Un nuevo estardante de agitación recorre por estos días la política de Estados Unidos hacia Cuba, con la cantada exaltación mediática, las intervenciones de sesudos especialistas con pronósticos de urticaria y la emergencia de proyectos para convertir el mamotreto en un serial audiovisual de varios capítulos con los reveladores hallazgos presentados.
Al presentar a Cuba como la capital del comunismo del siglo XXI, Estados Unidos no revela ni destapa nada nuevo, sino que recicla hechos bien conocidos pasando por alto la maldita circunstancia de la guerra no declarada entre ambos países.
El informe aclara por capítulos que el Estado revolucionario de Fidel Castro parió una nueva izquierda, exportó la revolución, construyó un imperio del espionaje, promovió el turismo revolucionario, animó la revolución racial y se valió de grupos de fachada y compañeros de ruta para sentar una Internacional Antiamericana tan o acaso más peligrosa que la extinta Internacional Comunista.
Al parecer se olvida que la Unión Americana pare nuevos conservadurismos opuestos a la izquierda, exporta contrarrevoluciones y contrainsurgencias, construye su propio imperio del espionaje, promueve el turismo capitalista, domestica las revueltas raciales y se vale de organizaciones de fachada y aliados para sentar como dominantes los valores de la sociedad estadounidense.
No se trata de universos paralelos, sino en colisión dentro de un campo de fuerzas donde impera esta ley casi newtoniana: a toda acción de cierto actor político corresponde una reacción del adversario conforme a sus posibilidades.

No vale la pena discutir quién accionó primero, porque cada bando arrimala brasa a su sardina. Si se sacara la Reforma Agraria (1959), por ejemplo, como acción seminal de Castro contra los intereses de Estados Unidos, la bandería de aquel sacará que la CIA preparó y la Casa Blanca aprobó, el 17 de marzo de 1960, “un plan de acción encubierta contra el régimen de Castro”.
La guerra olvidada
El informe arranca con que Cuba ha sostenido una campaña de subversión contra Estados Unidos por casi siete décadas y continúa el relato como si Washington fuera tan sólo la víctima, a pesar de que el diferendo Cuba-USA está plagado de acciones y reacciones de ambos bandos.
Para saltar sobre esta evidencia histórica, el informe recurre a que Castro cumplió una promesa formulada antes de tomar el poder: “Cuando esta guerra [la guerra civil contra Fulgencio Batista] acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos [los americanos]. Me doy cuenta [de] que ese va a ser mi destino verdadero”.
Así queda recortada la nota de Castro a Celia Sánchez, del 5 de junio de 1958, que trajo su causa de unos cohetes con inscripción USAF [Fuerza Aérea de Estados Unidos] lanzados por la aviación batistiana contra la casa del campesino Mario Sariol, colaborador de Castro, en Minas de Frio (Sierra Maestra).
Antes que proseguir enzarzados avatares de la aporía del huevo y la gallina, cabe precisar que si bien el régimen cubano consideró, como apunta el informe, “su propia supervivencia e intereses estratégicos (…) inextricablemente ligados al avance de la izquierda revolucionaria dentro de Estados Unidos”, la otra cara de esa moneda —de curso natural entre adversarios políticos— muestra que Estados Unidos recurrió también a diversidad de acciones, incluso sumamente agresivas, e invirtió ingentes recursos en liquidar aquel régimen de corte comunista.
Sólo que Washington ha venido fracasando en sus intentos de hacer avanzar la libertad y la democracia dentro de Cuba, mientras que el informe remacha una suerte de elogio al castrismo: “[M]uchos de los episodios de agitación más significativos en la historia política reciente de Estados Unidos —desde los disturbios de George Floyd hasta el auge de Antifa y la explosión del activismo proterrorista en los campus universitarios— estarían vinculados de algún modo, de alguna manera o forma, con la influencia cubana”.
Ni siquiera con esa penumbra causal puede ocultarse que, si un Estado tan fallido como Cuba consigue atraer a banderías americanas izquierdosas, el quid no radica en el influencer externo, sino en las matrices socioculturales de la propia república estadounidense que generan la predisposición congénita de aquellas banderías a tragarse los mensajes de semejante Estado revolucionario.

