Por Arnaldo M. Fernández
El centenario del natalicio del finado Fidel Castro (1926-2016) se presta, como en la película de Carlos Saura, a que ciertos personajes vengan a repartirse la finca. Esta última es la historia de Cuba y aquellos son los interesados en repartírsela, ya sean de uno u otro bando del problema cubano.
En ese reparto el pueblo de Cuba no dejará de ser, mientras no se avergüence la nación entera, otra cosa que un animal político agazapado, no porque así esté tomando impulso para dar un salto emancipador del león, como describió Marx, sino más bien por estar encorvado bajo el peso del hastío de una revolución ya fantasmagórica e incluso adormecido por la tragicomedia humana que presenta y vuelve a presentar los mismos actos de ensueño mediático.
Mucha gente maldice, pero casi nadie se avergüenza de que un guajiro de Birán, estudiante revoltoso y abogado sin clientes en La Habana, anclara en la historia de Cuba como el único exiliado que recurvó en son de guerra, tomó el poder y logró conservarlo, a pesar de hacer leña al país hasta llegar a ejercer la dictadura sin atributo formal de mando y morir de viejo.
Idiotez de la amalgama
Para esconder esa vergüenza nacional se mezclan en la misma bolsa del saber histórico presunto ciertas narrativas de distinta naturaleza, que distan mucho de ajustarse a las reglas de la gramática historiográfica.
Por un lado pervive el intento de explicar ese fenómeno socio-psicológico denominado revolución cubana por obra y desgracia de Moscú, a través de la vieja guardia comunista, como se aprecia ejemplarmente en la serie de RTV Martí “Cuba 60 años” (2018-19) o en el libro de César Reynel Aguilera, El sóviet caribeño (Penguin Random House, 2018).
Por otro lado se urden figuras emancipadoras en los corrillos de las redes sociales y de los medios masivos de comunicación tradicionales. Así tenemos desde una bloguera que hace temblar la dictadura, pasando por un emigrado reciente en situación comparable al exilio de José Martí, y otro anterior en calidad de Antonio Maceo de nuestros días, hasta perdernos en la cuenta de otros muchos líderes sin masa que nadie vio ni verá encabezando insurrecciones populares.
Este entramado aborta acciones políticas irracionales, como recoger firmas irrelevantes para proponer leyes al Parlamento cubano, sin un solo diputado a favor de la propuesta, o desfogarse por doquier sin otro resultado que acumular premios y medallas de afuera intrascendentes dentro.
Aquel lado echa de sí entretanto historias dizque reveladoras del fenómeno psico-sociológico denominado revolución cubana, por ejemplo: que Castro fue simple marioneta manejada por fantoches de los servicios de inteligencia soviéticos, como Fabio Grobart, Flavio Bravo u Osvaldo Sánchez, sin que los archivos hace rato desclasificados deL KGB y del GRU aporten indicio alguno de que así fuera.
Y en eso nos llega otro aniversario del triunfo de la revolución de Castroc on la maldita circunstancia que Alien Fernández Sauco describe en la mejor tradición de la filosofía de la calle: A falta de pan hay circo.
De paso queda abierto el túnel del tiempo hacia el centenario del quídam, que de seguro alborotará a los cronistas empecinados en que su nacimiento justifica, de una vez y por todas, que la nación cubana es capaz de engendrar hechos redentores de la historia.
Para llegar a orígenes
El 13 de agosto de 1926 nació en un bohío de Birán, uno de los quince barrios de Mayarí, en el Oriente cubano, el tercer hijo de la unión en matrimonio no formaliizado entre la adolescente pinareña Lina Ruz González y el otoñal gallego Ángel Castro Argiz. La partera fue la abuela materna, Dominga González, quien habría exclamado: “Este niño ha nacido con una cosa fea en la cabeza”.

Danubio Azul (2000), acrílico/lienzo.
Para el 19 de enero de 1935, el niño recibía bautismo en la catedral de Santiago de Cuba. Por conjunción de dos amigos del padre, Fidel Pino Santos y Luis Hipólito Alcides Hibert, se bautizó como Fidel Hipólito, hijo de Lina Ruz González y padre desconocido. A mediados de año tomó la primera comunión para zafarse del mote de judío sucio que proferían sus compañeros de clase en el Colegio La Salle.
La disciplina jesuita exigió ir más allá del bautismo para matricularlo en el Colegio de Dolores y el 11 de enero de 1938 tuvieron que inscribirlo en el Registro Civil de Cueto como Fidel Casiano Ruz González. El segundo nombre cambió porque la madre prefirió a San Casiano de Imola antes que San Hipólito y San Ponciano entre quienes confluyen el 13 de agosto en el santoral católico.
Sin embargo, el 6 de diciembre de 1940 este hijo suyo —bautizado de un modo e inscrito de otro— firmaba tan sólo como Fidel Castro su misiva al presidente americano Franklin D. Roosevelt, que incluía petición de un billete de $10 dólares e indicación de que las minas de hierro más ricas de Cuba estaban en Mayarí.

Castro Argiz se naturalizaría como ciudadano cubano el 19 de septiembre de 1941 y enseguida disolvió su matrimonio formalizado con María Luisa Argota, quien al llegar la familia pinareña Ruz González a Birán había contratado a Lina como criada y soportaría las siete barrigas que dieron pie a la progenie Castro Ruz: Ángela (1923), Ramón (1924), Fidel (1926), Raúl (1931), Juana (1933), Emma (1935) y Agustina (1938).
El 23 de abril de 1943, Castro Argiz formalizó matrimonio con Lina en el Juzgado Municipal de Cueto. Ya podía inscribir a sus hijos como tales y el 11 de diciembre de 1943 Fidel Casiano Ruz González se transfiguró en Fidel Alejandro Castro Ruiz bajo la autoridad del Registro Civil de Cueto. Así entraría a la Universidad de La Habana el 4 de septiembre de 1945.
Lo demás es historia. Y cada cual hace de ella un tambor para redoblarla a su antojo en un presente signado, como en la película de Saura, por la ruina de la familia, que en este caso es la nación cubana, así como por la agonía que ya no deja concentrarse en las memorias, sino en deudas y vicios que vienen acumulándose sin que los apabullados dejen de aplaudir y salir a marchar, mientras que los revoltosos no atinan a dar con algo decisivo para escribirlo en el álbum de una historia que sólo trae más y más historia.