
Desde hace días circulan en Sancti Spíritus versiones callejeras del hallazgo de un cementerio de perros, cuya carne se habría integrado a los alimentos consumidos en la zona del barrio de Colón durante los carnavales de la ciudad, el pasado julio.
Aunque las autoridades negaron el hecho, es curioso que poco a poco han ido apareciendo artículos en la prensa local con temas recurrentes sobre los perros y la higiene de la ciudad.
Por suerte, el hallazgo no está relacionado con enfermedades o muertes de personas, al menos que se conozca.
Pero las tumbas de los perros espirituanos pueden encontrarse por estos días en otros sitios de la ciudad.
Hace alrededor de una semana un perro tiene sepultura en una de las céntricas esquinas que confluyen en la Avenida de los Mártires. El cuerpo del animal ha comenzado a descomponerse a menos de 10 metros de dos centros donde se elaboran y expenden alimentos.
El reino de las moscas
Por cotidiano, el hecho -que suele repetirse, como algo común, a orillas de cualquier parque espirituano- no inmuta.
Deberían exasperar, además del hedor, las entrometidas moscas que se le posan encima al fallecido animal antes de proseguir vuelo hacia cualquier alimento en venta.
Con solo pensarlo, algunos merenderos y bares locales estarían en plan de quiebra.
Pero más allá de cualquier decisión, me ronda la incertidumbre sobre la tan dilatada permanencia del cadáver perruno en el lugar: ¿la culpa es del caprichoso perro que vino a morirse en aquella acera, del chofer que lo arrolló y lo dejó tirado a su suerte, o de las auras que aún no han acudido a devorar el cuerpo?
Al parecer nadie quiere ver ni molestarse con el olor pestilente. No se trata de armar un diluvio de responsabilidades en torno a un pobre animal que -como otros tantos- fallece todos los días en una calle de esta ciudad. Lo asombroso es que, aun cuando se insiste por los cuatro costados sobre la necesidad de preservar la higiene ambiental ante el acecho del Aedes aegypti, del Vibrion cholerae o la probable aparición de cualquier enfermedad de transmisión digestiva, nadie tome conciencia de la persistencia de estas tumbas a cielo abierto.
Y aunque en la provincia aletee el Aedes aegypti sin provocar aún dengue ni haya indicios de cólera, no somos inmunes ante el peligro.
La alarma está latente. Según el licenciado Eduardo Madurga Díaz, jefe del Departamento de Salud Ambiental del Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología (CPHEM), es preocupante la crecida de los residuales líquidos que corren calles abajo.
Fosas desbordadas
“Sobre todo se da esta situación debido al desbordamiento de varias fosas y a la obstrucción del alcantarillado. Además, durante las pasadas lluvias de mayo la infiltración al manto freático fue mayor y ello trajo consigo la mezcla del agua de lluvia con la residual. Todo eso acarrea la proliferación de vectores y puede contaminar las fuentes de abasto de agua”, asegura Madurga Díaz.
Ante tal alerta, un estudio epidemiológico realizado a varios pozos de la cabecera provincial arrojó no pocas preocupaciones.
“Se ha podido verificar que de acuerdo con la ubicación geográfica y lo deteriorado y envejecido del alcantarillado hoy están contaminados varios de los pozos más populares de Sancti Spíritus y, por consiguiente, el agua que brindan no es segura”, indica el estudio.
Institucionalmente las responsabilidades están repartidas entre tres empresas: Comunales recoge los desechos, Higiene vela por los riesgos y Acueducto y Alcantarillados debe encargarse, entre otros asuntos, de eliminar los riachuelos putrefactos de las arterias. ¿Pero sucede?
Nada es tan sencillo. Madurga afirma que aunque las quejas inundan el CPHEM, según las estadísticas de Acueducto y Alcantarillados esta semana no hay fosas desbordadas en la ciudad.
No crea que el epidemiólogo delira. Aunque su fosa esté vertiendo a la calle, si no está inscrita y pagada en la dirección de ese organismo encargado de su limpieza, es como si no existiese. En la voluntad de los propietarios recae tal dejadez y en la desidia de quienes, legalmente, deben ponerles freno a las indisciplinas.
Si las medidas higiénico sanitarias están redichas, si el mosquito puede picar en cualquier momento, si el riesgo de enfermedades no es un relato de ficción, si estatalmente existen organismos para velar por tales desmanes… ¿a cuántos muertos llegaremos si nos azota una infección? ¿se revelarán entonces los datos?
Por lo pronto, el perro muerto sigue ahí.