El ilusionismo político del exilio va dejando atrás el gastado pregón de la transición pacífica por obra y gracia de los propios cubanos, para entonar la intervención americana como la madre de las soluciones.
Al filo de los apretones de Donald Trump para resolver la cuestión cubana, conviene recordar un crucial memorando en que el bando de Jimmy Carter reconoció a Cuba como país minúsculo que causa problemas sin que Estados Unidos sepa cómo ganarse al pueblo para cambiar el régimen totalitario de filiación comunista.
Pero los flamantes analistas y sesudos del caso cubano no quieren ir casi nunca a la Historia, mucho menos a los memorandos, imbuidos del designio de que la fruta está ya madura y… ya viene llegando.
A tono con este espíritu de los tiempos, The Miami Herald sacó el pasado 6 de agosto a un tal Marc Polymeropoulos a efecto de reportar, a la zaga de The New York Times, y como escalada significativa de la administración Trump para forzar cambios económicos y políticos en Cuba, que la CIA tenía ya un grupo operativo secreto (sic) allanando el camino a las acciones militares y operaciones de influencia enfiladas a cambiar el régimen.
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Tras servir por más de 25 años en la CIA y siendo lugarteniente de operaciones clandestinas en Europa y Eurasia, Polymeropoulos se retiró en 2019 por migrañas persistentes que atribuyó a otro avatar del Síndrome de La Habana durante su breve paso por Moscú en diciembre de 2017.

Foto: NPR-WLRN
Polymeropoulos redactó junto con Michael Morell, exdirector interino de la CIA, aquella carta pública en que ciertos correos electrónicos de la “laptop infernal” de Hunter Biden fueron tachados de guardar «todas las características clásicas de una operación de (des)información rusa». Al ser entrevistado por el Senado en abril de 2023, echó pa’lante a Morell con que le había dicho que «alguien del mundillo de Biden pidió tal carta».
Ahora Polymeropoulos vino al Miami Herald para confirmar el dictamen de JFK en aquellos tiempos de igual desenchuche, pero mucha más seriedad, con respecto al cambio de régimen en Cuba.
Al publicarse en The New York Times, diez días antes de la invasión por Bahía de Cochinos, en abril de 1961, el reportaje de Tad Szulc «Unidades anticastristas se entrenan en bases de la Florida para combatir», Kennedy exclamó: “Castro no necesita espías en Estados Unidos; solo tiene que leer los periódicos”.
Una broma colosal
Hoy en día un grupo especial de la CIA, que se trumpetea como secreto por los periódicos, torna sospechoso el compromiso de la administración Trump con la libertad y la democracia en la Isla del Naufragio.
Por este cauce circulan ya las consabidas manipulaciones interesadas: arengas de combatientes verticales a distancia, concurridos paneles en museos locales, veladas de acuciosos inversores en mansiones miamenses para el noticiero de la noche, análisis de expertos en no se sabe qué, predicciones de no se sabe cuándo, comentarios, ensayos e incluso piezas de rancia academia sobre la intervención, que compiten con aquellas sobre discursos de la resistencia, proyectos políticos emergentes y otras naderías revolventes del anticastrismo intelectual rastacuero.
El grupo operativo que hacia enero de 1960 encabezó Jacob Donald Esterline, alias Jake Engler, no armó tanta fanfarria. Esterline mantendría su nivel de profesionalismo al extremo de soltar despacito que la invasión no derrocaría a Fidel Castro, sino que más bien sellaría la mala suerte de la Brigada 2506.

El domingo 9 de abril de 1961, Esterline fue a casa del Subdirector para Planes de la CIA, Richard Bissell, y presentó su renuncia. Bissell repuso que la invasión iba de todas formas y pidió a Esterline que se afincara en su puesto. Tras el fiasco en Girón, Esterline siguió la rima de la CIA hasta que la estación en Miami (codificada JMWAVE) pasó de ser la mayor después de Langley a una suerte de efficiency en Miami Beach hacia 1968.
Sin concentración de marines en Cayo Hueso ni portaviones enfilando por fin hacia la bahía de La Habana, el anuncio de la resurrección del grupo operativo especial de la CIA concita apenas que los servicios de contrainteligencia de Castro reciclen el grito de guera del finado Jorge Luis “El Tosco” Cortés: “Que venga la fiera, camará; que venga la fiera, que la estoy esperando”.
Decadencia y caída de casi todo infundio
Entretanto, las negociaciones entre Washington y La Habana pierden lustre por la irrupción mediática y rocambolesca del nieto valet de Raúl Castro. Por supuesto que se dan reuniones serias, peroel ruido noticioso generado por El Cangrejo siembra la duda razonable de que distan mucho de escucharse las lecciones de la saga de Back Channel To Cuba (2015) para negociar el futuro.

Tal parece que cada bando se empeña en sobrepujar la patraña del otro y así, mientras en Cuba no pasa nada, salvo la gente pasando hambre y arrostrando miseria,sobrevienendesde la metamorfosis desimple mandadero en futuro mandador,que algunos perciben en un Raulito dispuesto a negociar directamente con Trump, hasta las diversas filigranas de este último con que ahora sí vamos a destruir el socialismo.
Al parecer no se despeja la sombra que tendió Robert Pastor, consejero de Seguridad Nacional para Latinoamérica y el Caribe, con el resumen para su jefe Zbig Brzezinsky sobre las negociaciones con Castro en 1978: Cuba es un país minúsculo causante de problemas y Estados Unidos no tiene con qué ganarse al pueblo cubano para revertir la situación.
De ahí las poses y voces de línea dura sazonadas con poner a Cuba en la picota pública como amenazante falo de América.