Por Norge Espinosa Mendoza
Fui a la Nave Oficio de Isla para poder ver el unipersonal que crearon Monse Duany y Osvaldo Doimeadiós como tributo a Juana Bacallao (1925-2024), nuestra última excéntrica musical, en recordación de su centenario. Su estreno ocurrió el pasado 7 de noviembre en la sala del Museo Nacional de Bellas Artes, y esta nueva presentación, con la bahía como fondo, nos hace reclamar más oportunidades para aplaudir el empeño.
El Nombre de Juana, que así se llama la pieza, es por suerte algo más que un simple recordatorio acerca de esa fecha y la figura de la Bacallao. La conjunción del proyecto Mujeres Fuente de Creación, y La Nave permiten que una actriz amplíe sus tributos a otras grandes presencias femeninas a las que ya se ha acercado (personajes como María Antonia, o cantantes como La Lupe) para discutir otra vez cuestiones de género, raza, tabúes y resistencia. Juana Bacallao, aquella sirvienta doméstica que logró su sueño de llegar a los escenarios, logró algo más: convertirse en parte del imaginario colectivo en nuestro país.
Sin más armas que su carisma, su ingenio y su desfachatez, y ese personaje que viene del tema de Obdulio Morales que la rebautizó, y le sirvió de máscara permanente a Neris Amelia Martínez Salazar, la mujer que también detrás de esa imagen de pelucas, lentejuelas y frases inesperadas y chispeantes, vivía el otro lado de ese libreto. Y cuando digo máscara no quiero decir imagen congelada: Juana era la Bacallao en ese rejuego donde la realidad y el cabaret se confundían, y ganaban otra dimensión en lo que ella más respetaba: el cariño de ese público que la reconocía más allá de sus apariciones en escena. Porque a su modo ella fue parte de la alegría de la Isla, y merecía algo más (como aquí se recuerda) que un entierro y una despedida que no estuvo a la altura de lo que ella nos entregó.


En el centro de todo esto se encuentra Monse Duany, en una caracterización notable que da fe de su compromiso con esa idea fundamental: recordarnos que Juana y Neris Amelia merecen un retrato que no que se limite a la caricatura. Es un trabajo de doble filo, y que Monse y Doimeadiós resuelven desde la contención, liberándose del peligro de caer en los extremos y en la simple repetición de algunas anécdotas y frases de la incombustible diva de las noches habaneras. Esa es una virtud primordial de El Nombre de Juana, y la actriz pasa por varios momentos en los que su retrato de la Bacallao se hace conmovedor y restallante, sin negar espacio en ello para que desde esa imagen pensemos en la Cuba que Juana Bacallao representaba, y que puede irse disolviendo en la desmemoria que incluso a alguien como ella puede consumir.

En varios instantes de la puesta, esa verdad y esa señal de alerta son estremecedores. La puesta puede aún afinar algunos de sus recursos, pero el texto y la presencia de la actriz ya lo defienden, logrando una relación con los espectadores que al tiempo que rescata a la Bacallao, la trae al presente con temas y con interrogantes que la salvan de quedar incluso como el homenaje que ella debió haber recibido en su tiempo de vida.
En algún momento la actriz que es Monse y la figura de Juana se entrecruzan, para recordarnos que acaso la gran estrella es Cuba (nombrada así por Cristóbal Colón) y que a través de estos aplausos estamos pensando en ella desde lo que esta mujer nos ofrecía, en un instante tan duro, donde no está ya físicamente, pero nos acompaña desde algo que no es nostalgia ni pasado, sino la necesidad de que la vida se nos explique como un batallar y un sentido del gozo sin el cual, verdaderamente, no es vida sino sobrevivencia. El cubano, Lo Cubano, ha resistido también gracias al humor sus muchas tragedias. Y de eso, sin dudas, también se habla en El Nombre de Juana.
Hubo una vez una mujer pequeña, menuda, no precisamente hermosa, pero dueña de una capacidad tremenda para subir todo a color rojo fuego, como el vestido que ahora luce Monse Duany. Aquella «negrita flaca y fea» se convirtió en Juana Bacallao, y en algún momento de su fama, en Juana La Cubana. Sonríe en una foto junto a Bola de Nieve, Benny Moré, Rosita Fornés o Celia Cruz. Se acercaba al micrófono y cantaba en un inglés que era únicamente suyo su versión de We Are The World o improvisaba un bolero cargado de su propia idea de la vida. Terminada la función, volvía a ser Neris Amelia. O contaba anécdotas que Lázaro Caballero rescata en ese libro que sirve de punto de partida a este espectáculo y otros tributos.
A esa mujer de vida doble, de muchas vidas, despojada de esas pelucas que eran sus coronas de reina nocturna, también podemos descubrirla en este espectáculo. Vale agradecer a Monse Duany y a Osvaldo Doimeadiós por recordarnos que el nombre de Juana es un fragmento de ese espejo que también es Cuba. Y que estas últimas flores que ellos añaden en su honor abren otra manera de evocarla, de honrarla. Y sobre todo, de conmovernos y reír, pese a todo, gracias a ella.