Miriam Ramos, la Maestra de siempre

La voz de Miriam Ramos es una rara avis en la música cubana. A sus casi 80 años es de las pocas intérpretes vivas que reúne cabalmente los requisitos que avalan a una gran artista.

Por Jaime Masó Torres

El Premio Maestro de Juventudes 2025, otorgado por la Asociación Hermanos Saíz (AHS) de Cuba, será entregado este 22 de octubre a varios intelectuales y artistas cubanos, entre ellos, la cancionista, compositora y guitarrista Miriam Ramos.

Conocida la noticia, han sido numerosas las felicitaciones en redes sociales por admiradores, periodistas y músicos. Sin embargo, un post de la crítica y productora Darsi Fernández lo resume todo: “Ella es una Maestra, de siempre”.

Los organizadores del premio han sido políticamente correctos y cautelosos en reconocer de manera pública la obra de algunos creadores que han acompañado y acompañan a los jóvenes en su formación.

La lista, desde el inicio y salvo algunas excepciones, incluye a personalidades que pocas veces han “mortificado” al régimen. Ahí aparecen, desde las fallecidas Marta Rojas y Corina Mestre, pasando por Eslinda Núñez, Augusto Blanca o Virgilio López Lemus. Entre estos y muchos otros, hay siempre un denominador común.

Supongamos que ha sido sencillamente fruto de la casualidad que nadie dentro de la AHS haya pensado que Reina María Rodríguez, Leonardo Padura o Pedro Juan Gutiérrez son maestros con notable influencia entre quienes aspiran a crecer en el mundo de las letras. Esto, de ninguna manera es una propuesta y mucho menos un reclamo. Al final, un premio es eso: el reconocimiento concedido que algunos aplauden y otros cuestionan, el que se da por lealtad y a veces, por obligación.

Coherencia estética

En un país devorado por la propaganda política y en franca decadencia cultural, la voz de Miriam Ramos es una rara avis. A sus casi 80 años es de las pocas intérpretes cubanas vivas que reúne cabalmente los requisitos que, en teoría, debería tener un gran artista: talento, honestidad creativa, belleza y coherencia estética.

Como ser humano no es perfecta, pero en su arte ha trabajado mucho por alcanzar la exquisitez.

Habría que comprobar si realmente los jóvenes (dirigentes) que hoy la premian conocen a fondo su carrera musical, si la han escuchado, si han visto sus videos, aunque pocas veces su imagen aparezca en televisión nacional.

Tendríamos que preguntarle a los “garnaches” de la organización si estarían dispuestos a no sumarse al arte panfletario del que ella no forma parte, o si tal vez pondrían su creación al servicio de lo que realmente vale y no lo que está de moda.

Los que lean su biografía deben saber –o al menos aprender– que la maestra que premian empezó cantándole a Sindo Garay cuando pocos hablaban del trovador y durante más de seis décadas no ha dejado morir a los clásicos de la canción cubana. Esa maestra que hoy aclaman ha tenido que pagar caro ser original y luchar por su verdad, algo que todavía hoy muchos no le perdonan.

Si no es mucho pedir, muchachos, graben estas palabras dichas al realizador audiovisual Felipe Morfa para su documental Sin esconder el alma (2002), y no olviden aquello de “al bien hacer, jamás le falta premio”. Aquí tenemos a Miriam Ramos de viva voz:

Yo no sé si a alguien le ha parecido que yo he hecho alguna concesión, pero no está en mi programa de vida, ni de artista… Yo tengo que decirle a la gente lo que soy, lo que quiero compartir es mi verdad y eso otro es puro cálculo.

El artista tiene que trabajar sobre sí mismo como ser humano, refinar su alma de manera que su instrumento sea agudo, preciso y que él se convierta en un ser muy responsable, porque el artista maneja la emoción de los demás y eso realmente es muy peligroso. Uno no puede abordar la emoción ajena ni la propia con irresponsabilidad.

Tengo como divisa la lealtad. Uno no puede ser leal a los demás si no sabe qué cosa es ser leal así mismo. Yo no me puedo traicionar así porque lo que me da satisfacción es, justamente, tocar a la gente conmigo. A mí en realidad lo que más me importa es comunicarme con la gente.

La fama no puede ser un objetivo para ningún artista. Es una cosa que puede ser deliciosa al constatar si llegas a la gente o no. Pero también puede ser tremenda, intrusa, invasiva. Es muy difícil de manejar. Hay momentos que uno tiene necesidades de tener su esquina, su oscuro, su silencio.

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