Lo bueno que tiene Venezuela es lo malo que se está poniendo Chávez

Hugo Chávez durante el acto de cierre de campaña, el pasado jueves, bajo lluvia incesante en Caracas.
Hugo Chávez durante el acto de cierre de campaña, el pasado jueves, bajo lluvia incesante en Caracas.
Por Carlos Cabrera Pérez

El incierto resultado electoral del próximo domingo en Venzuela podría beneficiar a Cuba, siempre y cuando Raúl Castro cumpla un supuesto pacto secreto para garantizar la estabilidad venezolana, aun cuando pierda el candidato Hugo Chávez.

Con su proverbial miopía política, Chávez ha polarizado su país hasta niveles casi inasumibles, convirtiendo a Henrique Capriles en un opositor muy valorado. Versiones no confirmadas indican que el Departamento de Estado habría tanteado a La Habana sobre su disposición a trabajar juntos ante una probable crisis venezolana,sumados a Brasil y Colombia.

Diplomáticos de ambos países no confirman ni desmienten el supuesto pacto Washington-La Habana, pero un alto cargo castrista de paso por España dijo que eso era un asunto “que lleva directamente Raúl con los americanos”. El testimonio proviene de una pregunta informal sobre el futuro de Cuba con una Venezuela sin Chávez, realizada en una cena por un diplomático francés y revelada por un asistente al convite.

Recientemente, el periodista Nelson Bocaranda, aseguró en su blog Runrunes que Raúl Castro habría recibido en La Habana a tres enviados de Capriles, revelación que -hasta ahora- no ha sido desmentida por ninguna de las partes. De hecho, el joven político venezolano afirmó que si gana las elecciones se sentará con el mandatario cubano a negociar, entre otros, el tema médicos por petróleo.

Medidas preventivas

Poco antes, la ex diplomática francesa de origen venezolano, Elizabeth Burgos, avisó en una entrevista concedida a los lectores de Diario de Cuba que una derrota de Chávez no interrumpiría las relaciones comerciales entre Venezuela y Cuba, y aseguró que “parece ser, según medios por lo general bien informados, que las medidas preventivas en relación a Venezuela, las tendrá en sus manos un eje constituido por Washington-La Habana-Brasilia».

En este escenario Cuba jugaría el papel preponderante por constituir una fuerza de ocupación organizada, contrariamente al gobierno chavista que se caracteriza por la ineficiencia, el desorden, y la incompetencia en la gestión de las tareas de un Estado.

La diplomática de un país del eje bolivariano acreditada en España suele asegurar que “quizá nunca se sepa el papel de contención que ha desempeñado La Habana con Chávez, especialmente en el conflicto con Colombia por el tema de las guerrillas y el narcotráfico”.

Mientras, un ex diplomático cubano exiliado en España y con una larga experiencia en los entresijos de la isla, aseguró que no sería descartable “un enjuague así porque Raúl [Castro] mandó para Washington al Lord (Jorge Bolaños, jefe de la Sección de Intereses de Cuba) y porque está escarmentado de una política exterior que casi siempre ha dejado aislada a La Habana, incluso en el contexto latinoamericano”.

En 1975, recordó el diplomático, muchos países de América Latina empezaron a normalizar sus relaciones con La Habana, pero Cuba no supo aprovechar esa nueva dinámica, porque su prioridad eran Angola y la Guerra Fría.

En posición ventajosa

Quizá ni siquiera Raúl Castro era consciente de la ventajosa posición que le otorgaba en el panorama venezolano la masiva y hasta intolerable penetración cubana en los asuntos claves de Venezuela, uno de los principales exportadores de petróleo del mundo. La repentina enfermedad de Chávez y la lucha soterrada por el poder que se desató entre las corrientes chavistas hicieron que La Habana, a sugerencia de Brasil, apareciera a los ojos de Obama como un probable socio al que se podía tantear en caso de crisis.

La prioridad norteamericana desde el 11 de septiembre de 2001 es su lucha contra el terrorismo islámico, a lo que se suma ahora, intentar persuadir a sus aliados israelíes de que no bombardeen Irán para destruir sus instalaciones nucleares; por tanto, Washington es el menos interesado en la inestabilidad en Venezuela.

Siempre según funcionarios brasileños y colombianos, la diplomacia norteamericana quiso dar una pequeña vuelta de tuerca antes de tantear al Palacio de la Revolución y sondeó a Colombia sobre la posibilidad de usar los buenos oficios de La Habana en el conflicto. La respuesta del Palacio de Nariño fue discreta, pero positiva, y avisó de que la fórmula podía satisfacer a todos, pues ni siquiera Raúl Castro se siente cómodo con las salidas de tono de Chávez, de quien ha tenido que soportar que lo llame “el merodeador” o decir que si los americanos invadían a Cuba, él [Chávez] no permitiría que se llevaran a Fidel Castro en un avión, dando por hecho que el ataque tendría éxito y minusvalorando al menor de los Castro.

