La noticia del fallecimiento de Paula Alí (1936-2026), una de nuestras actrices más dotadas para la comedia, entristece por muchas razones. Por la pérdida de su presencia, de su talento, de su gracia natural, de su capacidad para no pasar nunca inadvertida por pequeño que fuera el tiempo que estuviese en la escena o en pantalla.
Dueña de los secretos del humor y de la comedia cubana, forjada en la escuela de las tablas, supo aprovechar su paso por el Teatro Martí y el contacto directo con la escuela de esos veteranos que venían del Alhambra y las carpas para hallar su propio carácter en el escenario, lo cual incorporó cuando ya en Teatro Estudio pasó a ser dirigida por Abelardo Estorino, Berta Martínez y otros de los grandes directores de esa agrupación en sus días de gloria.
Musa de Héctor Quintero, que escribió para ella varios papeles y escenas, también derrochó su gracia tan auténtica en películas como Nada (2001), de Juan Carlos Cremata Malberti, donde sus diálogos con Raúl Pomares son de antología.

Querida por tantos de sus colegas, y por el pueblo que la admiraba, nos deja un vacío que la risa que siempre nos devolvió ayudará a aliviar. Vaya aquí mi agradecimiento por esa lección enorme, a ella, que también fue la Celestina y otros personajes en la historia de Teatro El Público, lo que me permitió conocerla y admirarla mucho mejor, como recordaba no hace mucho en una de mis colaboraciones con CMBF Radio Musical Nacional.
Este año recibió el Premio Nacional de Televisión 2026 en reconocimiento a su trayectoria de más de seis décadas en la televisión, el teatro y el cine.
En su prolífica carrera como actriz de telenovelas figuran Enamorada del mar (1989), Retablo personal (1992), Las huerfanas de la Obrapia (1999), Salir de noche (2002), ¡Oh, La Habana! (2007), La otra esquina (2014), Vuelve a mirar (2021) y Los hijos de Pandora (2022).
Para ella, entonces, nuestro aplauso, junto a los premios y reconocimientos que obtuvo durante su larga vida esta hija ilustre de Candelaria.