Por Carolina Barrero*
Saily González ha enfrentado muchos actos de repudio en su vida.
El primero fue en Cuba, frente a la casa de su madre en Santa Clara, la víspera de la Marcha Cívica por el Cambio. El más reciente, en redes sociales, tras su participación en la protesta del 14 de junio en Washington DC. Ambos repudios, aunque distintos en forma, rechazan lo mismo: el derecho de toda persona a manifestarse pacíficamente.
Se puede discrepar, y es natural hacerlo. Se puede no entender los motivos de una protesta, o incluso entenderlos y estar en desacuerdo. Lo que no se puede hacer, sin comprometer los cimientos de la democracia, es negar el derecho a la protesta pacífica. Ese derecho es lo que permite a la ciudadanía fiscalizar el poder, exigir cambios y construir un futuro común.
A Saily le han gritado de todo. En Cuba, la llamaron «mercenaria capitalista». Hoy, desde otros extremos, la acusan de «comunista». Ambas etiquetas falsas son producto de la ceguera de militancias políticas que entienden el mundo en formas opuestas.
El tema es que el pensamiento de Saily no milita: su ética está basada en lo humano, desde donde nacen unas posturas que no están codificadas para cuadrar dentro de una tribu determinada, sino que están vivas, en constante evolución, con el único compromiso de fortalecer la dignidad humana.

En todos nuestros encuentros y conversaciones, y en su amistad que tanto aprecio, no he visto más que a una mujer íntegra, comprometida, y curiosa, siempre reverberando e imaginando una Cuba próspera y libre. Demasiado a la izquierda para la derecha, demasiado a la derecha para la izquierda.
En un mundo polarizado, esa es la condena de los moderados. Pero también el lugar donde se libran las batallas necesarias. El lugar de los valientes. Y quizás su mayor aporte.
*Historiadora del arte y activista de derechos humanos. Directora ejecutiva de la organización Ciudadanía y Libertad, dedicada a la defensa de los derechos civiles y políticos en Cuba.