Quizá en los exabruptos de Chávez pese su escasa educación formal y su desconocimiento interesado de las normas de cortesía internacional, más aún entre aliados, pero también es posible que le haya molestado descubrir que la interlocución antiimperialista con Raúl es menor que con Fidel Castro.

El actual gobernante cubano reveló años atrás que, desde 1994 (ojo a la fecha, que coincide con la crisis de los balseros) estableció reuniones mensuales entre militares cubanos y norteamericanos basificados en Guantánamo, lo que ha permitido maniobras conjuntas para cooperar en extinción de fuegos, salvamentos marítimos y  ante otras posibles desgracias naturales; una cita se celebra en suelo cubano y al mes siguiente dentro de la Base Naval norteamericana.

Priorizar una salida para Cuba

Por tanto, el tanteo de Obama no habría podido ser más oportuno para Raúl Castro. Porque a sus 81 años y habiendo sido el vicejefe nominal de todo el desastre heredado, su escaso tiempo biológico y político lo obligan a priorizar una salida para Cuba que evite una revuelta al estilo Primavera Árabe, un fenómeno que desvela a la gerontocracia cubana por su carácter espontáneo y rápida propagación, y que se llevó por delante a antiguos aliados como Mubarak y Gadaffi, y ahora muerde los talones de  Bashar el Assad.

Y es que la actual situación del chavismo tampoco ayuda: los más próximos a las tesis socialdemócratas ven en el canciller Nicolás Maduro la mejor opción posible para relevar a Chávez, mientras que la otra facción apoya a Adán Chávez, hermano mayor y mentor del actual presidente. Aparencialmente, Cuba apoyaría a Adán, pero La Habana no bloquearía las intenciones de Maduro de hacerse con el santo y la limosna, siempre que gane y luego muera Chávez, porque recela del “dogmatismo y el resentimiento” que suele mostrar en público y en privado, el mayor de los Chávez.

El papel de Raúl Castro, si se confirma una victoria electoral de Capriles y el eventual pacto secreto, obedece no solo a una política más realista, sino también a la necesidad de preservar el suministro energético venezolano. La crisis económica de los 90, tras la desaparición de la URSS, cogió a Cuba con sus entonces “reservas de guerra” intactas, pero eso no evitó el empobrecimiento y en los casos más críticos la hambruna. Ahora no queda ni donde amarrar la chiva, los cubanos de todas las tendencias políticas están hartos de penurias y dificultades cotidianas, y los nuevos opositores evitan la letanía propagandística castrista de ser financiados por Washington y combinan el uso de nuevas tecnologías con la búsqueda de espacios legales o promoviendo el voto en blanco o nulo con una letra D, de democracia, en las próximas elecciones para delegados del Poder Popular.

El menor de los Castro podría estar ante una oportunidad de pasar a la historia en un tono menos gris y con una menor carga negativa. Obligado por las circunstancias del empobrecimiento y dependencia crónicos en que ha contribuido a sumir a su país; en la actitud China de cobrar hasta la risa, con una sonrisa; y en la memoria rusa que acaba de filtrar un mensaje claro: Habana, Habana, tenemos un problema, que son los 25 mil millones de dólares que nos debéis de la ayuda generosa y desinteresada.

Conflicto y oportunidad

Pero todo conflicto suele ser una oportunidad, siempre que las partes desechen las lecturas ideológicas en las relaciones bilaterales y se centren en conseguir el menos malo de los acuerdos bilaterales posibles. En esta hoja de ruta, cubanos y norteamericanos atesoran una experiencia notable de 53 años en los que han bordeado la guerra en momentos puntuales, pero casi siempre han vivido como vecinos mal avenidos que se ofenden de vez en cuando, otro día se relajan, pero se asombran de lo que pudieran conseguir juntos. Aunque -hasta ahora- la probable alianza no ha podido ir a más porque los Castro pretenden casi todo, a cambio de casi nada, y la Casa Blanca, al margen del partido que gobierne, siempre machaca con esas sencillas reglas de democracia, justicia social y libre mercado.

Pero la urgencia ahora está en isla, porque se les acaba el tiempo a los dueños de la finca.

Sería imposible citar aquí todos los contactos secretos y no tan secretos entre Cuba y Estados Unidos a lo largo de estos años, pero quizá sirvan dos. Ronald Reagan, que acabó derrotando al «Imperio del mal”, fue avisado por Ramón Sánchez-Parodi Montoto, primer jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington, que la Inteligencia cubana tenía datos de un complot para asesinarlo y esos datos propiciaron detenciones en territorio estadounidense.

También en esta etapa, Alexander Haig, Secretario de Estado, y Carlos Rafael Rodríguez, miembro del Politburó a cargo de las Relaciones Internacionales, negociaron secretamente en México una posible normalización de relaciones diplomáticas. Mientras eso ocurría, una editorial cubana publicaba el libro Haig, el americano feo, una pieza antológica de la propaganda antinorteamericana.

Ya sabemos que en ese proceloso eje Washington-La Habana casi todo lo aparencial es retórica; la política real es la que no vemos, aunque podamos intuirla.

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