscadas.

“Lo que más duele es todo lo que dejé atrás, lo que había construido de forma personal y profesional en El Salvador”, nos cuenta Mario, actual consultor de Sembra Media para la creación y administración de medios digitales.

Mantener constante comunicación con su familia, hacer ejercicios, alimentarse sanamente y tomar vitaminas han sido algunos de los “escapes” que ha encontrado Mario durante este tiempo.

“También tratar de hacer las paces con la realidad que tengo y que no puedo cambiar; soy consciente y realista: el regreso no se podrá dar en, por lo menos, diez años. En cuanto a lo político, sin desmayar, seguimos haciendo periodismo, abriendo la oficina jurídica de Gato Encerrado en Costa Rica, y buscando nuevas oportunidades de crecimiento profesional”, concluye.

Esa actitud consciente y realista de Mario coincide con los criterios de la psicóloga costarricense Florybeth Quirós.

Durante el exilio, la mayoría de las personas transitan por un duelo múltiple, lo cual tiene un impacto significativo en la salud mental.

Los seres humanos estamos en constante cambio y transformación, dependiendo de las experiencias de cada día. Por consiguiente, la identidad no es estática.

“En el exilio hay una resignificación y una reestructuración de esa identidad. Empiezas a incorporar elementos de la nueva cultura, lo cual no es malo, sino algo muy positivo. Se trata de poner los dos pies en el mismo lugar”, sostiene Quirós.

“Por eso hay que permitirse llorar la pérdida, el enojo, la frustración, la culpa y procesar todo lo que se puede sentir para poder arrancar de nuevo”, aconseja la psicoterapeuta.

“Salimos apostando a lo desconocido”

Xander Quintero y Daniel Sánchez se conocieron en La Habana hace seis años. En la misma capital cubana se casaron y desde allí tomaron una de las decisiones más importantes como pareja: escapar de la isla con más miedo que seguridad.

“No fue una salida planeada con calma ni con garantías; fue más bien una decisión tomada desde la urgencia y el agotamiento. Nos fuimos con lo mínimo, dejando atrás cosas materiales, vínculos y una vida que, aunque difícil, era la única que conocíamos”, rememora Daniel

Para ambos artistas dedicados a la música y a la pintura, respectivamente, quedarse ya no era una opción viable para vivir con dignidad y como miles de cubanos salieron apostando a lo desconocido, confiando más en la necesidad de sobrevivir y de tener un futuro que en cualquier certeza real.

Comenzar de cero en otro país ha sido el reto más difícil para la pareja de cubanos en los casi tres años que llevan viviendo en  Costa Rica. El estrés y la tristeza pasaron factura y en determinados momentos dieron cobertura a pensamientos negativos. “Lo peor que una persona puede llegar a pensar”, recuerdan.

Como Xander y Daniel, alrededor de un millón de cubanos han abandonado la isla desde que el sistema acentuó su represión a mediados de 2021 para acallar las protestas, ante lo que constituye la peor crisis económica en los últimos años. Con bajas tasas de natalidad, la marcha de gente joven aboca a la nación a un envejecimiento pronunciado que ya afecta negativamente.

Según un estudio publicado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) el crecimiento del producto interno bruto real en 2024 y las proyecciones para 2025 y 2026 colocan a la isla solo por delante de Haití.

La nación caribeña también aparece en el listado de países que atraviesan una inflación crónica.

En Costa Rica, Xander y Daniel permanecen juntos, se quieren. Una de las alternativas que han aplicado para “aliviar” las vicisitudes, además del amor, ha sido desconectar de la realidad cubana.

Tenemos familia y amigos allá, pero intentamos hablar de cualquier cosa mientras no gire todo en torno a la miseria. Al principio no podíamos parar de leer sobre la situación del país, sobre los presos políticos; incluso el arte que hacíamos era exclusivamente político”, explica Daniel.

“Llegó un punto en el que sentíamos que no habíamos salido realmente de Cuba. Así que decidimos parar. Comenzamos a hacer arte sobre otras cosas, a hablar de otros temas. No desconectamos por completo, pero sí aprendimos a darle espacio no solo al dolor. Aunque, claro, siempre habrá algo de lo que hemos vivido en lo que creamos. De cierta forma, en su justa medida, también es una manera de sanar”,enfatiza.

Cuando preguntamos a los dos si piensan en el regreso, no dudan en responder:

Xander: La verdad es que, con el paso del tiempo, el tema de las raíces y la pertenencia va mutando. No podríamos decir que nos sentimos en casa al 100%, pero después de unos años tampoco nos vemos viviendo en Cuba ahora mismo.

