Revelaciones recalentadas: La recurva de Posada Carriles

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Luis Posada Carriles, de 87 años, con orden de deportación en Miami.

Por Miguel Fernández Díaz
Al filo de las negociaciones iniciadas entre Cuba y Estados Unidos se formó alharaca desde la barricada republicana en el Congreso para discutir la extradición de Joanne Chesimard (Assata Shakur) y otros fugitivos de la justicia estadounidense residentes en la isla, a pesar de que La Habana anticipó que jamás iba a extraditarlos y ni siquiera dio contracandela con el reclamo de Luis Posada Carriles y otros casos.
Ahora la Oficina del Historiador del Departamento de Estado sacó otro más de sus volúmenes ordinarios de publicación periódica de fondos documentales en el que se reproduce un memorando fechado el 18 de octubre de 1976 y desclasificado hace ya una década. En el conocido memorando, el Buró de Inteligencia e Investigación (INR, por sus siglas en inglés) del propio departamento notifica al Secretario de Estado Henry Kissinger, entre otras cosas, que Posada Carriles es probablemente autor intelectual del crimen de Barbados.
Todo es embeleco
La ocasión se pintaba para agitar las aguas con un tema altamente sensible, aunque venga del latón de los recicables. Total, a estas alturas del panorama general del periodismo nadie toma esfuerzos siquera en percatarse de las pifias. Y así dos reporteros de El Nuevo Herald, Nora Gámez y Alfonso Chardy, acaban de exhumar este perro muerto con la nota de que el “Departamento de Estado consideró a Posada Carriles como probable autor de atentado a avión de Cubana”, como si aquel memo no se hubiera colgado, el 10 de mayo de 2005, en la página digital de Archivo de Seguridad Nacional, junto con otros más sustanciales de la CIA y el FBI que dieron pie, en el propio Herald y el mismo día, al artículo de Oscar Corral “Documentos vinculan a Posada con ataque”.
La nota de exhumación señala que el manoseado memo “no explica en qué se basa el Buró para emitir su juicio”, como si no se supiera que el INR se basó sobre todo en los informes del FBI, de 7 de octubre de 1976, y de la CIA, el 12 de octubre de 1976, que el Archivo Nacional de Seguridad divulgó el 9 de junio de 2005.
Así mismo deja caer la nota, como de pasada, que el memo “ya formaba parte de la colección del Archivo Nacional de Seguridad, pero en una versión censurada [y] confirma lo que el Miami Herald reportó en el 2007: que Posada Carriles fue informante pagado de la CIA y comunicó planes de sabotaje de un avión de Cubana que volaría entre Panamá y La Habana el 21 de junio de [1976]”.
El memo no confirma nada, porque sus partes censuradas se aclararon antes de que el Herald reportara en 2007 lo que estudiosos y curiosos de la voladura del avión cubano en Barbados sabían por otros documentos: que Posada Carriles era soplón a sueldo de la CIA y había informado no sólo sobre aquel plan de sabotaje, sino también que Orlando Bosch y Frank Castro se habían complotado para matar en Costa Rica al sobrino del malogrado presidente chileno Salvador Allende (1908-1973).
El quid y el quídam
La clave del ademán exhumador, que enseguida encontró eco entre los sepultureros de Granma y Cubadebate, quedó bien expuesta por Peter Kornbluh: este memo a Kissinger “de nuevo saca a relucir el tema de cómo un terrorista internacional como Luis Posada Carriles puede vivir felizmente en Miami”.
Solo valdría acotar que si cada vez que una entidad desclasifica documentos ya desclasificados por otra hace tiempo y encuentra informadores dispuestos a rapearlos, la noticia no es el asunto en sí, sino más bien la revelación de que el periodismo de nuestros tiempos -y en nuestro ámbito- está más sintonizado con el ánimo de repicar las campanas de la propaganda que de investigar acuciosamente la realidad, aunque haya que engatusar a lectores desinformados.
El recalentamiento del caso de Posada Carriles -de 87 años y sobre quien pesa una orden final de deportación- viene de perilla a las intenciones de La Habana y a sus efectivos cabilderos y académicos de servicio desde este lado del Estrecho de la Florida para «hacer política».  La misma vieja política de reciclaje y exigencias a Washington, sin importarle un ápice las cuentas pendientes del régimen cubano.
Pero eso es algo de lo que el agitado periodismo de nuestros días ni siquiera puede percatarse.

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