Entre los esclavos traídos forzosamente a Cuba bajo el sistema de la trata se encontraban los identificados como carabalíes, quienes, alrededor de 1836, introdujeron en el archipiélago el culto abakuá. Aunque muchos, incluso desde adentro, así lo consideren, la Sociedad Abakuá no es “secreta”, sino críptica: cerrada, con actividades exclusivas para los iniciados —que ocurren dentro del fambá o cuarto sagrado—, y públicas —donde participan numerosos asistentes, mujeres incluidas. Mucho más abierta que el resto de las expresiones sociorreligiosas cubanas de origen africano, la Sociedad Abakuá fue secreta en sus inicios por las propias exigencias del sistema, en una sociedad colonial y esclavista, donde los portadores culturales preferían actuar subrepticiamente.
El doctor en Comunicación y en Antropología Ramón Andrés Torres Zayas explica que el tópico de la presencia femenina obedece a las condiciones de surgimiento Abakuá, en una etapa en la que se introducían más hombres que mujeres para labores de la construcción, la agricultura y trabajo en los puertos: “Hablamos de una organización colectiva que necesita como mínimo trece personas para su funcionamiento, —y que luego va in crescendo —(…), indispensables a la hora de constituir una tierra, potencia o juego, que es como se le llama a cada entidad».
En el Calabar, al sudeste de Nigeria, y su limítrofe Camerún, existen sociedades masculinas, femeninas y mixtas; sin embargo, aquí no se tenía la cantidad de mujeres imprescindibles para crear potencias al estilo africano y esa fue la razón fundamental por la que ellas quedaron relegadas. Los mitos e imaginarios se construyen luego para apuntalar tal o más cual actividad, sostiene el antropólogo.

Según Torres Zayas, en la región del Calabar —hasta donde se sabe— se desconoce el mito de Sikán. Si bien existen otras leyendas que, de una u otra manera, en mayor o menor medida pudieran restringir la participación femenina, en realidad esa narrativa excluyente parece ser una construcción criolla que ha perdurado hasta nuestros días. A riesgo de pecar por insuficiencia de datos, esa es la razón primordial por la cual quedó relegado el mal llamado “sexo débil”, cuya subordinación ha seguido reproduciéndose en una sociedad patriarcal, machista y adultocéntrica que, sin duda, continúa siendo la cubana.
De cualquier manera —esto no justifica su ausencia dentro del ritual—, ellas participan en las conmemoraciones, a algunas se les declara “madrinas” de determinados juegos, son muy bien tratadas en los plantes y no se les niega su entrada, por supuesto, con la limitación de que no pueden ser abakuá.
María Teresa Vera no era abakuá, por tanto, no podía irrespetar aquello a lo cual no estaba afiliada, ni mucho menos comprometida. En todo caso, ella debió haber recibido la información de otra gente, que sí estaba violentando o desconociendo la palabra empeñada. Desde luego, estamos analizando el fenómeno a la luz del siglo XXI, cuando los abakuás son más flexibles y aun así todavía encontramos ortodoxos que encuentran irrespetuoso que un no miembro entone un enkame, baile como un íremeo diserte sobre el tema. Imaginemos hace cien años, cuando la institución estaba expuesta a los vaivenes de un poder hegemónico, perseguida, ignorada y mal tratada.
Entonces quien se atreviera a insinuar algo sobre la entidad, describiera un atributo o hablara “en lengua” fuera del espacio sagrado, se podía considerar una profanación. Una de las consecuencias de aquel “atrevimiento” de María Teresa fue la suspensión de Ignacio Piñeiro de su juego Eforí Nkomó, en el que lo tenían propuesto para ocupar una plaza. En realidad, él había sido el verdadero autor de ambas composiciones—“Los cantares del abakuá” y “En la alta sociedad”— y no María Teresa Vera.
“No puedo dar fe de que esto último sucediera o constituyera parte del mecanismo intimidatorio para mantener alejadas a personas ‘indiscretas’, fuera mujer u hombre, menos para una mujer tan temperamental como María Teresa, quien sabía a lo que se estaba exponiendo. Creo que Vera es parte de un proceso. Antes de ella ya estaban posicionándose creaciones abakuá en el interior de los cabildos, en el barrio, en los carnavales. Pero indiscutiblemente a ella le tocó vivir un momento único. El contexto hay que analizarlo cuando se van a emitir juicios tan peligrosos. En la década de 1920 se da un gran salto en Cuba: la irrupción de la radio», señala Torres Zayas.
El nacimiento de la radio en Cuba contribuyó en gran medida a la difusión de creaciones que, hasta entonces, carecían de esa posibilidad. María Teresa dirigía un coro de clave, al cual pertenecía Piñeiro, cuya historia no ha sido lo suficientemente estudiada. En esos coros, al menos en La Habana y Matanzas, había muchos abakuás que marcaron el acontecer musical con su impronta; en cambio, no quedaron grabaciones porque el registro estaba en ciernes. Entonces sí puede dársele el mérito a Vera por haber aprovechado el espacio y dejar constancia de su quehacer. Su amistad con Ignacio Piñeiro debe haber influido poderosamente, incorporándole cierta legitimidad. Por eso no podemos olvidar el contexto”, recuerda Torres Zayas.
Lo que sí resulta incuestionablees que María Teresa Vera marcó un antes y un después en la música popular cubana, ya sea por su genialidad artística, porque logró aglutinar a un grupo de hombres que le apoyaban e incluso la defendían, o porque filtró una manera de hacer que otros descuidaban, bien por no confiar en las potencialidades de esas nuevas tecnologías, o por no haber tenido las oportunidades que se le presentaron a ella.
Este artículo es un fragmento tomado del libro Veinte años y más. María Teresa Vera (1895-1965) publicado por el sello editorial Roque Libros y disponible en Amazon.