La nación errante: Lectura perturbadora por el centenario de Fidel Castro

Quizás una breve historia de ese fenómeno sociológico denominado revolución cubana nos ayude a librarnos de ciertas oclusiones que impiden comprender por qué ya vienen llegando 68 años de castrismo.
Tres hitos en la vida de Fidel Castro: 1953, 1955 y 1959. Collage: CF.

Casi nadie se avergüenza de que un guajiro de Birán, estudiante revoltoso y abogado sin clientes en La Habana, anclara en la historia de Cuba como el único exiliado que recurvó en son de guerra, logró montarse en el carro de la victoria y barrió a sus adversarios en la puja por el poder, a pesar de tirar al país por el inodoro del socialismo, hasta llegar al extremo de ejercer la dictadura sin atributo formal de mando y morir de viejo en su casa.

Por el contrario, la decadencia y caída de casi toda la nación cubana se refleja en la disentería mediática explosiva de enfoques rayanos en la sonsera, que llegan por estos días al extremo de plantear, cual si fuera problema de investigación histórica, la absurda pregunta de quién fue en verdad Fidel Castro (1926-2016) para regodearse en las disyuntivas manoseadas de siempre: si propició o sofocó libertades, si fue un estratega brillante o un caudillo que embarcó a todo un pueblo, y así por el estilo.

Al filo de su centenario vamos a tragarnos este purgante preparado por el propio Castro: “En Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante”. Una historia mínima podría ayudarnos a vomitar por qué es posible que así sea.

Tres guerras de independencia al tiro

La primera guerra por la independencia (1868-1878) terminó con la racionalidad práctica del Pacto de Zanjón, que encaró el alarde irracional de la Protesta de Baraguá. Aquí el capitán Florencio Duarte profirió: “¡Muchachos, el 23 [de marzo de 1878] se rompe el corojo!”, pero el 9 de mayo el brigadier Antonio Maceo se largaba rumbo a Jamaica en el buque de guerra español Fernando el Católico. La metrópoli propiciaría hasta la reunificación familiar en Jamaica, dejando que poco después se fueran la madre y la esposa de Maceo en barco dizque francés.

La segunda guerra (1879-1880) fue tan chiquita que su mejor lección sería el juicio de José Martí en carta (Nueva York, 13 de octubre de 1880) al coronel mambí Emilio Núñez, quien se negaba a deponer las armas: “Abandonados por un pueblo, un puñado de héroes puede llegar a parecer —a los ojos de los indiferentes y de los infames— un puñado de bandidos”. Sirva este sayón histórico a tantos lidericos opositores sin masa.

Embarking for Cuba (1930)/Charles Johnson. Army Art Collection.

La tercera guerra (1895-1898) se gestó desde el exilio por el genio político de Martí, pero a poco de regresar a Cuba en bote se dejó ascender por Máximo Gómez a mayor general, sin haber mandado jamás a ningún soldado, y terminó cayendo en un potrero de Oriente así mismito: con aquel grado militar y sin un solo soldado bajo su mando. Esta guerra causó al ejército español 3,101 muertos en combate y 41,288 por fiebre amarilla u otras enfermedades, pero el desenlace sobrevino con la intervención americana, que disolvió la República de Cuba en Armas.

Repúblicas poscoloniales

Las guerritas civiles de la bandería liberal contra moderados de Tomás Estrada Palma (1906), independientes de color (1912) y conservadores de Mario García Menocal (1917) no moldearon la primera república poscolonial (1902-1933) como orden democrático pluripartidista, sino como desorden caudillista de múltiples partidas. Así, aquella república tenía que desembocar en dictadura y cupo la honrilla al general presidente Gerardo Machado, quien gobernó ocho años y un tilín.

La revolución del 30 (o del 33) no tumbó a este dictador con la trompeteada huelga general. Ese mito quedó desguazado por el propio Castro al darle al premier polaco Wojciech Jaruzelski —quien vacilaba en decretar ley marcial porque el sindicato Solidaridad iría a la huelga— el mejor consejo que jamás oyó: “No tema a las huelgas; por sí mismas, no son capaces de tumbar gobiernos”.

Machado cayó por conjunción de injerencia yanqui y cuartelazo cubiche. Su Secretario de Estado, Orestes Ferrara, fue testigo de la jugada del enviado especial de Washington en casa del jefe del Ejército, general Alberto Herrera: reconocer a este como presidente provisional, con el Dr. Carlos Manuel de Céspedes como Secretario de Estado, para que Herrera renunciara enseguida y Céspedes ocupara la presidencia. Ferrara resumió asítal desenlace del 12 de agosto de 1933: “Cuba es una república de chicharrones y café con leche”.

El aún sargento Fulgencio Batista (al centro, sombrero en mano) el 7 de septiembre de 1933.
Al día siguiente fue ascendido a coronel. Foto: AP.

Al mes siguiente sobrevino la rebelión de los sargentos, que uno llamado Fulgencio Batista acopló inteligentemente con la embajada americana para sobrepujar a Céspedes, a los militares del cuartelazo, a los revoltosos del ABC y aun al propio gobierno revolucionario de Grau-Guiteras. El coronel Batista gobernaría como hombre fuerte unos siete años y pico, detrás de figurines presidenciales, hasta que tuvo la ocurrencia de allanar el camino hacia la democracia.

La segunda república poscolonial (1940-1952) parió entonces dizque la Constitución más avanzada del mundo de ayer. El traspaso pacífico del poder sin fraude electoral, que debía ser la regla, fue tan excepcional en 1944 que pasó a la historia como Jornada Gloriosa. Sin embargo, las guerritas civiles prosiguieron, ahora entre pandillas gansteriles, y cundió la corrupción más desvergonzada en el país.

