Díaz-Canel: Un tuitazo de exclusión cubana

Junto a Raúl Castro, el presidente tuitero, Miguel Díaz-Canel.

Por Wilfredo Cancio Isla

El presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha dado una excelsa prueba de continuidad en vísperas del fin de 2018, el año en que lo encasquetaron en el poder por designación y voluntad de los que desgobiernan el país hace seis décadas.

Es decir, de excelsa continuidad castrista. Un acto nada inocente tras su velada familiar viendo la película «Inocencia», de mi querido amigo de estudios universitarios Alejandro Gil. Pues sí, Díaz-Canel continúa en el despótico camino de los dueños del guiñol criollo. Quienes no se someten con obediencia a su dictado, ideología, forma de ver el mundo, partido único y visión estrecha de cubanía son «mal nacidos».

Lo acaba de poner el Twitter el flamante presidente: «No olvidemos jamás que así como abundan los héroes, no faltan los mal nacidos por error en Cuba, que pueden ser peores que el enemigo que la ataca».

No puede haber nada más zahiriente y despectivo hacia sus compatriotas, sean del signo que sean, de la ideología que profesen o de la religión que comulguen, que este calificativo. Somos mal nacidos todos los que no seguimos el camino que Ellos, los elegidos por ellos mismos, han trazado como benefactores impuestos de la Patria.

Es más de lo mismo. Antes, el difunto Fidel Castro y toda su pandilla, cuando Díaz-Canel no era aún pionero comunista, gritaron gusanos a los desafectos. Los compulsaron a irse por Camarioca y luego por el Mariel, llamándolos escoria.

Gusanos, escorias, desertores, traidores, fulleros, partes blandas de la sociedad, mal nacidos… Esa es la estrategia de definición desde el poder totalitario. Así ven a los diferentes, a los que no se les someten, a los que tienen el valor de quitarse el disfraz y desafiarles. O simplemente de apartarse de la comparsa de fieles.

Eso es lamentablemente Cuba. Una finca de capataces que insultan y humillan a los siervos de la gleba, un territorio del discurso medieval en pleno siglo XXI. Sin más garantías legales que las que los amos puedan otorgarles.

Triste escenario de indignidad donde el nuevo monigote parlante reclama héroes y carneros en lugar de ciudadanos pensantes.

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