Como parte de la estrategia de la administración Trump hacia Cuba, la CIA ha creado en secreto un grupo especial para planear una campaña destinada a presionar al régimen de Miguel Díaz-Canel y agilizar la transformación política y económica que Estados Unidos busca en la isla, reveló el diario The New York Times.
De acuerdo con el reporte, la reciente creación de este grupo de trabajo permitirá a la agencia asignar rápidamente más recursos financieros, humanos y técnicos al caso de Cuba, según fuentes involucradas en la iniciativa que hablaron bajo condición de anonimato.
El reportaje de TNYT aparece firmado por Adam Entous, un veterano periodista de investigación afincado en Washington y especializado en temas de seguridad nacional e inteligencia.
“El grupo de trabajo ha comenzado a incorporar a oficiales de operaciones que se encargarán de reclutar y gestionar espías, analistas de inteligencia, oficiales responsabilizados con ciberoperaciones y especialistas en operaciones encubiertas de influencia”, indicó el diario.
El reporte del Times se difunde apenas un día después de que el sitio POLITICO adelantara que Estados Unidos ha reforzado las actividades de inteligencia en Cuba durante los últimos meses a medida que Donald Trump ha intensificado sus acciones para que el régimen abandone el poder o emprenda reformas profundas.
Los antecedentes de esta iniciativa se remontan a 1960, cuando la CIA estableció un primer grupo de trabajo sobre Cuba para supervisar los preparativos de la invasión de Bahía de Cochinos, que terminó en un fiasco en abril de 1961. Fue bajo el mandato del entonces director de la CIA, Allen Dulles, que se ordenó al funcionario Richard Bissell iniciar gestiones para derrocar al régimen de Fidel Castro, el 8 de enero de 1960, y así surgió el grupo de trabajo denominado “Branch 4 of the Western Hemisphere Division”, al frente del cual se designó a Jake Esterline, según aparece documentado en el libro El sueño inconcluso (2022), del historiador Javier Figueroa. Tanto Bissell como Esterline estuvieron vinculados a la operación lanzada por la CIA para derribar al gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954.

Las personas informadas sobre el nuevo grupo dijeron, sin embargo, que su mandato es más limitado, y estará enfocado en crear divisiones entre la élite política cubana, con la esperanza de propiciar las condiciones para sustituir la prevalencia de una línea dura antiamericana por líderes más pragmáticos y más dispuestos a aceptar las exigencias de Trump.
La CIA declinó hacer comentarios sobre el asunto al reportero de The New York Times.
A diferencia de lo ocurrido en la década de 1960, el grupo actual no cuenta con asociados cubanos organizados, ni tiene autorización para realizar operaciones letales. Por su propia naturaleza, un grupo de trabajo de la CIA es flexible y el presidente estadounidense puede modificar en cualquier momento sus opciones operativas.
El periódico especula respecto a la formación de este grupo especial como una señal de que la CIA se está preparando para una campaña encubierta de larga duración contra uno de sus objetivos más difíciles durante décadas: Cuba.
La medida de la CIA coincide con la intensificación de los esfuerzos de las agencias de inteligencia estadounidenses por comprender mejor la situación sobre el terreno en Cuba.
Cada administración establece sus prioridades en materia de recopilación de información en un documento conocido como Marco Nacional de Prioridades de Inteligencia (NIPF) y la administración Trump ha revisado recientemente su versión del material para designar a Cuba como «Prioridad 1» del NIPF junto a China, Irán y Rusia, según el reporte periodísitico.
En respuesta a ello, entidades estadounidenses como la Agencia de Seguridad Nacional y la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial, entre otras, han comenzado a destinar más recursos de recopilación de inteligencia –incluidos satélites– a Cuba.
Las fuentes indicaron que la información de inteligencia ayudará al Ejército estadounidense a actualizar sus opciones para una posible acción militar contra Cuba, en caso de que Trump opte por esa opción.
