Desapolillando archivos: los canales secretos Cuba-EEUU y la política de la fanfarria

LibroCubaUSA-displayPor Miguel Fernández Díaz

Ya pasaron los tiempos en que The New York Times reportaba con antelación que exiliados anticastristas se aprestaban a invadir a Cuba y el presidente John F. Kennedy comentaba que así Fidel Castro no necesitaba espías, sino leer los periódicos. Hoy día se puede dormir a pierna suelta en la Casa Blanca gracias a la ausencia de periodismo, abrumados por cansados reportes sobre un libro de historia y por titulares en primera plana como este: “Raúl Castro propuso a Obama un canal de comunicación secreto”.

La noticia sería más bien que Obama considera innecesario andar por ese camino trillado que el director de los Archivos de Seguridad Nacional, Peter Kornbluh, y el profesor de la Universidad Americana William LeoGrande, presentan con aura de revelación en su libro Back Channel to Cuba (Imprenta de la Universidad de Carolina del Norte, 2014, 544 páginas).

Todavía pasa que los autores pregonen como revelaciones tales o cuales episodios contados hace rato por historiadores y periodistas. Hay que vender el libro. Lo que no puede tragarse es que un periódico como El Nuevo Herald rebaje sus reportajes al repique de las campanas que Kornbluh y LeoGrande tocan en su “historia secreta” de las negociaciones entre Washington y La Habana.

Fuera de juego

Kornbluh se jactó de que los lectores se sorprenderían al descubrir que “los cubanos se han comunicado con cada nuevo presidente hacia el comienzo de su mandato para explorar si sería posible mejorar las relaciones, incluyendo a aquellos de línea dura como Richard Nixon y Ronald Reagan”.

En vez de criticar este alarde, la campaña promocional que ha rodeado al libro con la mirada complaciente de reporteros y comentaristas de medios miamenses y nacionales ha tomado pábulo en la reunión secreta entre el Secretario de Estado Alexander Haig y Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente del gobierno de Fidel Castro, la cual tuvo lugar en Ciudad México el 23 de noviembre de 1981 y que el propio Reagan reveló por televisión en CBS News, el 27 de enero de 1982. No hay sorpresa que dure una treintena de años.

Más sorprendente aún resulta este pasaje reporteril: “El gobierno cubano ofreció al gobierno de Reagan buscar una solución política al tema de las guerrillas en Centroamérica y utilizó al presidente mexicano José López Portillo para enviar el mensaje”. La transcripción del encuentro Haig-Rodríguez está disponible en el archivo digital del Wilson Center y el propio Rodríguez aclara de entrada: When the government of Mexico communicated this suggestion to us, we immediately expressed our agreement.

Esta laguna de investigación no sorprende, porque el mismo pasaje revela que no se sabe por quién doblan las campañas: “Las conversaciones secretas se mantuvieron incluso (sic) en momentos de gran tensión”. Justamente en esos momentos se precisan canales y conversaciones secretos por imperativos lógicos e históricos de la Guerra Fría, que hacia 1981 desembocaba en su contexto más amenazador desde la Crisis de Octubre de 1962.

Lecciones aleccionadoras

Amén de pregonar su archivo, Kornbluh tiene marcado interés en sacarle lecciones para traerlas por los pelos y sostener así su agenda política, centrada en aliviar el embargo con órdenes presidenciales y canjear a Alan Gross por los tres espías de la Red Avispa que aún permanecen presos. Por cierto, Kornbluh visitó a Gross en la cárcel en el 2011 sin norma reglamentaria de la Dirección de Establecimientos Penintenciarios del MININT que lo justificara.

Los reportes periodísticos que por estos días catapultan a Back Channel to Cuba como el eslabón perdido entre Washington y La Habana están perdiendo la oportunidad de repasar otras lecciones, acaso más enjundiosas en su vínculo con las negociaciones secretas entre la Casa Blanca y Punto Cero, como la intolerancia de Castro hacia las soluciones del diferendo Cuba-EEUU que contradecían la estrategia geopolítica del campo socialista o la hipocresía de Washington al predicar apoyo al exilio y actuar sobre la base de estrechos intereses, como la retirada de las tropas cubanas del África y el cese del respaldo de Castro a los independentistas puertorriqueños, para normalizar las relaciones bilaterales.

El repaso de estas y otras lecciones de la “historia secreta” no viene bien a la clave que Kornbluh da a la Casa Blanca para avanzar en las negociaciones: “Tomar una acción unilateral positiva y luego sugerir a funcionarios cubanos qué pasos podrían dar que serían vistos de modo favorable por Washington”.

