El espía de Franco en La Habana: La mala memoria de Nikita Krushchev y otras sorpresas

Las revelaciones de un diplomático español de la época, contenidas en el libro El espía de Franco en La Habana, obligan a reconstruir la historiografía de los misiles soviéticos emplazados en Cuba.

Por Arnaldo M. Fernández

El periodista Pablo Alfonso, de larga y brillante ejecutoria en temas cubanos y el resto de Latinoamérica, acaba de publicar un libro de lectura obligada sobre la Guerra Fría: El espía de Franco en La Habana (Universo de Letras, 2026, 162 pp.).

Este ensayo histórico se basa en informes confidenciales del finado Jaime Caldevilla Garc;ía-Villar, Consejero de Información y Prensa de la Embajada de España en Cuba entre 1957 y 1966. Al exponer la trama oculta de la relación entre dos dictadores ideológicamente encontrados, el Generalísimo Francisco Franco y el Comandante en Jefe Fidel Castro, Caldevilla devela secretos que España supo y Estados Unidos ignoró sobre la sovietización de la Isla, entre ellos una tríada que corrige la gramática de la historia sobre la Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre de 1962.

UNO: Septiembre de 1960. Krushchev propone a Castro emplazar misiles en Cuba

Caldevilla asegura que esta propuesta sobrevino al coincidir ambos en Nueva York con motivo de la XV Asamblea General de la ONU. Castro arribó el domingo 18 y el martes 20 Nikita Krushchev conversaba ya con él en su habitación del Hotel Theresa.

El canciller Raúl Roa. Castro y Krushchev en Nueva York, 1960. Foto: PL.

La propuesta define a un Krushchev tan volátil como temerario. Acaba de conocer a Fidel Castro y está apeándose con la movida más dramática de la Guerra Fría, luego de haber respondido con suma cautela en Moscú, el 18 de julio, la pregunta de Fidel que Raúl Castro comunicó verbalmente: “Hasta qué punto las acciones de la URSS podrían ser decisivas” en el sentido expresado por Krushchev el 9 de julio al clausurar el Congreso de Maestros en Moscú: «Si Estados Unidos ataca a Cuba, la artillería internacional teledirigida de la URSS entrará en acción».

Krushchev repuso: “No estén impacientes por una respuesta exacta. No hace falta eso. Haremos todo lo posible para impedir la intervención de Estados Unidos en Cuba, pero no queremos la guerra (…) Podría desatarse una gran guerra defendiendo a Cuba, pero igual se puede defender a Cuba sin que estalle la guerra”.

La propuesta define también a un Krushchev muy olvidadizo, porque en sus memorias (Khrushchev Remembers, Little, Brown, 1970, 639 pp.) refirió que la idea de emplazar misiles en Cuba se le había ocurrido a mediados de mayo de 1962 durante su visita a Bulgaria. Y el investigador estadounidense Raymond L. Garthoff encontró que los allegados a Krushchev coincidían en que la idea había circulado hacia la primavera de 1962 (Reflections on the Cuban Missile Crisis, Brookings Institution, 1987, 159 pp.).

Sin embargo, Caldevilla asevera que los misiles soviéticos ya estaban en Cuba poco después de la victoria de las tropas de Fidel Castro en Playa Girón –o Bahía de Cochinos, según la conveniencia asumida.

DOS: Mayo de 1961. Llegan los primeros misiles soviéticos a Cuba

Esta aseveración presupone que Moscú y La Habana coordinaron y ejecutaron una suerte de Operación ANADYR mucho antes de que el carguero Omsk arribara al puerto de Mariel, el 8 de septiembre de 1962, con misiles SS-4 Sandal.

Para el 28 de septiembre, un avión de patrulla de la Marina de Guerra de Estados Unidos detectaba el primer indicio del trasiego de armas ofensivas a Cuba, al fotografiar al carguero Kasimov con la cubierta repleta de contenedores de transporte de bombarderos estratégicos IL-28 Beagle.

Carguero Kasimov. Foto: Defense Media Network.

Por sus respectivas capacidades nucleares, aquellos aviones, los misiles balísticos de alcance medio (SS-4 Sandal, hasta 3,000 km) e intermedio (SS-5 Skean, hasta 5,500 km), así como los misiles en tierra de corto alcance (FROG, hasta 60 km) y los misiles cruceros (FKR-1, hasta 150 km) constituyeron el núcleo duro de la Crisis de Octubre, pero la Operación ANADYR incluyó también misiles tierra-aire defensivos (SA-2 Guideline), que fueron fotografiados por un avión de reconocimiento U-2 el 29 de agosto de 1962 en un emplazamiento cerca de La Habana.

