
La Habana, al igual que la mayoría de las ciudades cubanas, es sofocante por algo más que el calor del trópico.
Sus edificios, a excepción de los pocos puntos de referencia bien conservados que encontrará en las tres o cuatro cuadras de las que rara vez pasan los turistas, sugieren sueños arrasados por las bombas nucleares. Las calles están llenas de gente, un vendedor ambulante en cada esquina, un espía en cada ventana. Las mujeres acuden al mercado negro cuando sus familias han agotado las raciones de alimentos. Los hombres cantan mientras caminan, como si les cantaran a los fantasmas de los gringos que entretenían en los clubes de antaño. En torno a ellos, los turistas compran más puros y recuerdos del Che. El miedo y el resentimiento está en el aire, y la gente, como moscas atrapadas en ámbar, constantemente pide ayuda, algunos incluso una salida.
Lucy Mulloy es una turista, pero ella entiende la compleja situación sociopolítica de La Habana mejor que la mayoría. Con un acceso increíble y sin precedentes para rodar en la ciudad, la cineasta de Nueva York utiliza un pequeño ejército de actores no profesionales, los peones mismos de la revolución de Fidel Castro, para contar la historia de tres adolescentes desilusionados que tomaron la fatal decisión de dejar su patria para hacer el peligroso viaje de 90 millas de La Habana a Miami, con nada más en sus espaldas que la ropa y un saco lleno de comida robada. Así como el filme revela de forma realista la ciudad más grande en el Caribe como un laberinto de historia y descontento, transmite la lucha de sus personajes para facilitar su escape de la isla prisión como un rompecabezas armado desesperadamente a partir de un baturrillo de piezas mal ajustadas, algunas robadas, otras adquiridas a través de trueque.
Un punto de no retorno
La atención de una feroz Mulloy a una pesadilla logística muy específica ilumina la locura de la revolución cubana. Los intentos por parte de Elio (Javier Núñez Florián) y su amigo Raúl (Dariel Arrechada) para armar su balsa son a la vez tristes y cómicos, lo que describe con precisión la vida cotidiana en Cuba. Esto está muy bien articulado en una escena particularmente cargada, en la que Elio cambia su bicicleta por un motor que ni siquiera prueba, en parte por descuido, y también porque el tiempo ya no está de su lado. Cuando toma la decisión de robar comida del trabajo, en una escena que sutilmente revela hasta qué punto el gobierno cubano vigila a su pueblo, se entiende que Elio -al igual que Raúl, quien ahora está en fuga por herir inadvertidamente a un turista que la madre prostituta llevó a su casa destartalada- ha llegado a un punto de no retorno.
Una Noche arroja luz sobre el fenómeno de los balseros, sin reflejarse a sí mismo en la política, tales como las discusiones sobre la política de «pies secos, pies mojados». Teniendo en cuenta la astucia por parte de Mulloy, resulta desafortunado que esta película tan novedosa se vea comprometida por algunos movimientos de principiantes, en particular la atroz y dramática narración entrecortada de Aris Mejías desde el punto de vista de la hermana gemela de Elio, Lila (Anailín de la Rúa de la Torre). A diferencia de la voz conocedora que nos guía a través de Soy Cuba [Mikhail Kalatozov, 1964], la narración de Una Noche es escasamente poética, y rara vez une las vicisitudes de los tres personajes de la película, sobre todo articulando asuntos que fácilmente podrían haberse contado de forma visual, y que parece que existen sobre todo para reforzar la no-historia de Lila. Mientras se sienten con fuerza las particulares razones que tienen Elio y Raúl para salir de Cuba, poderosamente insinuadas en la selección del personaje de Elio, las de Lila no lo son, ella es sólo una chica que sorprende a su padre en una trampa y no quiere separarse de su hermano.
Hermanos en el sexo y la política
Peor aún, y esto es a pesar de su representación de los destellos de alegría en la gente en Cuba, a pesar de sus duras circunstancias cotidianas, es la descripción escabrosa que hace Mulloy de la carnalidad. Más allá de los hombres casados que se acuestan con otras mujeres y las bromas contra los homosexuales que incluso hace blanco del mujeriego Raúl, el sexo es tratado como un recurso narrativo: por un pedazo de pastel y una cámara digital, Raúl le permite a una mujer mayor que le chupe la boca, se aprovecha de que el padre de su novia está teniendo relaciones sexuales con el fin de robarle el GPS y, aunque es perseguido por la policía, se toma un respiro para tener sexo con una muchacha feliz de hacerle una trampita con tal de sentir su pene. Incluso en el hospital, donde Emilio va a escondidas a buscar medicamentos contra el SIDA para la madre de Raúl y suministros para el viaje, una enfermera calienta al muchacho a manera de ardid mientras un guardia se les aparece.
Para este crítico, que una vez hizo la misma ruta de Elio, Raúl y Lila hacia la libertad, aunque bajo circunstancias más controladas, Una Noche tiró de mis fibras sensibles, pero la fijación casi fantasmagórica de la película en el sexo puede percibirse como insensible y deshumanizante. No es suficiente que Elio huya porque está en el closet, que la decisión de Raúl de irse sea sellada por una transacción sexual que provocó que un turista herido, y que el afecto de Lila por su hermano bordee lo incestuoso -incluso la partida y el viaje en las aguas entre La Habana y Miami están marcados por el sexo: antes de que el trío parta, un adolescente blanco de aspecto enfermizo corta los dientes de un pez para utilizar el animal como ayuda de masturbación, mientras le miraba el trasero a Lila, y una vez en el mar, Raúl pasa más tiempo «dándole» a Lila que remando. A favor de Mulloy, debe apuntarse que no incrementa de forma gratuita la tensión del viaje (al menos no en la medida en que estetiza, de una manera que recuerda a Slumdog Millionaire y The Texas Chainsaw Massacre, la sordidez de la vida de Raúl), y a través de un par de espléndidas y conmovedoras confesiones -una, un beso, y otra, una especie de propuesta- casi que justifica la obsesión con la vida sexual de sus personajes, lo que sugiere que los cubanos, en materia de sexo y política, están unidos como hermanos.
Una Noche. Director: Lucy Mulloy. Guión: Lucy Mulloy. Reparto: Dariel Arrechaga, Anailín de la Rúa de la Torre, Javier Núñez Florián, María Adelaida Méndez Bonet, Greisy del Valle, Katia Caso González. Duración: 86 min. Calificación: NR. Año: 2012
* Ed González es fundador y crítico de la revista digital Slant. En esta reseña analiza la película de Mulloy que ha centrado la atención de la prensa estadounidense tras la estampida de dos de los protagonistas, que viajaron a Estados Unidos para participar en el Festival Tribeca de Nueva York. González nació en Guantánamo y a los cuatro años salió con su familia de Cuba durante el éxodo del Mariel. Agradecemos a González la oportunidad de publicar este artículo en CaféFuerte, inicialmente aparecido en Slant.
Traducción: CaféFuerte