Sin necesidad de Cuba, las banderías vernáculas de izquierda campean por sus respetos dentro de Estados Unidos. Los episodios más conspicuos de su historia reciente de política y politiquería nada tienen que ver con Cuba: el ascenso de Donald Trump al poder, sin ser político de carrera ni jefe militar, junto con el daño colateral que provocó la oposición urdiendo el engaño de la Russia Collusion, así como el descenso abismal de la noción misma de Estado por obra y desgracia de la administración Biden abriendo la frontera.
Para emprenderla contra la dictadura comunista en Cuba, Washington no tiene por qué presentarla como el totí de los malestares de su propia cultura. Mucho más decente sería mantener la tesitura de superioridad moral y continuar enfocando el diferendo Cuba-USA como película clásica de los buenos contra los malos, en vez de como crimen pasional de Castro contra el vecino del Norte.
Elogio y refutación del espionaje
Quizás el (des)enfoque más ilustrativo del informe se aprecia en su quinto capítulo: “Un imperio del espionaje”. Aquí no se supera el obstáculo de que Cuba y Estados Unidos vienen espiándose mutuamente y las culpas serían más bien compartidas, sino que se busca reforzar las imputaciones contra La Habana reciclando ciertos casos —bien sabidos— de espías de Castro cazados en USA que —bien mirados— palidecen ante las fallas de la comunidad de inteligencia estadounidense.
Este capítulo abre con el finado Florentino Aspillaga, quien siendo mayor de los Servicios de Inteligencia de Castro (SICA) desertó a mediados de 1987 y reveló que casi todos los espías reclutados por la CIA desde 1961 dentro de Cuba eran dobles agentes fieles a Castro. Antes que Aspillaga, en la entrevista del 5 de junio de 1985 con el periodista estadounidense Tad Szulc, el difunto Comandante Ramiro Valdés Menéndez había deslizado ya: “Aquí no había nada que se moviera que nosotros no lo conociéramos, porque teníamos infiltrados a todos los niveles”.
El informe puntualiza que Estados Unidos había estado recibiendo por más de veinte años la desinformación fabricada por Castro como si fuera inteligencia suministrada por decenas de espías de la CIA dentro de Cuba y aquí salta la liebre.
Tal como Cuba cuela espías en Estados Unidos, este último mete sus espías en aquella. No importa que la diferencia quede marcada porque la contrainteligencia de SICA haya prevalecido sobre la inteligencia de la CIA.

Al mayor Aspillaga le sigue en el informe un teniente coronel (retirado) de la contrainteligencia estadounidense, Christopher Simmons, quien públicamente ha declarado que SICA dispone aún de numerosos operativos no identificados en Estados Unidos, incluso agentes de alto rango dentro del gobierno.
El informe omite que Simmons también hizo público, el 2 de julio de 2009 en el programa María Elvira Live (Mega TV, Canal 22, Miami), que el problema más agudo de SICA en Estados Unidos radica en no tener suficientes oficiales para atender a quienes están dispuestos a espiar para Cuba. Ese caldo de cultivo no puede atribuirse a las acciones de Cuba y la base del informe se conmueve con esta simple filosofía de la calle, con música de Matamoros: el que siembra su maíz, que se coma su pinol.El informe reconoce que Simmons ayudó a “desenmascarar a muchos de los espías cubanos más notorios en Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría”, pero trae a colación solo a la infiltrada en el Pentágono, Ana Belén Montes, y deja fuera a otros que Simmons también contribuyó a detectar, como el Subsecretario Asistente de Defensa (1990-93), Alberto Coll.

Para acentuar la obsesión de tachar como amenaza el juego estratégico del espionaje, en el cual participan con entera naturalidad más o menos todos los Estados, el informe abunda enque SICA aventaja a la CIA porque desarrolla proyectos integrales: recluta agentes, recopila intel y conduce operaciones de influencia utilizando la misma infraestructura y redes de trabajo; se concentra en reclutar verdaderos creyentes en la revolución cubana, en vez de agentes pagados; y ha cultivado agentes que espiaron por décadas antes de ser cazados por la contrainteligencia americana, después que habían ascendido a puestos del gobierno y tenido acceso a materiales de máximo secreto.
En esta categoría aparecen Víctor Manuel Rocha, Ana Belén Montes, y los esposos Walter Kendall y Gwendolyn Myers, que el informe incluye en su ristra de ejemplos junto con la chapucera Red Avispa, a la vez que prescinde de otros casos ilustrativos, como Mariano Faget, funcionario de los Servicios de Inmigración y Naturalización (INS), pescado por Héctor Pesquera, jefe del FBI en Miami.
Ironía histórica
El informe cierra con que “confundir la pobreza de Cuba con inocuidad equivale a malinterpretar la amenaza por completo”. Y explica que la debilidad material del Estado revolucionario nunca fue la medida de su peligro, porque su poder siempre fue ideológico, subversivo y parasitario.
Ese poder ha demostrado, según el informe, ser notablemente duradero al sobrevivir al imperio soviético que ayudó a construirlo e injertarse desde entonces en cada nuevo enemigo de Estados Unidos. Hoy sirve como tejido conectivo de una coalición antiestadounidense más amplia, donde las ambiciones de Moscú, Pekín y Teherán convergen con los movimientos radicales dentro de Estados Unidos. Así, el informe rinde cierto homenaje a Castro y hace pensar que no ha muerto al final aquella batalla de ideas que el quídam lucubró hace un cuarto de siglo, sin arrepentirse de haber cometido el grosero error histórico de ponerse en mala con los americanos y eliminar la condición exterior decisiva del bienestar de Cuba: la cercanía de Estados Unidos.
Ahora Estados Unidos recurre al embaraje del pez erizo dejando a un lado las maneras racionales de cómo el pez grande tendría derecho a comerse al pez chiquito.