Daniel: Incluso sin dictadura, creemos que es un país completamente desestructurado, y regresar e intentar reconstruirnos otra vez sería muy complicado, porque no sería la misma isla que dejamos. La herida nunca sanará del todo, pero parche tras parche hemos ido encontrando una forma más equilibrada de ser y estar. Comenzar de cero otra vez significaría romper esos parches y todo lo que hemos logrado construir.

“Mi identidad fue y sigue afectada”

El 26 de septiembre de 2018 William Javier Ramírez, estaba cruzando la frontera de Nicaragua de manera irregular, a pesar de ser una persona con recursos suficientes para poder viajar vía aérea o terrestre, con visa norteamericana y un sinnúmero de facilidades.  

Cuando cruzaba la frontera, supo lo que era sentirse libre realmente.

“La persecución de la que fui víctima me obligó a permanecer encerrado en diferentes casas de seguridad en Nicaragua, lo cual afecta psicológicamente y es algo que no le deseo a nadie”, evoca William, de 46 años. Él es un defensor de derechos humanos con amplia trayectoria en el acompañamiento de poblaciones vulneradas, especialmente personas LGBTIQ+ en contextos de migración forzada.

Tres años después y luego de muchos acompañamientos psicológicos y psicosociales, William empezó a abrazar las oportunidades que le brindaba Costa Rica y poco a poco empezó a alejarse de su país natal.

“Mi identidad fue y sigue siendo afectada. Cuando lleno formularios y ante la pregunta de dónde soy y dónde resido se arma un conflicto emocional en mi cabeza y me quedo paralizado por un momento. Me siento como un migrante algo perdido.  Hoy en día tengo la categoría de Libre Condición, que no es una residencia permanente, lo que te hace sentir un poco inseguro y vulnerable ante la narrativa xenófoba de algunas personas. Pero voy avanzando, tratando de buscarla raíz y construyendo proyectos para el futuro”, reflexiona.

Desde abril de 2018 y hasta noviembre de 2025 un poco más de 800 mil nicaragüenses han abandonado su país, según datos ofrecidos por la ONG Colectivo de Derechos Humanos para la Memoria Histórica de Nicaragua.

El organismo acotó que esas personas buscan refugio, protección y oportunidades en otras naciones, algo que en su país es imposible.

La historia de William conecta, de alguna manera, con las anteriores. A pesar de las dificultades no ha dejado de impulsar procesos de fortalecimiento organizativos y resiliencia comunitaria.

Su trabajo se centra actualmente en la promoción de la paz sostenible, la transformación de conflictos y la comunicación no violenta, integrando enfoques psicosociales para atender las múltiples capas de vulnerabilidad que enfrentan personas desplazadas y sexualmente diversas.

Al mismo tiempo, lidera iniciativas para garantizar el acceso a la salud sexual y reproductiva, derribar barreras de discriminación y promover sistemas de atención sensibles a la diversidad.

¿Qué es lo que más duele del exilio?

—Considero que lo más doloroso es sentir que tienes que empezar de nuevo, en un país que tú no plantificaste. Esto conlleva a sufrir el dolor de haber dejado prácticamente tu viday verme sin nada en un país desconocido.

Sin embargo, el exilio ha sido una maravillosa oportunidad de crecimiento emocional: sanar duelos y distintos problemas que uno trae desde niño en Nicaragua y la oportunidad de empezar ya no de cero, sino reconociendo todos los conocimientos de vida que has construido hasta la fecha.  Lo duro es recuperar la fuerza para luchar.

¿De qué manera has podido resistir?

—Con apoyo psicológico, creando nuevas redes en el exilio tanto con personas nicaragüenses como costarricenses.  Una de mis pasiones es el turismo y me he dedicado a conocer, según mis posibilidades, este hermoso país.  He abrazado suscomidas. He tenido la oportunidad de salir de mi área de confort.  

¿Piensas poder regresar a tu patria?

—Dejé de pensar en el retorno hace mucho tiempo. Siento que estar con esa esperanza me dolía, me deprimía. Por eso sigo trabajando, desde mi puesto, para que algún día el régimen caiga. Si regreso a Nicaragua será, posiblemente, para ir a pasear o trabajar la paz sostenible que es mi gran pasión en este momento.

Este reportaje fue realizado con el auspicio del Fondo de Canadá para iniciativas locales de la Embajada de Canadá para  Costa Rica, Nicaragua y Honduras. Agradecimientos especiales a Daniel Sánchez, Xander Quintero, Mario Beltrán, William Javier Ramírez, Marielos Gutiérrez y Víctor Manuel Pérez.

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