Cuba, la guerra del tiempo

Una esquina habanera. Foto: Héctor Delgado
Una esquina habanera. Foto: Héctor Delgado
Por Leonardo Padura

Alejo Carpentier dedicó una parte considerable de su obra a reflexionar sobre el tiempo. Las manifestaciones más diversas del transcurrir temporal, su desarrollo a veces cíclico, en ocasiones repetitivo, incluso su devenir invertido, fueron cuestiones sobre las que reflexionó desde su narrativa, con la profundidad filosófica que caracterizó toda su obra. En el año 1958, reunió incluso una novela (El acoso) y tres relatos (“Semejante a la noche”, “El camino de Santiago” y “Viaje a la semilla”) en un único volumen, al cual tituló Guerra del tiempo.

Mientras escribo sobre la obsesión con lo temporal del gran novelista cubano, caigo en cuenta de que hacía mucho tiempo (y me refiero a ese tiempo más pedestre del que hablamos para referirnos a un lapso transcurrido entre dos eventos) no escribía una de mis crónicas a mano. Ahora lo estoy haciendo…

En mis inicios como periodista, allá por los albores de los años 1980, tenía la rutina de escribir a mano la primera versión de mis trabajos, para luego pasarlos en limpio en la máquina de escribir y hacer mejor las correcciones necesarias antes de un último “pase en limpio”. Unos años después, cuando ingresé en la redacción del vespertino Juventud Rebelde, comencé a desechar aquel paso primitivo y aprendí a redactar escribiendo directamente a máquina. Gracias a ese entrenamiento, cuando años después tuve una computadora (1991), pude prescindir casi por completo de la escritura a mano y ganar mucho tiempo (minutos, horas de un día y de muchos días) escribiendo directamente sobre la pantalla del ordenador. La clave de esa evolución, su gran ventaja, estuvo precisamente ahí: significaba una notable ganancia de tiempo de trabajo.

Un «apagón técnico»

La desventaja del método moderno, dependiente de la tecnología, puedo constatarla ahora mientras escribo a mano la primera versión de esta crónica. Porque el gran problema es que las computadoras son equipos eléctricos cuyo funcionamiento depende, ante todo, del suministro de esa energía que mueve al mundo contemporáneo. Pero sucede que hoy, en mi barrio, tenemos -llámenoslo así- “apagón técnico”, pues se están haciendo otra vez unas reparaciones en el sistema. Gracias a esas reparaciones, en mi zona padecemos, más o menos una vez por semana, un corte de electricidad que en mi caso implica la pérdida, a veces total, de un día de trabajo.

Lo alarmante, y lo que me pone a escribir esta crónica con el método seguro de los años de aprendizaje, es que por cuarto día casi consecutivo mi tiempo de trabajo se ve reducido por cuestiones técnicas. Dos días de la semana anterior debí gastar una parte de la mañana tratando de realizar un trámite bancario imposible de realizar porque “estaba caído el sistema”. Tres días después, resuelto al fin el trámite en cuestión, me encontré con otro “sistema caído” cuando me desplacé desde mi casa -Mantilla- hasta las nuevas sedes municipales del Carnet de Identidad y Registro de Población, ahora ubicadas en el reparto El Capri, con la ilusa intención de renovar mi documento de identidad.

Para llegar a ese fracaso -que se repetiría dos días después, cuando el “sistema estaba muy lento”- pasé por otra coyuntura en la que debí invertir de manera insulsa una parte de mi tiempo vital y laboral: la compra de un sello en la oficina de correos de mi barrio, donde una sola empleada atiende a todos los clientes -telegramas, giros, cobros, sellos-, mientras otras dos trabajadoras se dedican, en el portal de la oficina, a la venta de postales de felicitación a un ritmo -así lo pude comprobar- de un cliente atendido cada 23 minutos…

Las situaciones antes descritas se multiplican en la vida cotidiana de todos y cada uno de los cubanos que vivimos en el mundo “normal”. Y si califico mi mundo, nuestro mundo, con tan rampante adjetivo, es porque seguramente habrá un porciento ínfimo pero decisivo de cubanos que no habitan en ese universo “normal”, pues no tienen necesidad de realizar trámites bancarios, legales, burocráticos que a todos los otros nos exige la cotidianidad nacional. Y, además, no deben sufrir cortes eléctricos, ni siquiera por razones “técnicas”.

Pérdida irreparable

Dos cuestiones se hacen evidente en ese ritmo entrecortado y difícil del transcurrir diario, donde el valor del tiempo parece haber perdido sus medidas más elementales.

Por un lado, que existen personas (muchas personas en este caso) para las cuales el paso y empleo del tiempo tienen connotaciones diferentes a las que tienen para mí y otras personas como yo. El tiempo es, para nosotros, un valor inapreciable en tanto constituye la dimensión en la que realizamos nuestro trabajo y, como suele ocurrir, por lo general nunca no es suficientemente dilatado. Para los otros, habitantes de un planeta paralelo, el tiempo es solo transcurrir de horas en las que, si se hace poco, está muy bien, y si no se hace nada, pues mucho mejor. (Mientras esperaba a que se restableciera o no el sistema, en el banco y en la oficina del Carnet de Identidad, me puse a leer un libro, pues así aprovechaba en algo mi tiempo de espera forzada. En ambos sitios yo era el único que leía).

La otra cuestión sería pretender el imposible y desquiciado ejercicio de contar el tiempo que cada ciudadano “normal” del país invierte de su tiempo vital y laboral en realizar gestiones y trámites necesarios o superfluos que, en la isla, se convierten en un engorro por falta de organización, recursos, medios técnicos, voluntad de hacer la vida más fácil.

En Cuba parece que vivimos en una guerra del tiempo que se desarrolla en una dimensión que se le escapó considerar a Carpentier y que tampoco se imaginó Proust mientras hacía que su personaje mordiera una magdalena capaz de despertar unos sentidos que lo impulsaron a hurgar en busca del tiempo perdido.

Lo que vivimos los cubanos “normales” es mucho más vulgar pero esencial, pues se trata de una pérdida irreparable, que se concreta cada día, pues es generada por las formas de entender la sociedad concebidas por personas cuya misión parece ser la de organizar cuando, al fin de la cadena, lo que más hacen es martirizar con esquemas, métodos, presuntas soluciones que forman parte de la estructura de un sistema con alarmante tendencia a las caídas.

*Tomado de La Esquina de Padura. Este artículo se publica en CaféFuerte con la autorización de su autor.

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