Atenas, no Esparta: Luis Manuel Otero Alcántara y la indignación selectiva del exilio cubano

La escena se repite en la historia cubana y su diáspora. El pueblo que sufre bajo un mismo yugo termina, muchas veces, reproduciendo hacia adentro los mecanismos del régimen que dice combatir.
Luis Manuel Otero Alcántara a su llegada a Miami. Foto: Lia Villares/Facebook.

Hay una escena que se repite tanto en la historia cubana como en su diáspora: el pueblo que sufre bajo un mismo yugo termina, muchas veces, reproduciendo hacia adentro los mecanismos del régimen que dice combatir. Con la misma lógica de la dictadura, aplican el silencio para unos, el escándalo para otros y la impunidad para los que se reciclan bien, mientras, condenan públicamente a los que ya no pueden fingir, aunque sigan teniendo miedo por las amargas experiencias.

Luis Manuel Otero Alcántara salió tras cinco años de prisión política denunciando a la dictadura con la imagen del «macho abusador»: un secuestrador de 9.4 millones de personas que exige remesas, comida, ayuda humanitaria a cambio de no matar a sus rehenes, mientras la comunidad internacional, año tras año, se la entrega casi sin resistencia. Es una imagen dura, pero exacta.

Sin embargo, lo que generó ruido no fue esta denuncia. Generó más ruido una transmisión informal con el exprisionero plantado Ángel de Fana, después de media década sin vida social, sin filtros que reconstruir, con una mente que, cualquiera con sentido común lo entendería y hasta él mismo lo admite, salió de esa prisión trastornada. No hace falta ser psiquiatra para saber que nadie atraviesa un trayecto como ese y sale intacto.

Y aun así, una parte del exilio sigue prefiriendo mostrarse escandalizada. Le recitaron versos de Martí como quien hace un acto de repudio. Le exigieron la compostura de un soldado espartano a un hombre que acaba de salir del infierno, cuando quien lo observa con atención ve más bien a alguien calmado, incluso pausado, hablando desde el aturdimiento de una reinserción brutal.

Lo que no genera el mismo escándalo es la revelación que hace la escritora Lilianne Ruiz Andarcio respecto a que en ese mismo círculo se mueven libremente de censura y repudio los que ella llama «ocupas del Versailles»: personas de quienes nadie conoce un historial real de lucha en Cuba (porque en la mayoría de los casos ese historial simplemente no existe) y que, sin embargo, se proyectan como voceros, como «defensores», como referentes del exilio.

Y a diferencia de la calma natural de Luis Manuel, muchos de estos personajes se proyectan además con violencia, con agresividad, con un patrón de conducta que cualquiera que preste atención puede reconocer. Pero como se presentan con la estética correcta del activismo, como han aprendido a mistificarse, el exilio (ese exilio con «oídos delicados y entendederas cortas», como bien lo describe Lili) no solo los tolera, sino que además los premia. Les confecciona diplomas. Los deja hablar en nombre de los presos políticos mientras los verdaderos activistas, los que tienen nombre y obra, quedan fuera de ese círculo de aduladores.

Milan Kundera ya había descrito esta trampa en La insoportable levedad del ser, a través de Sabina, la pintora que se declara disidente de todo: del comunismo, pero también del kitsch del propio exilio, de sus desfiles, de su necesidad de consenso emocional. Sabina entiende lo que a los demás les cuesta tanto admitir: que se puede ser víctima de un totalitarismo y, al mismo tiempo, negarse a formar parte del ritual colectivo que ese mismo exilio exige para validar el sufrimiento. Se pudiera mirar como insensibilidad, pero el ritual mismo (el aplauso fácil, la indignación en manada, la foto correcta) termina siendo otra forma del kitsch, otra manera de no mirar de frente lo incómodo.

Foucault decía que la locura es no tener una obra. LMOA tiene una obra, un cuerpo de trabajo dentro del circuito del arte que lo precede y lo sostiene incluso cuando su discurso tropieza. Y como artista, conoce el éxito, es un artista que vende. Los que hoy lo juzgan, en cambio, muchas veces no tienen más obra que el performance del activismo: publicaciones que reciclan entrevistas ajenas, indignación que se activa solo cuando es rentable en likes. Reciclando el contenido hasta exprimir la última gota.

No es un fenómeno nuevo ni exclusivamente cubano, pero en Miami tiene su forma particular: la gente que llegó de Cuba y en lugar de traer su identidad real, con sus contradicciones, su historial, su nombre completo, se reconstruye una identidad también reciclada, más presentable, más digerible para el algoritmo del exilio. No nos preocupa que nadie se reinvente, pero sí que esa reinvención muchas veces sirva para blanquear comportamientos que, si se conocieran del todo, no tendrían cabida en ningún podio.

Mantente en Atenas, evita la falsa Esparta, le dice Lili a LuisMa. Atenas no es la ausencia de disciplina ni de causa, es la que permite el disenso, la que no exige uniformidad para reconocer el sufrimiento de los suyos. Esparta, la que estos días reclama pureza retórica a un hombre recién salido de una celda, es la que termina, con o sin intención, pareciéndose demasiado a aquello de lo que dice estar radicalmente en contra.

A LMOA no le pedimos que actúe con libertad correctamente. Si es libertad, pocas veces será correcta: los artistas viven en desacato permanente. Le pedimos que se cuide, que descanse, que su arte y su mente se den el tiempo que la prisión le robó.

Y al exilio que olvida que la palabra significa mucho más que sus propios ritos internos, le pedimos algo más simple todavía: que la indignación no sea selectiva. Que se mida con la misma vara a todos, no solo a los que ya no tienen fuerzas para performar bien.

Cuba, algún día, no se liberará solo del comunismo. Se liberará también de estas réplicas en miniatura que carga sin querer o queriendo, aquí, tan lejos y tan cerca de la isla.

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