El fotógrafo Ramón Espinosa, corresponsal de la agencia Associated Press (AP) en La Habana, ha realizado un extraordinario ensayo fotográfico sobre la situación del sector quizás más golpeado por la crisis cubana: los ancianos.
El reportaje titulado “Los ancianos cubanos hacen frente a una crisis económica cada vez más profunda” contiene 22 imágenes que en conjunto son sencillamente un retrato demoledor de la indigencia, las penurias y el deterioro de lo que ha devenido la vida de personas de la tercera edad en una sociedad en descalabro económico total.
En una nota premilinar que acompaña el fotoreportaje, Espinosa recuerda que antes de esta última recesión, Cuba ya contaba con una de las poblaciones más envejecidas de América Latina, un panorama demográfico condicionado por cifras de largas expectativas de vida, un vertiginoso descenso de las tasas de natalidad y el éxodo imparable de la gente mayoritariamente joven hacia los destinos más insólitos.
Para finales de 2024, casi el 26% de la población cubana tenía 60 años o más, según la Oficina Nacional de Estadísticas del país, lo que representa casi el doble del promedio regional del 14.2% reportado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
“Muchos de ellos son extrabajadores estatales que subsisten con pensiones exiguas, enfrentan recortes en bienes subsidiados desde hace mucho tiempo y sufren una creciente soledad a medida que los cubanos más jóvenes continúan emigrando. En los últimos cinco años, la población de Cuba ha disminuido en casi 1.5 millones de personas, en gran parte debido a la migración”, señala Espinosa en su presentación.
El fotoreportero llega a la Iglesia del Espíritu Santo, en La Habana Vieja, donde cerca de 50 residentes de edad avanzada se reúnen tres veces por semana para recibir una modesta comida caliente con carne molida, arroz, frijoles rojos y galletas aderezadas con mayonesa. Para muchos, estas comidas ofrecen algo más que sustento; brindan una pequeña dosis de rutina, alivio y compañía durante largos días de escasez, apagones y soledad.
Entre las personas fotografiadas por Espinosa está Mercedes López Rey, una ingeniera jubilada que, hasta el día de su muerte, acudió a la iglesia tres veces por semana, a medida que el deterioro de las condiciones hacía cada vez más difícil la vida cotidiana.
López también recogía comida para su amiga Julia Barceló, de 83 años, quien padecía cáncer de mama y no podía salir de su hogar.
Otra asidua del lugar que aparece en las fotos es Carmen Casado, ingeniera química jubilada de 84 años que depende de las comidas ofrecidas en la Iglesia del Espíritu Santo para sobrevivir. La pensión mensual de Casado es de 6,000 pesos cubanos, equivalentes a unos $4 dólares según el cambio informal. Ella no tiene hijos, no recibe remesas de familiares en el extranjero y vive sola en los pisos superiores de un edificio deteriorado del siglo XIX.
Incisivo y a la vez humanísimo retrato de la sociedad cubana, protagonizado por quienes al triunfo de la revolución de Fidel Castro, en 1959, eran niños y jóvenes con un futuro luminoso prometido. Hoy el futuro no es ni siquiera la vuelta al pasado: es la prehistoria de la nación cubana.




