Al mártir de vergüenza contra dinero —quien rebajó al estómago la tradición suicida del tiro por la boca, como Calixto García, o en la sien, como Evaristo Estenoz— se sumó el mito de que su Partido Ortodoxo iba a ganar las elecciones de 1952 y por eso el general Batista se apeó de madrugada con golpe de Estado.

Eduardo Chibás (1907–1951), líder ortodoxo.

En realidad, el gobernante Partido Auténtico había insertado a su candidato Carlos Hevia, expresidente relámpago del 15 al 18 de enero de 1934, en una Séxtuple Alianza con grausistas, nacionalistas, liberales, demócratas y republicanos, la cual sumaba 1,452,418 electores registrados (69.2 %), esto es: cuatro veces más que los ortodoxos [358,120], quienes ya no tenían con quién aliarse. Tan sólo quedaban batistianos [227,454] y comunistas [59,900].

Tríada sociohistórica

Sin indicio racional de que cambiacasacas y electores de última hora auparan la ortodoxia al triunfo, Batista asestó el madrugonazo del 10 de marzo de 1952, que fue aceptado tranquilamente por eso que llaman pueblo de Cuba, sociedad civil y fuerzas vivas. Se afincaría en el poder durante casi siete años hasta sucumbir por impericia militar y política frente al siguiente caudillo.

Fidel Castro derrotó militarmente a Batista en el verano de 1958 y se convirtió en el único exiliado que recurvó en son de guerra y tomó el poder. Tras permanecer en dictadura más del doble de tiempo que Machado y Batista juntos, llegaría al colmo de ejercerla por una década sin atributo formal de mando a través de su hermano menor.

Con el caudillismo politiquero-militarista de Castro, la nación cubana cerró el ciclo abierto por el caudillismo politiquero de ralea mambisa y continuado por el caudillismo militarista de Batista. A la luz de esta tríada hegeliana, la longevidad del castrismo se explica por el miedo, la autoridad y el milagro como tríada socio-psicológica esencial de ese fenómeno histórico denominado revolución cubana.

Inodoro, carro y escoba

En sendas guerras civiles, Castro barrió a batistianos (1956-1958) y alzados (1960-1965), amén de ganar la guerra contra la CIA. Por eso hizo con su revolución lo que le vino en ganas, desde tupir a millones de cubanos hasta hacer leña al país y descargarlo por el retrete de la economía socialista.

Arde Cuba (2017)/ Agustín Ferrer.

Su carro de vencedor prosigue por inercia en la paz porque la gente no tiene otro al cual subirse, aunque se anuncie por TV e Internet con carrocería pintada de libertad y democracia. Ese carro con que Castro enrumbó hacia la victoria vino con su eje del mal montado en cojinetes de bolas, entre ellos:

  • Jugársela en el asalto al cuartel Moncada y perder el combate, pero virar la tortilla de la opinión pública empinándose sobre la masacre de prisioneros.
  • Jugársela en la expedición del Granma y perder el combate en Alegría de Pío, pero atinar a recomponerse con la guerra de guerrillas.
  • Fracasar en la huelga del 9 de abril de 1958, pero reponerse por tercera vez con la guerra de columnas del Ejército Rebelde para imponerse en la guerra civil al derrotar la ofensiva del ejército de Batista en el verano de 1958.
  • Asegurar de entrada la victoria en Playa Girón con apenas un par de órdenes: al capitán José Ramón “El Gallego” Fernández, que el batallón de la Escuela de Responsables de Milicias ocupara sin demora el caserío de Pálpite; y al capitán Raúl Curbelo, jefe de la fuerza aérea, que se concentrara en hundir barcos y tumbar aviones antes que hostigar las tropas invasoras en tierra.
  • Desarticular la Operación Mangosta y otras muchas de la CIA, así como limpiar el Escambray de insurgentes para ganar otra guerra civil.
  • Jinetear a la URSS, Venezuela, Rusia, China y otros, incluso Estados Unidos.
  • Infiltrar gente y agentes en Estados Unidos para chotear a los grupos beligerantes del exilio y a la comunidad de inteligencia americana, al extremo de que, a casi una década de inhumarse Castro en una peña grosera, el Departamento de Estado pregona que un fantasma recorre a Estados Unidos: el fantasma del comunismo del siglo XXI capitalizado por Cuba.

Desespero y embullo

Explicar por qué el castrismo sigue ahí, a pesar de la quiebra existencial en Cuba, sería la premisa de partida para superarlo definitivamente, en vez de refocilarse con cuentos de camino sobre Castro: que no llegó al Moncada, nunca peleó en la Sierra Maestra, servía como agente a la Unión Soviética, era un cobardón porque no sufrió heridas en combate ni convocó a elecciones libres… Un ritornello de la frustración que nos embarga.

Divertimento (2006)/ Armando Tejuca.

Estos giros lingüísticos ocultan la vergüenza nacional de que el dictador murió de viejo en casa y su régimen continúa envejeciendo por entre denuncias y críticas tan viejas como el propio castrismo, sin que nadie atine a calmar el desespero por no saberse aún cómo superarlo, y muchos sigan con el embullo de que el año que viene Cuba será libre. ¿Next year in Cuba?

Pero la sorpresa de ese afán patriótico liberador, justo en el centenario del hombre que lo emponzoñó todo, nos llega ahora ya no tanto por obra y gracia de los propios cubanos, como se venía voceando en los predios del exilio, sino más bien por obra y acaso desgracia de otra intervención americana, que esta vez imploran hasta los castristas renegados.

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