En los años que llevo activo en mi profesión de historiador de arte, curador de exposiciones y profesor universitario, no deja de sorprenderme la ignorancia de gran parte del público educado de Estados Unidos sobre la cultura cubana pre-1959. Casi siempre termino de profesor, explicándoles que, sí había pobreza y racismo en la época republicana, pero que, a su vez, el país no era una “mera república bananera”, como han escrito tantos como discos rayados a partir de la instauración de Fidel Castro en el poder.
Cuba tenía una extraordinaria cultura visual, literaria, musical, científica y política desde su época colonial, y esas culturas fueron construidas por lo mismo hombres que mujeres, muchos de ellos mestizos y con raíces africanas. A partir de finales de los años veinte, lo mejor de estas culturas se asoció con ideas vanguardistas venidas de Francia, Italia, Alemania, España y otros países de las Américas, como México o Estados Unidos. Pero los pueblos y sus gentes olvidan, y de vez en cuando hay que recordarles por vía de un artículo o una conferencia la importancia de lo olvidado. En los próximos meses pienso escribir varios artículos para las páginas de Café Fuerte, rescatando unas cuantas figuras olvidadas de las artes plásticas de la Cuba republicana.
En esta primera entrega abordo la creación de tres escultores: Mimí Bacardí (1893-1968); Mario Santí (1911-1988) y Florencio Gelabert, padre (1904-1995).
Mimí Bacardí nació en Santiago de Cuba, la hija de Emilio Bacardí Moreau y Elvira Cape. Su nombre de pila era Lucía Victoria. Estudió en clases privadas en Santiago con Luis Desangles y los hermanos José Joaquín y Félix Tejada. La familia le permitió continuar sus estudios de escultura en Francia acompañada por chaperona; estudió modelado y talla directa con Antoine Bourdelle en la Academie Julien, y por vía de este maestro, también pasó unas semanas en el taller de Auguste Rodin. Más tarde continuó sus estudios en la ciudad de New York con Robert Ingersoll Aitken (1878-1949) y Solon Borglum (1868-1922) en la Art Student’s League, donde ambos escultores daban clases de escultura publica y monumental.
Cuando todavía vivía fuera de la isla, Bacardí participa en el Salón de Bellas Artes en marzo 1919. Ya en 1916 había ganado el segundo premio de escultura en una exposición colectiva en la Academia de Artes y Letras de la Habana con su pieza Francica. Mujer modesta y cuidadosa de no abusar de las conexiones de su prestigiosa familia, nunca tuvo una exposición personal. Durante el machadato residió en Miami con su esposo Pedro Grau Triana y regresó a Cuba con la iniciación del período democrático en 1940.
Bacardí vivió en la Habana con su esposo hasta partir al exilio a mediados de la década de 1960s. Trabajó el yeso directo, el bronce, y la talla en mármol y madera. Su bibliografía es modesta, consistiendo en seis artículos en la prensa nacional entre 1915 y 1952. Luis de Soto Sagarra, profesor de Historia del Arte de la Universidad de La Habana escribió sobre su obra, al igual que el crítico cultural español –nacionalizado cubano– Rafael Marquina.
El estilo de Mimí Bacardí es consistente desde sus comienzos: un realismo expresivo influenciado por Rodin, pero con una muy personal sensualidad femenina. La mayoría de sus esculturas se encuentran en el Museo Bacardí en Santiago de Cuba. Entre sus piezas más importantes está el desnudo de la niña afrocubana Francica (1916); su busto en mármol de José Martí (1919-20), que por años estuvo en la oficina de la presidencia en los gobiernos de Ramón Grau y Carlos Prío; y el medallón de su padre en su tumba en Santa Ifigenia (1924). Su vida y obra piden un rescate monográfico y curatorial, no por ser mujer o miembro de una familia que tanto hizo por la democracia y el progreso de la república, si no por el talento de su escultura.

