Mike Fernández: No podrán silenciar la verdad

Texto de la carta abierta del empresario y filántropo cubanoamericano sobre la política de persecución de inmigrantes de la administración Trump, y el silencio cómplice de los congresistas republicanos de Miami.

Los agitados acontecimientos que se viven en Estados Unidos tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la implementación de una cacería indiscriminada de inmigrantes ha disparado las alarmas en la comunidad del sur de la Florida, incluyendo a muchos de sus partidarios que le dieron el voto con la esperanza de inminentes cambios en beneficio público.

Sin embargo, la política migratoria que pretendía focalizarse en los inmigrantes con historial delictivo y perfil de ilegalidad se ha convertido en una embestida de persecución contra cientos de personas que ingresaron al país bajo la protección de programas de la anterior administración, como el caso de miles de cubanos con estatus de parole humanitario, formulario I-220A y solicitantes de asilo tras cumplir sus citas de CBP One en la frontera.

El curso vertiginoso de las órdenes dictadas por Trump, con luz verde para las redadas violentas del Departamento de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), la inauguración del controversial centro de detención de Alligator Alcatraz en el inhóspito escenario de los Everglades y la actitud de los congresistas cubanoamericanos del sur de Florida, han creado un clima de terror para miles de residentes en la comunidad, a la vez que han incrementado la polarización de posturas políticas entre partidarios y antagonistas de Trump.

El empresario y filántropo cubanoamericano Miguel «Mike» Fernández, un portentoso donante político de Miami, ha sido una voz que se ha levantado para alertar al secretario de Estado, Marco Rubio, y a los representantes locales en el Congreso, María Elvira Salazar, Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez, de que el presidente Trump ha adoptado una “postura cruel” hacia los inmigrantes, advirtiéndoles que al guardar silencio han traicionado la confianza de la comunidad.

Fernández ya retiro millonarios donativos por $10 millones de dólares al Miami Dade College y la Universidad Internacional de la Florida, patrocinó vallas publicitarias contra los legisladores cubanoamericanos, y ha escrito una segunda carta abierta, aparecida este 9 de agosto en el diario Miami Herald, en una cruzada frontal por «justicia para todos».

Como ha relatado el empresario, expresar sus opiniones se ha convertido en una piedra de escándalo en su comunidad y no han faltado amenazas contra su persona y sus mascotas. Los hechos no son aislados en un escenario donde los insultos y la violencia verbal –y algo más que verbal– experimentan una preocupante escalada con total impunidad.

Nacido en Manzanillo, antigua provincia de Oriente, Fernández salió de Cuba con su familia en 1964, rumbo a México, para luego trasladarse a Estados Unidos, una historia común a miles de cubanos exiliados durante los primeros años de la revolución de Fidel Castro. 

Por la importancia de sus reflexiones –y el increíble desdén con que ha sido recibida en los medios hispanos– Cafe Fuerte reproduce aquí la carta de Fernández, determinado a demostrar que «el alma de nuestro país no está en venta» y que nuestros valores esenciales no pueden ser negociables.

DEFENDER A LOS INMIGRANTES ME HA COSTADO CARO, PERO EL SILENCIO DE LOS REPUBLICANOS DE MIAMI ES PEOR | OPINIÓN

Por Miguel “Mike” B. Fernández*

La semana pasada, me sentí alentado por la reacción a artículos recientes en Miami Herald y The New York Times que hablaban de mi compromiso cívico en defensa de la decencia, la compasión y la justicia para los inmigrantes.

Hablé no solo como cubanoamericano, sino como un estadounidense profundamente preocupado por la crueldad infligida a las personas, especialmente a los latinos, en nuestro estado y país por las políticas migratorias del presidente Trump. Muchos me apoyaron. Algunos discreparon. Escribo ahora no a quienes aplaudieron, sino a quienes lo despreciaron y, aún más importante, a quienes guardan silencio.

No llegué a este momento a la ligera. Crucé un Rubicón personal del que no hay vuelta atrás. Pero tenía que hacerlo. Permítanme aclarar las cosas.

No soy un líder, solo una voz que espera despertar a una mayoría moral adormecida. Siempre me he resistido en silencio a los acosadores y abusadores. Pero actuar silenciosamente ante la injusticia escandalosa es una forma de complicidad.

Eso se acabó ahora.

No soy republicano ni demócrata. Soy estadounidense: un inmigrante que llegó aquí sin nada, se hizo ciudadano, sirvió en el ejército y le debe a este país una deuda que jamás podré pagar. Creo en el estado de derecho, en fronteras sólidas y en la deportación justa de quienes infringen nuestras leyes. Pero también creo en la humanidad y en el derecho de toda persona a ser tratada con dignidad y con el debido proceso.

Nunca olvidaré cómo este país acogió a mi familia cuando llegamos con la única esperanza en su promesa. Soy hijo de un padre que nos enseñó valentía y de una madre que nos enseñó compasión. Educado por los jesuitas, vivo según su lema —»hombres para los demás»— y su creencia de que el amor debe actuar. Cuando la crueldad se convierte en política y la injusticia se normaliza, el amor debe alzar la voz.

Por eso ya no puedo permanecer en silencio mientras los representantes republicanos de Miami, María Elvira Salazar, Carlos Giménez y Mario Díaz-Balart, eluden su responsabilidad de oponerse a la deshumanizante agenda migratoria de Trump. Son cubanoamericanos e hijos de inmigrantes, como yo. Conocen el dolor del exilio. Sin embargo, ante un presidente abusivo que separó a niños de sus padres, vilipendió a los inmigrantes y explotó el miedo para obtener poder, no dicen ni hacen nada, a pesar de que Salazar ha patrocinado la Ley de Dignidad para legalizar a algunos inmigrantes indocumentados.

Su silencio no es neutralidad. Es cobardía.

Hablar ha tenido un precio para mí. Hace poco dejaron una bolsa de carne cruda en la entrada de mi casa con una nota ominosa: «Sabemos que aman a sus perros». Semanas después, un hombre desconocido se detuvo a mi lado, me llamó por mi nombre y me advirtió: «Deja de hablar».

No voy a mentir: me impactó. Pero no me silenció. Me armó de valor.

Siempre he tenido miedo a las alturas. Durante mi servicio militar en la guerra de Vietnam, me obligué a saltar de aviones una y otra vez hasta que el miedo se convirtió en resistencia. Sentí tanto miedo en mi último salto como en el primero, pero seguí saltando.

A quienes intentan intimidarme, sepan esto: no tengo miedo. No me obligarán a someterme. No silenciarán la verdad. Y no detendrán lo que vendrá después.

El alma de nuestro país no está en venta. Nuestros valores no son negociables. Cuando nuestros representantes carecen del coraje para defender lo correcto, nos corresponde a ciudadanos como ustedes y yo alzar la voz y actuar. Muy pronto, actuaré de nuevo y alzaré la voz con aún más fuerza, junto con otros que aún creen en una nación indivisible, dedicada a la libertad y la justicia para todos.

No para los republicanos.

No para los demócratas.

Sino para los estadounidenses.

Podemos ser mejores que esto. Debemos serlo.

Activista y filántropo cubanoamericano. Director ejecutivo de MBF Healthcare Partners, en Coral Gables, Florida.