La extracción de Maduro y la doctrina Trump para América Latina

El derrocamiento de Maduro no ocurrió en Venezuela porque Trump ha decretado una guerra al narcotráfico, donde la Venezuela no era un socio mayor. Tampoco porque Trump hubiera sido un amante de la libertad y de la democracia.

Por Fernando Mires*

Escribo estas líneas el 3 de enero de 2026, precisamente el mismo día en que fue secuestrado Nicolás Maduro por especialistas militares norteamericanos. Una intervención que probablemente culminará en una escalada mayor, como ya ha anunciado Donald Trump.

El hecho objetivo es que la soberanía internacional venezolana se encuentra hoy en las manos del presidente Trump. Un hecho que, por lo demás, se veía venir. Pues bien, ese hecho histórico será difícil analizarlo, si dejamos a un lado la enorme dependencia de Venezuela con dos imperios ajenos –según “la doctrina Trump”– al Hemisferio Occidental cuya propiedad, de acuerdo a la lectura de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), se la ha adjudicado Estados Unidos, siguiendo las pautas de una repartición tácita del mundo que ofrece Trump a los presidentes Xi Jinping y Vladimir Putin. Un corolario – lo ha dicho Trump – a la Doctrina Monroe.

Entonces seamos claros: el derrocamiento de Maduro no ocurrió en Venezuela porque Trump ha decretado una guerra al narcotráfico, donde la Venezuela de Maduro no era un socio mayor. Tampoco porque Trump hubiera sido un amante de la libertad y de la democracia. Todo lo contrario: Trump ha concertado alianzas puntuales, y lo seguirá haciendo, con las más terribles dictaduras de la tierra (entre ellas Rusia, Bielorrusia, Corea del Norte, Arabia Saudita). 

Trump ha llegado a convertir a Estados Unidos, de socio de la Europa democrática en simple mediador entre Ucrania y Rusia, y las sospechas de que Trump esté complotando junto a Putin para que alguna vez toda Ucrania sea parte de Rusia, no hay que desestimarlas. A cambio, Putin se comprometería a dejar las manos libres a Trump para que opere sin problemas en Groenlandia, en el Canal de Panamá y, por supuesto, en su patio trasero, formado por los países latinoamericanos. En ese sentido, no se trataría de una nueva versión de la Doctrina Monroe, sino de algo distinto.

TRUMP Y AMÉRICA LATINA

La doctrina Trump, por lo menos con respecto a América Latina no sería llevada a cabo para protegerla de potencias externas, sino para repartir el mundo en el encuadre de un Nuevo Orden Mundial. Para llevar a cabo esa tarea, con respecto a América Latina, Trump dispondrá no solo de medios militares, como los que está mostrando en Venezuela (y después, probablemente en Cuba y tal vez en Nicaragua) sino de contratos políticos con diversos gobiernos afines ideológicamente con su proyecto histórico de dominación mundial a partir del Hemisferio Occidental. Más todavía.

El proyecto Trump parece tener una resonancia muy positiva entre los gobiernos nacional-populistas latinoamericanos a los que no dudamos en denominar, gobiernos trumpistas. ¿Cómo explicar el fenómeno del trumpismo latinoamericano en una región hasta ahora caracterizada por una constante animadversión hacia Estados Unidos? Hay una razón muy simple.

A diferencia de Estados Unidos y de la mayoría de los gobiernos de Europa, las tradiciones políticas de América Latina son, desde el punto de vista democrático, si no fallidas, por lo menos precarias. Eso se demuestra por el solo hecho de que, desde la Independencia hasta nuestros días, hay dos tradiciones políticas predominantes: la populista y la autoritaria-militar. A veces las dos juntas y a la vez. Recordemos: Juan Domingo Perón venía del ejército, el peruano Velasco Alvarado era general, Hugo Chávez era paracaidista, Fidel Castro y Daniel Ortega vienen de la lucha armada. En todos esos casos y en muchos más, América Latina ha tendido a ser gobernada por hombres fuertes y mesiánicos. Una tradición que está lejos de pertenecer al pasado. Javier Milei y José Antonio Kast, por ejemplo, elogian a las dictaduras militares que padecieron sus respectivos países durante el siglo XX; más populista el primero, más autoritario el segundo. 

En un periodo histórico en el cual Latinoamérica muestra un, para decirlo con las palabras de Joaquín Brünner, “derrumbe ideológico de las izquierdas”, el populismo, tan propio a las izquierdas, está siendo apropiado por las derechas extremas del continente. Pues bien, a ese contexto pertenece también la mesiánica María Corina Machado quien, para liberar a Venezuela de la dictadura de Maduro, cedió toda la iniciativa militar (y por eso mismo la política) al presidente Trump a quien ella dedicara nada menos que su Premio Nobel de la Paz. Si Machado accede al poder, como probablemente ocurrirá, su gobierno girará en torno a la órbita trumpista; no tendrá otra alternativa.

Entonces volvamos al comienzo: El trumpismo es un fenómeno, si no planetario, occidental. Eso no quiere decir que Trump haya construido el trumpismo internacional. Pero Estados Unidos es una nación demasiado fuerte y grande para que, con el acceso al poder de Trump, no se hubiera convertido en el eje de la constelación nacional-populista mundial.

Como una vez dijo Michael Ignatieff, Estados Unidos es una gran potencia mundial. Por eso sus presidentes no pueden evitar actuar, quiéranlo o no (y Trump lo quiere) como un imperio. En algunas ocasiones, como ocurrió con Napoleón en Francia, ha sido un imperio atípico que propagaba la libertad y los derechos humanos al mismo tiempo que ocupaba territorios ajenos. Lo terrible de este nuevo capítulo que se inaugura en y desde Estados Unidos es que, tanto al fundador del nuevo imperio como a su corte ministerial, lo que menos importa es la libertad y los derechos humanos.

En eso Trump, y su supuesto sucesor, JD Vance, están más al lado de Putin y Xi, que de Washington y Jefferson.

*Académico, politólogo e historiador. Profesor Emérito de la Universidad de Oldenburg, Alemania, y autor de numerosos artículos y libros sobre filosofía política, política internacional y ciencias sociales. Autor del blog POLIS: Política y Cultura.

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