Mario Santí García nació en Holguín, antigua provincia de Oriente, en una familia modesta de origen catalán. Su padre se alzó de muy joven y peleó bajo las órdenes del general Mario García Menocal. El joven Mario ganó una beca por oposición y estudió en la Academia de San Alejandro entre 1928-1934, recibiendo diploma en dibujo y modelado, y dibujo y pintura. En pintura fue muy influenciado por el pintor Leopoldo Romañach y el ilustrador Enrique García Cabrera, y en escultura por Esteban Betancourt. Desde su graduación, Santí se dedicó al profesorado: la Escuela de Artes Plásticas de Oriente, en Santiago (1935-43); escuela anexa de San Alejandro (1943-50); escuela de San Alejandro (1950-61). En las tres instituciones fue profesor de modelado y dibujo elemental. Comenzando en 1932 participó en 16 exposiciones colectivas hasta su partida de Cuba en 1961.
Santí ejecutó 17 monumentos públicos por toda Cuba, entre 1937 hasta 1960. Su obra más importante es, sin duda alguna, la tumba del apóstol en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba. Esta obra representa la madurez y culminación del estilo de Santí, que entra en la tendencia del estilo llamado racionalismo o realismo neoclásico, y consiste en formas sencillas y austeras, con cierto aire de las estructuras cubistas. En la tumba, las figuras femeninas que representan las provincias de la isla son simultáneamente sensuales y monumentales. Santí era un tradicionalista, pero no un reaccionario en sus ideas escultóricas. Admiraba simultáneamente a Miguel Angel y a Canova, a Carpeaux y a Rodin. A Maillol y Henry Moore. En el exilio, Santí se ganó la vida por años produciendo esculturas decorativas sin firmarlas, realizó comisiones privadas de bustos, y una Caridad del Cobre para una parroquia en Tampa. Fue profesor en Miami Dade Community College y Montclair State University.
Entre 1976 y 1979 Santí vivió en Elizabeth, New Jersey, donde tuvo una academia de arte privada.Tuve el privilegio de estudiar dibujo y modelado con él. Era un profesor serio que demandaba disciplina y enfoque de todos sus alumnos, y después de clase compartía una copita de anís y hacía cuentos de su época de estudiante y sus visitas a los grandes museos de Europa. Su hijo, el brillante crítico literario Enrico Mario Santí, debería prepara una modesta monografía sobre el Maestro Santí, como le llamábamos sus alumnos.



Florencio Gelabert Pérez nació en Caibarién, Las Villas y murió en La Habana, donde realizó toda su carrera como profesor y escultor. Hombre de gran cultura más allá de las artes plásticas, estudio dibujo y modelado en la Academia de San Alejandro (1928-34); pedagogía y dibujo en la Universidad de la Habana (1941-45); y artes decorativas en la Escuela de Artes y Oficios de la Habana (1951-53). Fue profesor de dibujo elemental y geométrico en la escuela anexa de San Alejandro (1936-1946); de bajo relieve y modelado en San Alejandro (1946-59); y director de dicha escuela en 1959. Escultor prolífero.
Gelabert trabajó en madera, yeso, bronce y piedra; practicó la escultura decorativa con gran elegancia (Hotel Riviera, La Habana, 1957), y dentro de su generación y la escultura cubana en general, es sin duda el maestro del bajo relieve. Entre 1939 y 1984, tuvo 14 exposiciones personales; y entre 1933 y 1986 participó en 16 exposiciones colectivas. Realizó 20 monumentos públicos por toda la isla. Gelabert trató la temática afrocubana sin caer en folclorismo ni cliché. Su producción escultórica tiene dos vertientes: la figuración estilizada con elementos entre decorativos y expresionistas, y una abstracción de elementos barrocos y sensuales. Su hijo, el también escultor Florencio Gelabert Soto, lleva años planeando una monografía sobre la obra de su padre.
Estos tres escultores, sin ser los nombres usuales asociados con la escultura moderna en Cuba (Sicre, Ramos Blanco, Lozano…), son ejemplos de la vitalidad de este arte en la era republicana. A pesar del olvido, la ignorancia o la censura oficial, sus obras permanecen en nuestro patrimonio cultural y nuestra memoria.