Digo con fuerza Dihigo para imponer el siempre. Martín Dihigo.
Padre, el almanaque indica la fecha del 20 de mayo y como todos los años, desde ese día de 1971 en que tu cuerpo perdió su figura terrenal, recuerdo tu nombre al viento del nunca para imponer el siempre y quede ese eco de tu vida rica en hechos deportivos y sobre todo tu postura como hombre de todos los tiempos.
Hay tantas remembranzas guardadas con celo en la memoria de mi corazón que cuando afloran sin querer, de esa manera como llegan las cosas hermosas, a veces me hacen reír y otras pujan por convertirse en lágrimas aunque en realidad la tristeza no tiene cabida cuando digo con fuerza Dihigo a ese asesino de vidas llamado olvido.
De esa manera al replegarse el mundo de la omisión llega la chispa jocosa de tus ojos cuando en mi espacio de niño competitivo, ávido de conocimiento, querías embromar con preguntas históricas difíciles.
Son imágenes de un pasado inolvidable de mi existencia y juro que muchas veces al cerrar los ojos vuelvo a sentir la suave piel negra de tu cabeza en los momentos de risas cuando pasaba la mano sobre tu reluciente calva, la cual culpas a las gorras de béisbol.

Ese béisbol donde dejaste páginas extraordinarias y las cuales rememoran los expertos con admiración, cómo ganar en dos ocasiones-México y Cuba- los liderazgos de pitcheo y bateo de manera simultánea y pertenecer a cuatro salones de la fama. Y pese a que algunos críticos señalen que esos campeonatos profesionales no presentaban una cantidad apreciable de juegos, el talento que desplegaste opaca esas opiniones negativas gracias a tus motes bien ganados de «El Inmortal» y El Maestro», calificativos que sobrepasan los análisis de expertos quisquillosos.
Por eso que llaman sincrodestino tuve la oportunidad de caminar los senderos de países donde demostraste tu clase deportiva estelar. De esa forma tu paso por Estados Unidos, México, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, donde dejaste personas que te admiran y anécdotas singulares, son huellas que aprisione en la mochila de mis años vividos como periodista errante.
Dihigo no sólo jugó para ganar. También vivió para servir. Promovió colectas para restaurar estadios como el Palmar del Junco, símbolo del béisbol patrio.
Pagó de su bolsillo los funerales de compañeros olvidados por la gloria. En México, un “bolerito” que una vez le limpió los zapatos recibió de él, sin saberlo, el primer capítulo de una vida nueva: colegiatura, libros, uniforme.
“Hay que estudiar para formar hombres buenos”, dijo al marcharse, dejando en la casa pobre una semilla de dignidad que aún florece.
Y fue más allá. Fundó en Veracruz la Asociación de Jóvenes Esperanza de la Fraternidad (AJEF), tejió puentes con los veteranos de la independencia cubana, leyó a escondidas en las noches de concentración, terminó el bachillerato a pesar de haber dejado la escuela en sexto grado, y se convirtió en el primer pelotero cubano en ser comentarista de radio. Masón, abakuá, patriota. Dihigo fue muchas cosas, pero, sobre todo, fue un hombre completo.
Inventó colores para sus equipos: el verde del Elefante de Cienfuegos, el azul de las Águilas de Veracruz. Y también pintó la vida de quienes lo rodearon con los colores de la justicia, la humildad y el compromiso.
Muchos hablan de tu vida, algunos bien, otros con la brújula perdida de tu verdadera travesía existencial, como el escritor que afirmó en un libro que fuiste ministro de deportes en la Cuba de Fidel Castro, dato totalmente falso.
Lo cierto es que llegaste en 1959 con 53 años lleno de entusiasmo patriótico y en 1969, diez años después al propagarse la versión de tu muerte, la institución estatal deportiva no sabía por dónde andabas.
Lo risible es que otro historiador en un libro sobre tu vida, marcado por el oficialismo más absurdo, afirma que tu retiro en la isla ocurrió por los ajetreos sufridos como pelotero profesional.

Gran mentira, el sentirte olvidado, soslayado y enviado hacia el ostracismo por el gobierno cubano, que nunca perdonó tu franqueza y proverbial rebeldía, aceleró tu decrepitud.
En realidad es bastante lerdo achacar la enfermedad que sufriste los últimos años de tu vida a que jugaste pelota profesional, como aparece en ese texto. Sin embargo es atendible ese argumento en un país donde la libertad de expresión está condicionada al dogma político.
Si no fuera que el sistema dictatorial imperante en la isla, el estadio de Matanzas tendría tu nombre tal y como solicitaron los ciudadanos de esa bella ciudad y no el del acontecimiento político que lleva. Al final para cubrir las apariencias bautizaron con Martín Dihigo una calle frente a esa instalación deportiva.
Padre, no solo los 20 de mayo te recuerdo, sin embargo este día en particular desafío a la muerte cuando digo con fuerza Dihigo, para que la señora de la guadaña comprenda que tu siempre serás mi padre, el Inmortal y yo soy mientras viva el guardián de tu memoria.
Hoy, un siglo después de su nacimiento y más de medio siglo tras su partida, la Fundación Martín Dihigo lleva su nombre y su legado. Ayuda a niños, apoya a jóvenes, honra su memoria no con monumentos, sino con actos.
Porque como dice el poeta, hay que poner la memoria, el entendimiento y la voluntad en armonía para no olvidar nunca.
Martín Dihigo, El Inmortal, nació el 25 de mayo de 1906 en Matanzas, y falleció el 20 de mayo de 1971 en Cienfuegos, a los 64 años. Es el único jugador de béisbol que ha sido electo para integrar el Salón de la Fama de tres países: Estados Unidos, México y Cuba. Figura también en el Salón de la Fama del Béisbol Latinoamericano, en República Dominicana.