La sombra del Moncada en el drama de Cuba

Tal como ensombrecieron el asalto al Cuartel Moncada hace 73 años, el desespero y el embullo propician hoy que el gobierno y también su oposición fracasen en sus intentos de resolver los problemas de la nación cubana.
De la serie "Moncada" (1973), de René Mederos.

El gobierno de Cuba no consigue mejorar la economía para darse apenas mínima legitimidad, mientras que la oposición, incluyendo al exilio, no consigue pasar de la política simbólica para darse apenas un chapuzón de pueblo. Ambos bandos fracasan por no atenerse a la lógica de medio a fin, tal y como sucedió el 26 de julio de 1953 al provocar Fidel Castro el nacimiento con fórceps de ese fenómeno histórico denominado revolución cubana.

Tal como ensombrecieron el asalto al Cuartel Moncada hace 73 años, el desespero y el embullo propician hoy que el gobierno y también su oposición, con la comunidad exiliada de Miami en las filas beligerantes, fracasen en sus intentos de resolver los problemas de la nación cubana.

En conversación con el periodista franco-español Ignacio Ramonet, Castro se empecinó en que “si fuera de nuevo a organizar un plan de cómo tomar el Moncada, lo haría exactamente igual” (Biografía a dos voces, Debate, 2006, p. 126).

Breviario histórico

Sin embargo, suplan de ataque al cuartel de Santiago de Cuba resultó tan fulastre que no alcanzó la cota de racionalidad necesaria para movilizar al pueblo y derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista. Este es el apresurado prontuario de aquella aventura militar que marcó definitivamente nuestra historia reciente:

  • El desespero impidió conseguirlas armas adecuadas, parque suficiente y otros medios imprescindibles para lograr el éxito. Castro sucumbió al impaciente afán de adelantarse a una invasión que venía atribuyéndose a las banderías antibatistianas firmantes del Pacto de Montreal, el 2 de junio de 1953, y daban pábulo a reportajes sensacionalistas como “Priístas (sic) y Ortodoxos acuerdan en Montreal la insurrección” (Tiempo, 2 de junio de 1953, p. 1) y “La invasión del país XXVI: Cuba” (Bohemia, 5 de julio de 1953, pp. 62 ss).
  • Tampoco se consiguieron los walkie-talkies indispensables para mantener la comunicación entre los tres grupos planificados de asaltantes ni los recursos mínimos para prestar atención médica a los heridos.
  • La gestión de recursos financieros quedó igualmente afectada por el apremio. Castro tuvo que pagar con un cheque sin fondos la gasolina que echó al Buick 1952 en que salió de La Habana a Santiago. Ya sí por estilo sobran ejemplos, entre ellos que Oscar Alcalde “vendió su laboratorio de productos farmacéuticos”, según La Historia me absolverá (1954), pero en realidad no era el dueño, sino empleado del Laboratorio Thion, propiedad del Dr. Filiberto Ramírez-Corría, a quien Alcalde sobregiró par de cuentas y embarajó un préstamo, amén de alzarse con los fondos de la Logia Padilla, de la cual era tesorero.
  • Por trajines apresurados sin debida coordinación, los grupos de Rancho Boyeros y Santiago de las Vegas quedaron fuera de la acción combativa.
  • El embullo propició a su vez que Castro se lanzara el asalto sin ningún plan de contingencia, ni siquiera de cómo llevar a cabo una eventual retirada.
  • También contribuyó a que Castro planificaraque sus comandos, disfrazados de sargentos, entraran al Moncada de madrugada por la Posta 3 y llamaran así la atención inmediata de la guarnición, pues el único acceso autorizado a esas horas era por la Posta 2, en la entrada principal.
  • Castro pretendía simular la revolución de los sargentos de 1933 y causar confusión entre los militares, pero las tallas inapropiadas de los uniformes y otras desviaciones del orden reglamentario, como cintos y zapatos corrientes, fueron advertidos enseguida por el cabo de ronda Isidro Izquierdo, quien acertó a pulsar el botón de alarma antes de caer abatido.
  • La confusión sobrevino más bien entre los asaltantes: Gustavo Arcos, Reinaldo Benítez, Abelardo Crespo y José Ponce fueron heridos por fuego amigo.
  • Renato Guitart había dibujado un plano del cuartel, pero como no precisó que la puerta del arsenal estaba en la planta baja detrás de la escalera, los comandos subieron por ella y entraron a la barbería en vez de al arsenal.
  • Léster Rodríguez inspeccionó con antelación el Palacio de Justicia, pero sin subir a la azotea. A la hora de la verdad, su grupo de apoyo se topó con que un muro de cinco pies de alto impedía prácticamente hacer fuego contra el cuartel.
  • La elección misma del Palacio de Justicia como punto de apoyo pasó por alto que la mejor opción era el edificio de apartamentos con vista directa al polígono del cuartel y a las barracas.
  • Antes de que salieran en caravana desde la Granjita Siboney hacia el Moncada, Castro embulló a los asaltantes con que Luis Conte Agüero largaría por radio arenga de insurrección popular y que tanto soldados dentro del cuartel como pilotos de la fuerza aérea prestarían apoyo. No hubo tal apoyo ni arenga y los santiagueros terminarían creyendo que el tiroteo en el cuartel traía su causa de un altercado entre soldados.
  • Al llegar al Moncada en el segundo auto de la caravana de asalto, Castro se topó con dos guardias de recorrido, a quienes no había contemplado en su plan, y se embulló tanto que optó por tirarles el carro encima para capturarlos, en vez de seguir andando y entrar por la Posta 3.
  • Al descender Castro del auto, pistola en mano, quienes venían detrás se desplegaron creyendo que ya estaban en el cuartel, en vez de atascados en la calle Moncada, entre el Hospital Militar y dos bloques de viviendas para militares. Así, el combate que tenía que darse dentro tuvo lugar fuera del cuartel.

Pasado vigente

Por ironía histórica, las acciones del gobierno en la economía y de la oposición en política suelen darse fuera de aquella y ésta por simple irracionalidad.

Hace más de cien años que Ludwig von Mises demostró que el socialismo suprime la racionalidad económica y con ella, la economía misma: el cálculo de los costos y de los precios se torna imposible sin libre cambio de mercado. No obstante, casi siete décadas de crisis recurrentes en Cuba no bastan para que la élite gobernante acabe reconociendo que Mises tenía razón y que el mercado sobrepuja de modo aplastante a la llamada planificación socialista.

El desespero por dar con tal o cual coartada a medidas económicas fracasadas y el embullo con cualquier acción trompeteada como estrategia de mejora surte el efecto perverso de empeorar la situación.

A su vez, el desespero de la oposición, incluso del exilio, porque el régimen se caiga y el embullo con que tiene que caerse conducen a una suerte de política mediática casi completa y felizmente inmune a la realidad.

Tanto las tánganas y caravanas con sus eslóganes como la retórica en los medios y las redes sociales promueven democracia protestataria antes que razonante. La realidad se complica, pero las mentes se simplifican. Donde no caben más que compromisos se pretende embullar con soluciones terminantes derivadas de decisiones apresuradas y hasta desesperadas.

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