
Por Carlos Cabrera Pérez
El que empuja no se da golpes
Refrán cubano
Una improvisación musical de Roberto Carcassés, la andanada totalitaria sacándole a patadas del pentagrama musical, la rectificación parcial de la absurda sanción y una hábil maniobra de Silvio Rodríguez, han dejado en evidencia el forcejeo que vive Cuba ahora mismo entre extremistas, oportunistas y moderados en el escenario tardocastrista, y han reforzado la imagen mundial del anacronismo insular.
Esta historia ocurre a más de 40 años del ¿Quinquenio? gris, pero la maquinaria totalitaria sigue intacta, y los comisarios culturales siguen mostrando igual celo y agilidad en reprimir todo lo que consideran «fuera de la revolución». La represión y la intolerancia han mutado sus genes y ante cualquier desvío de la línea oficial, su ADN les ordena saltar y matar; ¡tremendo, eh!
Los oportunistas se han lanzado a degüello contra el músico porque así se quitan un contendiente para viajes al extranjero, carro con carta y otras prebendas asociadas a la generación de dólares y euros en una isla con doble moneda y crecientes desigualdades.
Silvio, el listo
Los moderados se han opuesto a la sanción de Carcassés, pero han tenido la delicadeza de ponerse a resguardo aclarando que consideran que la actitud del músico no fue correcta, y aluden a que no era el momento ni el lugar adecuado para plantear sus demandas.
Silvio Rodríguez, que además de buen compositor es más listo que el hambre, adivinó lo que podría venírsele encima al gobierno en el ámbito internacional,y se opuso a la medida. Y algo más que eso: aprovechando que Carcassés estaba en su lista de espera, lo invitó a sus conciertos por los barrios de La Habana. El primero de ellos, el pasado jueves en Santiago de las Vegas, le puso el sello reivindicatorio a la misión y le pasó la mejorana a Carcassés con un abrazo en el escenario, lo que viene a ser como una suerte de coraza protectora para el músico descarriado, al menos por ahora. No olvidemos que el espía Antonio Guerrero, que pinta los conciertos de Silvio desde una cárcel estadounidense, no está nada contento con las declaraciones de Robertico (se entiende que Carcassés) en cuanto a la forma de elegir el presidente del país.
De Silvio Rodríguez podrá opinar lo que cada uno considere oportuno -esperemos que siempre con respeto-, pero es un cubano millonario por sus derechos de autor, que podría vivir en cualquier lugar del mundo. Ha ha preferido quedarse en la isla y alinearse ideológicamente con el castrismo, que es una opción tan respetable como la contraria.
Silvio sabe dos o tres cosas más; el mundo –incluidos los amigos de la revolución; entre los que goza de amplio predicamento- no entendería una sanción de ese calibre. En la propia Cuba la mayoría silenciosa sabría que estamos ante más de lo mismo -pobreza de miras e injusticia- y si él lanzaba un mensaje claro y ágil, facilitaría a Raúl Castro la solución de la crisis sin mayores contratiempos.
Una hija del trovador, Violeta Rodríguez Chaviano, lo pudo decir más alto, pero no más claro: “¿En qué acápite de la constitución dice que alguien no puede entrar en algún lugar? ¿Dónde está esa ley? ¿Dónde está escrito el glosario de las palabras que podemos o no decir en los medios? Roberto no ha cometido ningún delito, ni está esperando un juicio bajo prisión domiciliaria. ¿Y tampoco podemos mencionar su nombre en la TV? ¿Pero qué es esto? ¿Cómo pueden tener ese derecho?”
Cuestionamientos de familia
Si en la propia familia de Silvio Rodríguez hay opiniones diversas y llena de matices sobre el asunto, imaginemos en toda Cuba, incluidas las familias de los altos cargos castristas, la diversidad de criterios que ha desatado la torpeza secular de los censores.
La brutalidad contra Carcassés coincidió temporalmente con dos hechos que refuerzan la imagen del castrismo como sistema cerrado: no aceptación de las recomendaciones de Naciones Unidas sobre libertad de expresión, y el intento de sabotear una intervención de la viuda de Oswaldo Payá, Ofelia Acevedo, ante el Comité de Derechos Humanos de la propia institución.
En un momento en que hasta el Vaticano está abriendo puertas y ventanas para que se ventilen los dicasterios y demás instituciones, La Habana aparece como sancionadora de un músico que dijo en voz alta lo que muchos piensan en privado tras 54 años de dictadura militar.
Pero lo más terrible de todo el incidente es que Cuba refuerza su condición de hazmerreir en un mundo que ha evolucionado y donde muchos ciudadanos no entienden que se censure a un cantante porque exprese ideas contrarias a las de un gobierno. Casi toda la generación beat norteamericana se opuso con fuerza a la guerra en Viet Nam, pero ni siquiera el Pentágono movió un dedo para separarlos «indefinidamente del sector».
Peticiones muy simples
¿Que pidió Robertico Carcassés? Acceso a la información para tener su propia opinión; elegir al presidente de la república mediante voto secreto y directo; que regresen los cuatro espías cubanos condenados y presos en Estados Unidos; que se acabe la absurda división entre militantes y disidentes; que acaben el bloqueo y el autobloqueo; recordó que aún no le han asignado un carro que pagará en dólares y la enigmática liberación de María, que no sabemos si se refiere a una amiga o a la marihuana.
Salvo en Corea del Norte, manicomio endogámico y hambriento, el resto de naciones -aunque con matices- siguen sin entender que la norma cubana establezca sanciones para quien pida cosas tan simples y normales como las que pidió Carcassés en lugar y momento inapropiados, siempre según los guardianes de la doctrina de la fe castrista.
Guardianes que -junto a los oportunistas y moderados- prefieren obviar el detalle que el gobierno cubano organiza conciertos con artistas y orquestas populares para hacer campaña política en favor de sus intereses, pagados por una economía exhausta, y en medio de epidemias de dengue y de cólera.
¿Qué hay de negativo en sustituir el monólogo totalitario de 54 años por un diálogo respetuoso entre todos los cubanos? Aunque parezca obvio, nadie puede tener la razón en todo durante medio siglo y, si así fuera, ello no le da derecho a condenar las discrepancias.
Inquisición del siglo XXI
Mientras los que mandan y lo que ejecutan sus órdenes no comprendan que en la mayoría de los países del mundo no hace falta mostrar fidelidad absoluta, ni siquiera simpatía con el gobierno de turno, para trabajar con honradez y disciplina en cualquier ámbito, incluida la cultura, Cuba seguirá siendo un muestrario absurdo de la Inquisición en pleno siglo XXI.
De confirmarse la anulación total y efectiva del atropello contra Robertico Carcassés -recuérdese que le han permitido actuar en escenarios, pero el veto en la radio y la televisión cubanas sigue vigente al momento de redactar estas líneas- al menos esta vez debemos alegrarnos de que la «rectificación de errores y tendencias negativas» no haya tardado 27 años.
Habrá que estar atento, no vaya a ser que ocurra como con The Beatles, Julio Iglesias, o José Feliciano, que luego resultó que nadie los había prohibido, pero dejaron de sonar en todas las radios y televisiones cubanas, en un silencio absoluto que debió ser obra del Espíritu Santo o de los enemigos de la revolución.
Enemigos que deben ser casi tantos como las penas que se atropellan; y por estos senderos de injusticias y marginaciones quizá no sabremos nunca porqué Celia Cruz, por ejemplo, cantó y bailó la salsa que Cuba nunca escuchó.