Al filo de la crisis, el 24 de octubre de 1962, la CIA elaboró un memo sobre la ayuda militar soviética a Cuba, en el cual se fija la sospecha del envío de misiles a principios de agosto, por incremento del tráfico marítimo desde la URSS, y se corroboró el emplazamiento de misiles defensivos a mediados del mismo mes, por inteligencia de la estación de la CIA (JMWAVE) en Miami y declaraciones de refugiados cubanos al ser procesados en el aeropuerto de Opa-Locka.

El coronel de la inteligencia militar soviética Oleg Vladimirovich Penkovsky nunca dio indicios sobre la entrada de misiles a la Isla antes de la Operación ANADYR mientras pasaba, entre abril de 1961 y octubre de 1962, copiosa información a la CIA y el MI6 sobre los misiles nucleares soviéticos, incluyendo sus emplazamientos en Cuba como resultado de aquella operación.

Tampoco se dan tales indicios en el libro Operación Anadyr (Edition Q, 1993, 253 pp.), que el general soviético Anatoly Ivánovich Gribkov, Jefe de Operaciones del Estado Mayor, y el general estadounidense William Young Smith, asistente del Jefe del Estado Mayor Conjunto y funcionario del Consejo de Seguridad Nacional, pergeñaron con ayuda del periodista y editor Alfred Friendly.

Así y todo, Caldevilla abunda en la temprana provisión de misiles soviéticos a Castro y aun describe su propensión a pregonar el secreto a los cuatro vientos.

TRES: Febrero de 1962. Moscú obliga a callarse a Fidel Castro

Caldevilla averiguó y sacó conclusiones a partir de titulares de la prensa cubana, como este del periódico Revolución: “Antes de que termine el día de mañana, domingo 4 de febrero, un escalofrío de muerte estará recorriendo la columna vertebral del imperialismo…”. Según el diplomático español, el Kremlin temía que Castro develara la presencia de misiles soviéticos durante su discurso en la llamada Segunda Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba.

El embajador Sergei Mikhailovich Kudryavtsev acudió entonces adonde Castro para advertirle tajantemente que guardara aquel secreto al proclamar la Segunda Declaración de La Habana o la URSS se retiraba con sus misiles de Cuba.

Castro y Kudryavtsev en la Embajada Soviética, La Habana, 8 de noviembre de 1960. Foto: AP.

La discusión se prolongó desde el sábado 3 de febrero de 1962 hasta muy entrada la madrugada del domingo. Un testigo presencial contó a Caldevilla que Castro llegó al paroxismo de darse con la cabeza en las paredes, denostar a los rusos, insultar a Kudryavtsev y proferir que haría y diría lo que le viniese en gana. No obstante, Castro terminaría obedeciendo a Moscú.

Así no solo se refuerza el planteo de que ya había misiles soviéticos en Cuba antes de la primavera de 1962, que Krushchev recordaba como preludio de la Operación Anadyr. También aflora que Kudryavtsev guardó a su vez el secreto del sábado de marras, pues en su diario anotó que había conversado tranquilamente con Castro sobre el texto de salutación de Krushchev a la asamblea sin más objeción que suprimir esta frase: “Como resultado, el plan de los enemigos del pueblo cubano para distorsionar la Conferencia en Punta del Este realmente ha fracasado”.

Castro propuso eliminarla porque contradecía el llamado a los pueblos de Cuba y del resto de América Latina, el cual tenía previsto hacer en la asamblea: luchar contra las decisiones de aquella conferencia de la OEA. Krushchev aceptó sin reservas.

Junto a otras muchas del diario de Kudryavtsev, la nota del 3 de febrero de 1962 puede consultarse en la sección “From the Journal of S. M. Kudryavtsev” del Archivo Digital del Wilson Center (Washington).

Historia oficial en trance

A la luz de los papeles de Caldevilla, el libro de Alfonso pone en vilo a políticos e historiadores con una proposición a Castro que ni siquiera Krushchev recordaba, la llegada de misiles soviéticos a Cuba mucho antes de arrancar la Operación Anadyr y una peripecia histórica de las relaciones Cuba-URSS que pone en solfa cierto pasaje biográfico muy significativo de Castro.

Según el periodista estadounidense Herbert Matthews, a poco de triunfar su revolución Castro profirió en reunión de su grupo político [MR-26-7] la siguiente aseveración: “Nadie va a ponerme una camisa de fuerza” (Fidel Castro: A Political Biography, Simon & Schuster, 1969, p. 324).

Y esa es parte de la Historia que este libro nos propone volver a recorrer y cuestionar.

EL ESPÍA DE FRANCO EN LA HABANA puede adquirirse autografiado a través del sitio digital creado para su difusión y está también a la venta en Amazon y otras plataformas digitales. Una presentación pública con la participación del autor se realizará el sábado 21 de marzo, a las 5:45 pm, en la librería Books & Books de Coral Gables.

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