Reflexiones de la Caimana: La vuelta a la manzana o lo que se creyó el cubano

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Una calle de París en mayo de 1871 y la Comuna (1903), óleo del pintor anarquista Maximilien Luce (1858-1941). Museo de Orsay, París.

Por Ramón Alejandro*
El camino del Infierno está pavimentado de buenísimas intenciones.
Los mejores sentimientos siempre presidieron a los sinceros intentos por mejorar la condición de las clases trabajadoras, injustamente desposeídas, desde aquella ya lejana Revolución Francesa que fue el prototipo de todas las que siguieron después. El pensamiento materialista de los filósofos de la Enciclopedia resultó ser una paradójica consecuencia de las enseñanzas del cristianismo primitivo, que seguía sinceramente ese buen consejo de amarnos los unos a los otros que nos dio Jesús.
Se intentó repartir mejor las riquezas y tratar de instaurar una igualdad de derecho entre todos los ciudadanos de una República ideal, que pocos años después terminó en el Terror instaurado por Robespierre y más tarde en la coronación de Napoleón como emperador, y aún algo después con la bestial represión de la Comuna de París por parte de la burguesía, que substituyó descaradamente a la aristocracia en el egoísta usufructo de los bienes materiales de ese rico país.
La trova de Marx
Luego vino Marx con su trova, y allá fueron los ingenuos rusos a hacer su bien intencionado experimento. Pancho Villa y Emiliano Zapata no supieron qué hacer con el poder, y luego de sacarse una memorable foto ambos sentados lado a lado en la suntuosa butaca presidencial de Porfirio Díaz, se hundieron en la previsible frustración de sus nobles intenciones.
Del caso de Cuba no les tengo que hacer el cuento.
Altruísmo y egoísmo parecen ser dos sucesivas alternativas en la actitud de quienes desean arreglar los problemas de las inevitables injusticias inherentes a toda organización social, y de paso dar sentido a sus existencias. Los líderes que comienzan sus carreras políticas queriendo favorecer a los más necesitados, a los pocos años de ejercer el poder terminan por satisfacer exclusivamente sus propios intereses,
Napoleón, Stalin, y algunos otros más nos ilustran esa tendencia natural a pasar desde el idealismo revolucionario al más descarado goce personal de los bienes públicos. No hay dictador que anuncie de antemano sus malas intenciones, excepto quizás el loco de Adolfo Hitler, cuando escribió Mein Kampf.
No parecemos poder conjugar el beneficio propio con el bien común; si es bueno para mí tiene que ser malo para ti, y viceversa. Eso de win-win no es lo nuestro. O ganas tú y me jodes, o gano yo y te jodo. Quién no sirve para matar, sirve para que lo maten, asere.
Cinismo y rapiña
No hay duda que en el corazón de cada individuo existe un deseo de contribuir al bien general. ¿Pero qué es lo que hace que esa buena intención inicial rápidamente dé lugar al cinismo más desfachatado, y su consecuente actitud de rapiña?
Nuestro subconciente nos ha proveído abundantemente de hipotéticas teorías que supuestamente nos permitirían implantar el Paraíso social, que invariablemente al querer aplicarse, han reventado lamentablemente contra el muro de la realidad económica. Los consejos de Jesús llevaron a caer en los mismos abusos que cometía el violento orden implantado por la Roma esclavista e imperial de su tiempo. La Historia de la Europa Medieval nos dio la fehaciente prueba.
Nosotros mismos ya lo hemos intentado varias veces en estos últimos 200 años.
La Razón, que reina en nuestras conciencias, va examinando fríamente esas geniales hipótesis venidas de lo más hondo de nuestra humanidad, y termina por hallarles el fallo que la hace descartar su interés. Así todo joven líder revolucionario al llegar al poder, y la madurez, se convierte en tremendo aprovechado.
Los científicos someten a cuidadosos experimentos sus hipótesis antes de confirmar su validez, y con ese método es que avanzan las ciencias. Los políticos, por muchos fracasos que confirmen sus errores se empecinan en conservar las riendas del poder, y aún encuentran manera de justificar su tozudez. Por eso es que mientras más avanzamos tecnológica y científicamente, más retrocedemos moral y políticamente. Nuestra básica animalidad se reconforta con cada nuevo fracaso.
Una agonía demasiado lenta
Lo podemos observar con amargura en la lenta agonía de la Revolución Cubana y la progresiva e ineluctable inversión de todos sus iniciales ideales en su contrario. Buscamos soberanía nacional y justicia social; tenemos más dependencia económica que nunca antes y un manigüiti generalizado muy parecido al del ruso Putin.
Todo está en orden y sigue su curso habitual. Parece que la explicación de la Voluntad de Poder que según Alfred Adler inconscientemente nos motiva, se confirma en la experiencia.
Como siempre, el cubano, que se las sabe todas, creyó que lo íbamos a hacer mejor que los demás.
«Revolución», etimológicamente quiere decir darle la vuelta a algo, como las revoluciones de las órbitas de los planetas alrededor del Sol, o la de cada uno de ellos alrededor de su propio eje.
O sea, volver al punto de partida.
Ya le dimos la vuelta a nuestras buenas intenciones: ¿Ahora qué?
*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica semanalmente el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.

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