Oficiales militares y de inteligencia de Estados Unidos se han quejado de disponer de información obsoleta para evaluar la situación de Cuba, de manera que el equipo establecido ahora podría brindarles información con una mejor perspectiva de la realidad cubana y sus capacidades militares.
El reporte señala que los oficiales del grupo de trabajo sobre Cuba examinarán minuciosamente la información de inteligencia recién disponible en busca de datos privilegiados sobre las actividades de los líderes cubanos y otros miembros de la élite política, centrándose especialmente en el seguimiento de flujos opacos de dinero y transacciones comerciales, tanto dentro como fuera de la isla.
La agencia podría acabar haciendo pública esa información en un intento por influir en los dirigentes cubanos y en la opinión pública, repitiendo una estrategia antes utilizada contra otros adversarios como Rusia.
Durante gran parte de la Guerra Fría, la CIA mantuvo una oficina relativamente pequeña en la embajada de Estados Unidos en La Habana, en parte porque la agencia sabía que los cubanos eran increíblemente eficaces a la hora de vigilar a los agentes estadounidenses allí destinados.
El interés de Estados Unidos por Cuba disminuyó en la década de 2000, cuando se ordenó a la CIA que centrara sus recursos financieros, humanos y técnicos en las guerras de Irak y Afganistán y en otros focos del terrorismo.
En 2015, tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países durante la era Obama, el entonces director de la CIA, John O. Brennan, viajó a La Habana para reunirse con el General Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, y otros funcionarios cubanos con el fin de debatir el aumento de la cooperación en materia de inteligencia entre ambos países.
Brennan consideraba que los servicios de inteligencia cubanos eran los más competentes de América Latina y esperaba colaborar con ellos contra los cárteles de la droga y las redes terroristas, pero esas conversaciones se estancaron porque ambas partes se culparon mutuamente de no cumplir los compromisos propuestos para fomentar la confianza.
Posteriormente, durante el primer mandato de Trump, varios diplomáticos y agentes de la CIA en funciones en La Habana se vieron afectados por una enfermedad misteriosa, que más tarde se conocería como el «síndrome de La Habana». Esa fue la gota que colmó la copa y la agencia decidió cerrar por completo su oficina en Cuba en 2017.
La oficina de la CIA en La Habana se restableció en 2024, hacia el final de la administración de Joe Biden, pero a los agentes que allí trabajaban les seguía resultando difícil llevar a cabo su labor, ya que se encontraban bajo una vigilancia casi constante y sus movimientos estaban restringidos.
El pasado mayo, con las tensiones en su punto más álgido, Trump envió a su director de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana para reunirse con la élite del Ministerio del Interior de Cuba (MININT). Ratcliffe también tuvo un encuentro paralelo con el coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y considerado una pieza clave en las negociaciones establecidas entre ambos países desde comienzos de este año.
El mensaje de Ratcliffe a los jerarcas cubanos fue que la CIA los consideraba adversarios dignos y posibles socios futuros, pero también les alertó de que se les acababa el tiempo para llevar a cabo los cambios fundamentales que exigía Trump.
El fantasma de la captura de Nicolás Maduro en Venezuela es citado en el reporte de The New York Times como un pasaje que podría estimular a los líderes cubanos a mover fichas políticas en el país.
La rapidez con la que Trump logró derrocar a uno de los aliados más cercanos de Cuba y hacerse con el control de los recursos petroleros de Venezuela llevó a creer a algunos de los asesores más belicistas de Trump que el actual gobierno cubano podría haber desaparecido para cuando se celebren las elecciones de medio término en noviembre, según fuentes familiarizadas con el debate sobre Cuba dentro de la administración.
Pero a pesar del recrudecimiento de las sanciones y la imposición de un bloqueo a la comercialización de petróleo hacia Cuba, el régimen ha desafiado los obstáculos y sobrellevado las protestas populares, demostrando una capacidad de resistencia que no estaba en los cálculos de Washington.