Pelota sin miedo: Martín Dihigo y otras memorias indóciles del beisbol cubano

Aquí se habla de béisbol y también de libertad, de memoria, de justicia. La pelota, como la vida, solo tiene sentido si se juega sin miedo. La pelota cubana merece ser contada desde todos sus ángulos, también desde sus sombras.

Por Gilberto Dihigo

Ante todo quiero explicar que Beisbol, política y sueños rotos en Cuba nace como un acto de memoria, de justicia y de desafío, No es un libro académico, pretende ser un texto de reflexión, de sugerencias para pensar. No solo recopila mis trabajos periodísticos escritos a lo largo de años, sino que propone una lectura distinta del béisbol cubano: una lectura que incluye el juego de la política dentro del deporte y que no teme mirar debajo de la alfombra del discurso oficial y se atreve a hablar del alto precio humano que ha pagado el béisbol cubano en nombre de una ideología.

Inicié por Martín Dihigo (1906-1971) no por sentimentalismo, sino por deuda. Porque él representa todo lo que el poder trató de negar: talento, dignidad, independencia y grandeza. El régimen revolucionario borró su nombre de la historia deportiva oficial, silenció su legado, lo marginó por haber sido símbolo de una Cuba abierta al mundo, profesional y diversa. Su exclusión no fue solo personal, fue simbólica: una advertencia para todos los que soñaran con destacarse con rebeldía dentro del control del Estado.

Martín Dihigo, el Maestro, el más completo de todos los peloteros cubanos, fue sepultado en vida por una narrativa que solo admitía héroes dóciles. Y en ese borrado comienza la lista de injusticias que abordo en este libro. Por eso le rindo homenaje en los primeros capítulos, como quien enciende una luz antes de internarse en un terreno oscurecido por el miedo y la censura.

¿Cuántos atletas de excelencia vieron truncadas sus vidas deportivas porque decidieron pensar distinto, porque soñaron con jugar sin permiso, porque no aceptaron la camisa de fuerza ideológica que se impuso desde 1961? ¿Cuántos talentos fueron sacrificados en nombre de una pureza revolucionaria que solo existía en los discursos? ¿Cuántos “Dihigos” silenciados, cuántos campeones anónimos se esconden en las estadísticas de una liga amputada por el poder?

Eso nunca lo sabremos; solo queda en el dolor de quienes sobreviven en estos tiempos y se dicen con firmeza en su fuero interno: ¿Yo pude estar en Grandes Ligas y la realidad de no estar los entristece.

Martín Dihigo, miembro del Salón de la Fama de Grandes Ligas desde 1977.

A lo largo de estas páginas se habla del béisbol, sí, pero del béisbol controlado políticamente sobre los atletas, del uso ideológico del deporte, la falsa dicotomía entre amateurismo y profesionalismo, del exilio forzado de cientos de peloteros cubanos, y de cómo la revolución —que prometió dignificar al hombre— terminó frustrando las vidas deportivas de excelencia de tantos hombres que solo querían jugar libremente.

Desde la figura de Dihigo hasta las crónicas recientes de jugadores expatriados o silenciados, este libro intenta ofrecer una mirada crítica, distinta, a contrapelo de la versión oficial. No busco convencer a nadie, solo abrir preguntas. Preguntas que importan, sobre todo, a quienes aman el béisbol no como fetiche nacionalista, sino como expresión de libertad, de talento y de humanidad.

Escribí estos textos a lo largo de muchos años, en distintos lugares, pero con una obsesión constante: narrar lo que tantos han preferido callar. Porque si algo ha caracterizado al béisbol cubano en las últimas décadas no ha sido solo la pasión o el talento —que nunca faltaron— sino la censura, la marginación, la frustración de cientos de carreras que pudieron haber sido grandes y que fueron condenadas al olvido por el dogma fidelista.

Foto de la última aparición pública de Martín Dihigo durante la inaguración de la Serie Nacional de 1968, en el estadio Victoria de Girón de Sancti Spíritus. A su lado el lanzador José Antonio Huelga. Foto: CF.

Beisbol, política y sueños rotos en Cuba no busca dar lecciones. Busca hacerse preguntas. Y si logra que un lector, un investigador, un joven curioso o un amante de la pelota se detenga a pensar en todo lo que pudo ser y no fue, entonces su propósito estará cumplido.

Aquí se habla de béisbol, sí, pero también de libertad, de memoria, de justicia. Porque la pelota, como la vida, solo tiene sentido si se juega sin miedo. La pelota cubana merece ser contada desde todos sus ángulos, también desde sus sombras. Este es mi intento de hacerlo, guiado por la memoria de mi padre y por la voz silenciada de tantos.

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