Artistas cubanos en la memoria: Los ojos inolvidables de María Brito

La artista cubanoamericana María Brito (1947-2026). Foto: FIU.

                                                                        Para Chon Noriega

Conocí la obra de María Brito (1947-2026) antes de conocer a María, la persona. Uso la palabra persona en el sentido filológico más católico posible: “un ser que tiene el hábito de ser y que reconoce en su trato con otros seres humanos y la creación la sacramentalidad de la vida y el mundo” (Etienne Gilson, La persona y la filosofía). Quiero decir que María Brito trataba a todo el mundo con afecto y dignidad. Recuerdo una estancia en Los Angeles para celebrar su monografía en la serie A Ver. Un grupo de cinco amigos salíamos de un restaurante tarde en la noche. Se nos acercaba un mendigo y todos apresuramos el paso menos María, que conversó con el hombre y le regaló varios dólares. Y María siguió caminando y hablando con el grupo como si nada.

Su reciente muerte este pasado 10 de junio me estremeció. Me enteré de su fallecimiento en un intercambio de textos con los artistas cubanoamericanos Luis Cruz Azaceta y Arturo Rodríguez. La vamos a extrañar. Era un ser inolvidable.

Vi la obra de María Brito cuando exhibió en Gallery at 24, en 1982. Si mal no recuerdo era una exposición individual donde había pequeñas vitrinas y cajas repletas de elementos personales y religiosos. Recordaban a Cornell, pero era un idioma propio, simultáneamente personal y universal. Volví a ver su trabajo en Washington, DC, en la muestra colectiva The Miami Generation. Dentro de este grupo de artistas ella sobresalía debido a su exquisito oficio y original contenido. Eventualmente nos conocimos, gracias al profesor y amigo Juan Martínez durante una de mis visitas “relámpago” a Miami. Tuve el honor de sugerir su nombre como el primer artista cubanoamericano en la serie de monografías A Ver, y en llamarla para decirle que había recibido una beca Joan Mitchell en el 2006. Los años pasaron y se forjó una amistad.

La artista en plena creación. Foto: CF.

Físicamente pequeña, María tenía un cuerpo hermoso, solido y fuerte. Su presencia evocaba un árbol maternal. Era una mujer magnética, en el sentido en que André Breton usaba la palabra, no objetivando la belleza femenina, sino enfatizando ese aspecto misterioso que refleja fuerza espiritual y creativa, que atrae y conecta. Sus ojos proyectaban calidez e intensidad. Recuerdo al escultor Roberto Estopiñán comentar con regularidad: “la Brito es una gran artista y tiene unos ojos inolvidables.” Lo mismo me dijo en inglés Jaune Quick-to-See Smith después de conocerla en una apertura en la galería de Bernice Sheinbaum.

María Brito y su hermano menor Pedro llegaron solos a Miami el 29 de agosto de 1961. Ella tenia 13 años y sin saberlo, los dos eran parte de la Operación Pedro Pan. Después de varias semanas de estancia en el Kendall Children’s Home, María y Pedro fueron rescatados por la familia Cabrera, amigos de su padre. En 1962 María Cristina y Rafael Brito salieron de Cuba, y la familia volvió a estar unida en Miami. María creció y estudió en Miami, se casó y tuvo dos hijos. En 1979 se graduó con su maestría en bellas artes de la Universidad de Miami, con una concentración en cerámica. Ejerció la docencia en Barry University hasta jubilarse. Fue una hija, esposa, madre y abuela ejemplar. Y una compañera y colega de primera. En mis 66 años he trabajado y tratado a cientos de artistas, y he tenido la bendición de ser amigo de unos cuantos. Hay artistas excelentes que pueden ser personas insoportables, poseedores de un narcicismo agotante. Y también existen artistas como María Brito, que son artistas y personas extraordinarias.

Brito nos ha dejado un gran legado en su producción artística. Estudio cerámica y se enseñó a sí misma a pintar como una maestra de la escuela flamenca del siglo XIV. Poseía las habilidades de un gran carpintero y dibujaba con la delicadeza y precisión de un ángel. Su obra incluye pintura, escultura e instalación, y en todos estos medios y técnicas demostró el oficio, lo que los pintores españoles llamaban “cocina” de un maestro con mayúscula. Sabemos que hace unos 13 años se dio cuenta que había manifestado su obra como había querido y que no tenía nada que añadir.

Su producción no será vasta, pero posee una calidad y consistencia altísima. Su visión artística y su contenido es ejemplo de una evolución fascinante, la cual tiene sus raíces en lo mas íntimo y personal de una niña de 13 años que perdió su patria. Su vida como mujer, hija, madre, etc, informó el desarrollo de su arte. Como han escrito varias feministas, en la obra de Brito, “lo personal es político,” y es mucho más que eso. En obras claves como The Garden and The Fruit (1987), Whitewash (1990), Pero Sin Amo (1999-2000),; Crop (2004) y la serie de cerámicas Goyescas (2006), Brito captó y reflejó temas profundamente sociales sobre exilio, presos políticos, balseros, guerras y el entumecido conformismo de nuestro tiempo.

Como su contemporáneo Luis Cruz Azaceta, Brito utilizó el autorretrato como un escudo de resistencia y revelación. Sus interiores, sean en dos o tres dimensiones, tienen la misma electricidad visual que los de su amigo Arturo Rodríguez, donde un espacio es una excusa para explorar y representar el mundo. Una gran influencia en Brito de niña fue una de sus abuelas, específicamente en materia de religión. Este elemento se manifiesta a profundidad en prácticamente toda la iconografía de su arte: ángeles, la Virgen María, Jesús, santos y mártires aparecen transformados en sus cuadros, esculturas e instalaciones. Y más allá de la imaginería, la visión de un cristianismo católico impregna su obra: la vida es sufrimiento y bendiciones, la gracia y el pecado, y al fin y al cabo, todo tiene sentido en el arco moral del universo.

Hace años, uno de los campeones de la obra de María Brito, el historiador cultural chicano Chon Noriega, escribió: El arte de Brito toma referencias premodernas y modernas, del barroco al surrealismo, y también da forma única a las rupturas políticas que han estado en el centro de su vida”. Sin jamás caer en propaganda ni sentimentalismo, con rigor y belleza, la obra de Brito existe en la multiplicidad: es arte cubanoamericano, también de Cuba, es arte latino de Estados Unidos, es arte “Americano,” es sencillamente arte contemporáneo con peso y corazón.

Es María Brito, persona y artista inolvidable.

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