Por Omar Díaz de Arce
Con un electorado dividido y una decena de Estados indecisos apenas horas antes de comenzar el sufragio, Estados Unidos se enfrenta hoy a una de las elecciones más reñidas de su historia para decidir entre la continuidad del presidente Barack Obama o un cambio conservador con Mitt Romney en la Casa Blanca.
¿Cuáles son las razones de la polarización ciudadana en torno a las enconadas campañas de los candidatos? ¿Qué perspectivas se vislumbran para el futuro de la nación americana tras los resultados de la jornada de hoy?
Para desentrañar los enredos de la actual elección presidencial hay que tomar nota de varios asuntos fundamentales.
Pese a las desenfrenadas críticas republicanas, el Presidente Obama logró lo que puede describirse como una verdadera hazaña cuando evitó que la crisis final de la administración precedente, que se venía incubando debido a una serie de políticas absurdas, se convirtiera en una devastadora depresión casi de las dimensiones de la crisis que comenzó con el crack bancario de octubre de 1929.
Una nueva era
La victoria de Obama, el primer negro que asciende a la presidencia de la nación, fue recibida con gran entusiasmo por aquellos que veían en ella el inicio de una nueva era de progreso en un país con una larga historia de discriminación.
La recuperación comenzó pronto con un gran plan de estímulo que permitió el rescate del sistema financiero, aun cuando no de la economía en su conjunto y del sistema inmobiliario. Le siguieron nuevas medidas destinadas a paliar la crisis.
En medio de este panorama de inestabilidad, el gobierno cometió el error de subestimar los daños causados por la burbuja inmobiliaria y predijo en enero del 2009 que pronto se superaría la crisis financiera del 2008 y el desempleo se reduciría por debajo del seis por ciento. En otras palabras, olvidó que la recuperación de eventos catastróficos de esa magnitud toma tiempo. Pese a este traspié en el pronóstico, el desempleo comenzó a disminuir paulatinamente y a crecer a un ritmo sostenido la actividad económica, como lo demuestra el alza continua de la Bolsa de Valores.
Así llegamos a la nueva campaña presidencial y a las elecciones de este 6 de noviembre. Los republicanos se disputaron como buitres la candidatura de su partido en una larga contienda de recriminaciones mutuas, en la que resultó elegido el ex gobernador Mitt Romney después de congraciarse con el ala más conservadora y beligerante de su partido, el Tea Party, que casi actuaba como una formación política autónoma.
Ese giro hacia la extrema derecha le hizo aparecer a Romney como enemigo de las minorías [“los indocumentados que se auto-deporten”]; defensor de los multimillonarios, que comenzaron a financiar generosamente su campaña [Adelson, dueño de casinos, los hermanos Koch, propietarios del imperio Fox]; indiferente a las necesidades de los menos favorecidos [véase el famoso discurso sobre el 47 %]; defensor de introducir cambios en el Medicare, el Medicaid y el Social Security [ya Bush trató de meter esos fondos en la Bolsa] que amenazaban a los norteamericanos de la tercera edad; rabioso partidario, como su compañero de fórmula Paul Ryan, de draconianos recortes presupuestarios que eliminarían importantes programas sociales [becas estudiantiles, ayudas a niños y discapacitados, etc.]; decidido desde el primer momento a repudiar la ley de cuidado de la salud que peyorativamente llamaron “Obamacare” y que garantiza atención médica a más de 40 millones de personas sin seguro y a aquellos que sufren de dolencias preexistentes.
Capacidad de mimetismo
Pero lo más interesante del candidato republicano es su capacidad mimética -lo que en Estados Unidos llaman flip-flop-; eso de decir un día una cosa y poco después lo contrario, al punto que Obama se vio obligado a acuñar el término “Romnesia”.
Los residentes de la Florida han sido bombardeados implacablemente con propaganda pagada por los Super-Pac para tratar de evitar por todos los medios un segundo período presidencial de Obama. Todavía recordamos el show de una pandilla de activistas republicanos llegados de todo el país ante una oficina que hacía en recuento de votos en el 2000 para forzar la victoria de su candidato. También la extraña maniobra en West Palm Beach con boletas en las que se cambió el nombre del Al Gore por el de Pat Buchanam, quien no tenía partidarios en la localidad.
No sabemos qué sucederá ahora, pues es Ohio, no la Florida, la manzana de la discordia. Lo que sí sabemos es que los republicanos tienen una mayoría «cautiva» entre los votantes de Miami, donde las encuestas dan ganador a Romney con el apoyo del 74 por ciento de los cubanoamericanos. A los exiliados la experiencia del totalitarismo en Cuba los ha transformado en un grupo eminentemente conservador y derechista que por todos lados ven el fantasma del «comunismo», hábilmente agitado por políticos y locutores inescrupulosos.
Inclusive, los políticos que eligen esquilman a los propios cubanos en Tallahassee y en condados como Miami-Dade, donde suben los seguros y subrepticiamente todo tipo de impuestos a través de supuestas enmiendas a la Carta Constitucional. Cuando pueden, roban votos (el fenómeno de las «boleteras») y algunos acostumbran a presentarse como supuestos «patriotas» que van a liberar a Cuba [no olviden al Sr. David Rivera].
Hoy están enfrentadas en las urnas dos visiones irreconciliables sobre el futuro de Estados Unidos, y el veredicto final de las urnas tendrá un impacto contundente para la nación americana y el mundo. También estará a prueba la evolución de los votantes cubanoamericanos, potenciados por la mayor oleada de inmigrantes de la isla de los últimos 50 años.
Por este mapa de incertidumbre transitaremos durante esta jornada histórica hasta que conozcamos la última palabra de los ciudadanos estadounidenses.