Una insólita exhibición: Titón y Fidel Castro

¿De qué mirada estarán hablando los organizadores de la exposición? ¿Ignoran acaso que el caudillo y el gran cineasta interpretaron la cambiante realidad cubana posrevolución desde ópticas diametralmente opuestas?
Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996), en plena filmación. Foto: IMDb.

Resulta penoso observar el acto de prestidigitación ideológica oculto tras la exhibición Fidel y Titón, dos hombres con una misma mirada, que la Oficina del Historiador de La Habana y el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) acaban de inaugurar en la Casa de Titón y Mirtha, en La Habana Vieja.

Hace ya casi cincuenta años, en plena juventud, fui el director asistente de Tomás Gutiérrez Alea en Los sobrevivientes, una de sus películas más reconocidas. Desde esa experiencia, decisiva en mi formación como cineasta, hasta los días de su prolongada enfermedad, mantuve con él un diálogo de profunda complicidad intelectual. Es un pedazo de mi vida que guardo con inmenso regocijo.

El gran atributo de Titón era su honestidad. Embajador plenipotenciario en el peligroso arte de no tener pelos en la lengua, sus filmes y sus batallas nunca se perdieron en los recovecos de la conveniencia. Decía lo que pensaba y actuaba en concordancia. Podías estar de acuerdo o no con lo que hacía y decía, pero sabías que sus ojos transparentes, aquella sonrisa de fina ironía y aquellos oídos siempre atentos a la opinión del compañero no eran capaces de engañarte ni echarte a un lado.

¿De qué mirada estarán hablando los organizadores de la exposición? ¿A qué figura retórica nos convocan? En su estrafalario símil, ¿ignoran acaso que después de un corto tiempo, el caudillo y el gran cineasta interpretaron la cambiante realidad cubana posrevolución desde ópticas diametralmente opuestas? ¿No se habrán dado cuenta de que, en sus mutuas y paralelas voluntades de cambiar dicha realidad, solo el cineasta supo mantener su mirada fija en el mejoramiento humano de sus compatriotas?

Presentación de la exposición sobre Fidel Castro y Titón. Foto: Facebook.

En más de dos décadas de diálogo con Titón, no encuentro ni una sola pista que me confirme la similitud, ética o política, entre sus respectivos protagonismos. Ni en mis tiempos iniciáticos de Los sobrevivientes, donde todos oíamos sin ripostar las tiradas en contra del Máximo Líder —muchísimas, ya muy bien fundamentadas— que sin cesar lanzaba su director de fotografía, Mario García Joya. Tampoco durante las lecciones sobre gramática cinematográfica —dictadas en su casa para un grupo privilegiado de sus discípulos—, donde escuché por primera vez su antológico enunciado: «la revolución de Fidel era un buen guión, pero una pésima película». Ni en las largas semanas de abril de 1991, cuando tras la censura de Alicia en el pueblo de Maravillas, dieciocho cineastas del ICAIC, encabezados por él, nos acuartelamos en asamblea permanente para impedir que el Instituto de Cine se fundiera con el de Radio y Televisión y sucumbiera bajo la bota estalinista del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) del Partido de Fidel. Ni tampoco en las horribles horas en que volvimos a la trinchera junto a él, ya debilitado por el cáncer, para conjurar los ataques contra su última obra, Guantanamera (1995), orquestados por Raúl Castro y el siempre combativo DOR.

Nunca oí a Titón, por cierto, durante aquella tensa «huelga de los dieciocho» en defensa de Alicia…, sumarse al criterio de muchos —entre ellos, los más implicados personalmente —, quienes aún ingenuamente imbuidos en el sempiterno «si Fidel supiera, esto no estuviera pasando», querían exonerar al Comandante en Jefe de cualquier responsabilidad en aquel golpe de autoritarismo.

El genio detrás de La muerte de un burócrata, Memorias del subdesarrollo y La última cena creyó en una revolución social que barriera la desigualdad y el atentado a la democracia que significaba el régimen de Batista. Pero, con la misma certeza, puedo afirmar que nuestro genio fílmico sabía muy bien que el «guion» de aquella revolución no había sido escrito por un dios infalible y que el fracaso trágico de la «gran película» cubana se debía —más allá de bloqueos y injerencias externas— a la «mirada» soberbia y terca de su «director», asistido por «un equipo de producción» sordo, como él, a las necesidades del «público» al que la obra iba destinada, el pueblo cubano.

El azar cinematográfico quiso que, con el título de uno de sus filmes más recordados, el cineasta italiano Pietro Germi vaticinara la realidad de nuestra patria y de una parte mayoritaria de sus habitantes. Cuba fue Seducida y abandonada por Fidel Castro.

En medio de una ciudad y de un país en ruinas, esta exhibición en la Casa de Titón y Mirtha es una muestra fehaciente de dicha seducción y de dicho abandono. Con ella, sus patrocinadores parecen proponer un nuevo subgénero para nuestra interminable «teleserie» nacional: el de la porno bajeza.

Parece un motivo para sonoras carcajadas. Pero para muchos de los cineastas que filmaron sus obras dentro del ICAIC —y a veces a contrapelo de este—, Titón fue el héroe que nunca dudó en defenderlos. Pienso en Nicolás Guillén Landrián, en Sara Gómez, dos nombres imprescindibles del cine cubano. En sus tumbas, ellos podrán esbozar una sonrisa sarcástica. Pero estoy seguro de que, seguido, sentirán un vacío aterrador.

En menor medida, también yo conté con el abrazo protector de Titón. Junto a Humberto Solás y Pastor Vega, Tomás fue el único director de cine cubano que, en los tiempos de la censura de mi tercer filme, Cerrado por reformas, en junio de 1995, por parte de Alfredo Guevara, me brindó su apoyo solidario.

Tomen esta revelación como una catarsis fuera de tono, tal vez melodramática. A lo mejor tienen razón. Han pasado treinta y un años. Tanto tiempo debía haber curado esas heridas. Aparentemente, los golpes de la censura no tienen cura. Y ahora, con alevosía y nocturnidad, como si de pronto quisieran arrebatarme uno de los pocos titanes de mi revolución personal, el mero anuncio de esta exhibición resucita todos mis dolores.

Siento profundamente, en tiempos tan complicados, perderme en un exabrupto. Lo siento de veras.

Pero Mirtha Ibarra no es la única viuda de Titón. Todos los cineastas, todos los artistas cubanos, todas las personas que creen que el decoro y la verdad deben ser parte imprescindible de nuestra narrativa, nos hemos ido quedando paulatinamente viudos.

No descanses en paz, Titón.

Orlando Rojas es un cineasta cubano, director del documental A veces miro mi vida y de las películas Una novia para David, Papeles secundarios y Las noches de Constantinopla, entre otros hitos de su larga trayectoria cinematográfica. Reside en Gainesville, Florida.

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