Tríada estratégica

El libro de Kornbluh-LeoGrande se presentará este sábado en una actividad privada en Miami. Prácticamente los autores saldrán de esta presentación para el aeropuerto rumbo a La Habana, pues el próximo lunes 13 de octubre tienen programado discutirlo en la sede de la UNEAC, junto con la segunda edición de otro volumen en el que Elier Ramírez y Esteban Morales discurren De la confrontación a los intentos de “normalización” (Editorial Ciencias Sociales, 2011, 396 páginas).

Resulta muy oportuno el acto de la UNEAC, tanto como el libro. El puente está tendido, hace tiempo que está tendido, nos dicen los autores. Por lo tanto, las preguntas están sobre la mesa: ¿Por qué no negociar entonces abiertamente lo que lleva discutiéndose tras el telón por los últimos 55 años? ¿ Por qué no aprovechar este rapport inveterado para acabar de soltar a los tres espías, liberar a Gross y allanar el camino para pasar del estrechón de manos de siete segundos entre Obama y Raúl Castro en Sudáfrica al abrazo en la Cumbre de las Américas de Panamá, sin prisa pero sin pausa, en abril del 2015? ¿O es que tendremos que esperar mucho aún para «la hora final de Castro»?

Back Channel to Cuba se lanzó el primero de octubre en Nueva York. Kornbluh largó una conferencia de prensa en el Hotel Pierre, donde según su archivo se llevó a cabo -hacia julio de 1975- la “primera reunión oficial secreta” con ánimo de normalizar las relaciones.

Kornbluh tañó la campaña de que el 25 de febrero de 1976, al filo de la incursión de las tropas cubanas en Angola, el Secretario de Estado Henry Kissinger comentó al Presidente Gerald Ford: “Tendremos que aplastar a Castro [aunque] probablemente no podremos hacerlo antes de las elecciones”. La cosa seguiría con “quebrar a los cubanos [y] humillarlos” para desembocar en planes de contingencia que incluían desde bombardear hasta invadir.

Desde La Habana, el coronel (retirado) Néstor García Iturbe, ex spymaster en la misión cubana ante la ONU, agarró enseguida el badajo para resonar con que “no teníamos idea de que Kissinger estaba proponiéndole [a Ford] que arrasara con la Isla”. Y como todo se aplazaba para después de las elecciones de noviembre, García Iturbe empalmó a Kissinger con Orlando Bosch y Luis Posada Carriles: “Washington optó por utilizar a terroristas subcontratados por la CIA para tratar de humillar a la Isla”.

En vez de bombardeos, bombazos, aunque Kornbluh no haya extraído aún de su archivo un solo documento que justifique la tesis de Castro sobre la voladura del avión cubano en Barbados: “Detrás de estos hechos, está la CIA.”

El peso de la historia

García Iturbe no sabría qué conversaban Kissinger y Ford, pero sí tenía que saber que, como consecuencia de la intervención de Cuba en la guerra civil de Angola, Washington elaboraría duros planes de contigencia. Esto era sabido en La Habana y Moscú desde que el compañero que atendía a Agostino Neto por la KGB, Oleg Nazhestkin, voló de Brazaville a Luanda el 2 de noviembre de 1975 con el mensaje de que la Unión Soviética reconocería y apoyaría al gobierno del MPLA.

Kissinger bravuconeaba, porque su propio  subecretario para Asuntos Africanos, Nathaniel Davis, había renunciado ya por discrepar con la operación encubierta de la CIA para respaldar al FNLA y UNITA contra MPLA. El 13 de diciembre de 1975, The New York Times humilló a la CIA poniendo al desnudo esta operación [codificada IA Feature]. El 27 de enero de 1976, el Congreso aplastó a la Casa Blanca con la Enmienda Clark, que prohibió el apoyo militar o paramilitar a las facciones angolanas beligerantes y pasó a la historia como la primera vez que un presidente de EE. UU. se vio forzado a cancelar una operación encubierta en el exterior con la cual se había comprometido personalmente.

Se agradece a Kornbluh-LeoGrande documentar más de medio siglo de conversaciones entre Washington y La Habana, incluso con notas inéditas, pero sorprende que el periodismo a la zaga siga inventando noticias y espetando titulares para captar la atención sobre la base del asombro que puede esperarse ya solo entre lectores tan despistados como, por ejemplo, el embajador suizo Peter Burkhard.

Al presentar sus cartas credenciales al vice Juan Almeida hacia febrero del 2009, Burkhard declaró “su mejor voluntad de servir de canal para que Cuba y EE. UU. se comunicaran mejor”. Almeida simplemente repuso: We already have a channel.

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