Conrado Marrero: Si me firmaran ahora me gustaría jugar con los Marlins

Conrado Marrero, un día después de cumplir 101 años
Conrado Marrero, un día después de cumplir 101 años
Por José Antonio Michelena

LA HABANA.- Un día después de cumplir 101, Conrado Marrero dice tener un año, un chiste que solo se le puede ocurrir al más longevo de los ex Grandes Ligas, la mayor leyenda del béisbol cubano, alguien que siempre te sorprende con un lanzamiento inesperado.

«Yo nací ahora», me dijo El Premier cuando lo visité el 26 de abril para felicitarlo por su nuevo cumpleaños y, por supuesto, para hablar de béisbol, la galaxia donde gira su vida que parece ser eterna.

Junto a su nieto Rogelio tuvimos una charla tripartita que, como suele suceder con Marrero, es un viaje por el tiempo con desplazamientos hacia diferentes espacios (léase estadios): La Tropical, El Cerro, Yankee Stadium, Griffith Stadium…

La primera escala del periplo fue la actual Serie Nacional de Béisbol en Cuba, la cual Marrero sigue a través de la radio porque desde hace varios años está privado de la vista. Cuando lo provocamos para que diera algún favorito para ganar el campeonato, no lo hizo, dando prueba de su lucidez porque en esta temporada ni Nostradamus puede ofrecer un pronóstico confiable.

En un repaso de las figuras que se han destacado en esta serie, Marrero se refirió a Alfredo Despaigne y a José Dariel Abreu. También hablamos de su propia labor con el pitcher granmense Ciro Silvino Licea y dijo haber conocido a Despaigne cuando este era un niño de 10 años que lo impresionó por el swin. «Que buen swin tiene este muchacho. La bola le va a caminar», recuerda que comentó.

Recorriendo La Tropical

Después nos fuimos al año 1946, cuando El Guajiro de Laberinto ingresó al profesionalismo a la edad de 35 años. Justamente en la temporada 1946-1947 se produce un cisma en el béisbol profesional de la isla por una guerra de intereses, y Marrero debutó en la efímera Liga de la Confederación, en el estadio de La Tropical.

Pero los inicios de Marrero como profesional, en 1946, no fueron en Cuba, sino en México, donde lanzó en exceso con Los Indios de Juárez. Ese propio año jugó en La Tropical con el club Oriente, que dirigía Fermín Guerra, y también aquí pitcheó bastante: «Fermín me puso cinco días seguidos en una semana», nos dijo.

En el propio conjunto de Oriente militaba el pelotero estadounidense Raymond Talúa Dandridge -Hall de la Fama-, quien, según El Premier, «cuando estábamos con ventaja, le decía a Fermín: pon a Marrero, pon a Marrero».

Marrero nos confesó que su equipo predilecto era el Habana, y su ídolo, Miguel Ángel González, uno de los patriarcas del béisbol cubano: «Miguel Ángel era mi dios y yo simpatizaba con los equipos donde él estaba».

Marrero en la celebración de su centenario.
Marrero en la celebración de su centenario.
Por tanto, Marrero hubiera querido debutar con los leones rojos del Habana, dirigidos por Mike. Allí jugaba también su amigo Pedro Natilla Jiménez, el cual quiso ayudarlo al respecto.

«Yo fui un día a saludar a Natilla al dogout y él le dijo a Miguel Ángel: Mira Miguel, firma a Marrero para que juegue con nosotros; entonces él dijo: Mañana, mañana hablamos, pero al otro día volví y no me dijo nada y yo me fui a jugar a México», recordó Marrero.

De manera que en lugar de pitchear para el Habana, Marrero terminó lanzando para su eterno rival, el Almendares, en la histórica temporada 1946-1947, cuando los azules de Adolfo Luque les arrebataron el campeonato a los rojos en los últimos juegos, apoyados en el brazo de Max Lanier.

Dice Marrero que antes de marcharse para su país, luego de lanzar su último partido, Lanier le regaló su camiseta de los Cardenales, la cual le trajo tanta suerte que nunca se la quitaba. En la temporada siguiente (1947-48) el Premier ganó 12 juegos para el Almendares, incluyendo ocho lechadas, y solo perdió dos desafíos, ambos con el Habana.

Impresionado por su invencibilidad, Sungo Carreras le dijo a Marrero que él era un brujo y este le contestó que la brujería estaba en la camiseta de Max Lanier. La broma continuaba cuando Marrero lo amenazaba con tirársela y Sungo huía atemorizado.

El recorrido nos lleva ahora hacia Las Mayores, por los años en que Marrero militó en los Senadores de Washington (1950-1954), y especialmente a los juegos que lanzó contra los Yankees.

El pitcher soy yo

Su memoria registra la ocasión en que el manager de los Senadores lo llamó para decirle que el pitcher que debía abrir el juego de ese día contra los de Nueva York se había enfermado, y le guiñó un ojo, dándole a entender que tenía miedo. A esas alturas de su carrera, el Guajiro de Laberinto ya estaba de vuelta de todo, y con el sentido del humor que lo acompañaba contestó al mánager: «No chico, el pitcher soy yo».

Marrero no nos precisó cuál de los juegos que abrió contra los Yankees fue aquel, pero pudo ser el que disputaron el 18 de abril de 1952, ante un Yankee Stadium repleto para ver lanzar y ganar a Allie Reynolds.

Sin embargo, no fue Reynolds el vencedor. Marrero lanzó ese juego completo y espació los ocho hits que le conectaron entre Rizzuto, Wooding y Coleman para fabricarle una solitaria carrera en el sexto episodio. Washington bateó la misma cantidad de hits, pero anotó dos carreras más.

El Premier rememora la tremenda velocidad que traía la recta de Reynolds y dice, «yo me ponía en el aire para batearle».

Cuando le preguntamos al Premier con qué conjunto de Grandes Ligas simpatizaban más los cubanos de aquella época, nos dijo que Cincinnati porque fue el club de Adolfo Luque.

Me gustaría jugar en la Florida

A la interrogante de cuál equipo de la Gran Carpa elegiría, su tuviera que ser firmado ahora, Marrero contestó que «con los Marlins o el Tampa, pues le gustaría jugar en la Florida».

Marrero aguarda aún por la pensión que le debe la Asociación de Jugadores de Grandes Ligas (MLBPA), según acuerdo de abril del 2011. El dinero está ya asignado, pero hay algunas dificultades que aún deben resolverse para el envío a Cuba. El retiro es retroactivo a partir de los 62 años. 

Puede parecer absurdo, por obvio, preguntarle a Marrero qué le gustaría ser en una nueva vida. Esta fue su respuesta: «Si naciera de nuevo me gustaría ser lo que yo pudiera ser, pero si puedo escoger, quisiera ser pelotero».

Marrero está ciego, hay que hablarle muy alto para que oiga y depende de una silla de ruedas para trasladarse después de la operación por la fractura de cadera que sufrió el pasado julio. Pero cuando le pregunté cómo se sentía, solo se quejó de algunos dolores en las piernas. Al parece lo que más lamenta es no poder ver.

«Si tuviera vista pudiera hacer una película», me dijo.

Al despedirme, me tendió la mano derecha y apretó la mía con una fortaleza tal como si estuviera haciendo un agarre para lanzar. Acto seguido me presionó con la izquierda, igualmente fuerte; parece que también puede empuñar un bate si es necesario. Después Rogelio lo llevó a su cuarto, le prendió el radio y El Premier se sumergió en uno de los juegos que transmitían esa tarde.

Su vida sigue girando en el sistema Béisbol. Tal vez sea eterna.

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