Este sábado 13 de junio falleció en La Habana Monseñor Silvano Herminio Pedroso Montalvo, obispo de la Arquidiócesis de Guantánamo-Baracoa. Se fue casi de repente, se fue casi joven. Enfermó a inicios de 2026 y se despidió con 73 años, cuando aún le quedaría mucho por hacer.
Geógrafo además, por formación civil y por breve experiencia prrofesional. El único obispo geógrafo en la historia de Cuba, el único que sabía de mapas y de geosistemas.
Había nacido en Cárdenas, Matanzas, el 25 de abril de 1953, y se graduó como Licenciado en Geografía por la Universidad de La Habana en 1979. Trabajé cerca de él en el Instituto de Geografía a inicios de la década de 1980. Por algunas semanas estuvo sentado frente a mí en nuestro cubículo del tercer piso. No levantaba la vista unas matrices que estaba haciendo sobre un tema del turismo y los paisajes, algo que entonces estaba de moda y que el tiempo se encargó de borrar. A veces nos preguntaba sobre geomorfología. Hablaba con voz muy baja, con un lenguaje correctísimo sin ser rebuscado, vestía de modo sencillo e impecable, era afable, respetuoso y natural. En su mesa mantenía un orden ejemplar. Silvano era puro contraste con el alboroto cotidiano, donde a media mañana lo mismo rompía una risotada por un chiste clandestino de Álvarez Guedes que se anunciaba a gritos un café o un pan con mantequilla (sí, a inicios de los 80 eso era posible).
Después se graduó y lo mandaron a Las Tunas a trabajar en Planificación Física. No supe más de él hasta que me dijeron que en 1995 se ordenó de sacerdote, y en 2018 lo hicieron obispo y le encomendaron la Arquidiócesis de Guantánamo-Baracoa, donde tomó posesión el 9 de junio de 2018.

Alguien me facilitó entonces su correo electrónico y le pedí una entrevista para la revista CubaGeográfica que nunca llegó a darse. A Monseñor Silvano le habían entregado la parcela más remota, pobre y difícil de Cuba, de población dispersa, baja accesibilidad, pocos templos y menos curas. Dicen que fue a vivir para allá sin quejarse, no sé si contento, pero al menos orgulloso. No hay mejor manera de describirlo que con las propias palabras del padre Silvano en un correo de Navidad que me escribio el 29 de diciembre de 2018 y que ahora comparto:
«…He celebrado en comunidades muy pobres, incluso en el patio de alguna casa o debajo de un árbol en sitios donde no hay templos religiosos todavía, con personas muy humildes pero felices. Hemos tenido comidas de Navidad, obras de teatro con niños del campo y también de los pueblos y en la catedral de Guantánamo se presentó un espectáculo sobre la Navidad con muy buen gusto y profesionalidad, con artistas profesionales de la provincia (músicos, bailarines y cantantes líricos), además de algunos jóvenes de la comunidad. También fue para mí muy enriquecedor por primera vez en mis años de sacerdote visitar dos cárceles de la provincia, una de mujeres y otra de hombres y celebrar allí con algunos reclusos la Navidad. Definitivamente “el Señor ha estado grande conmigo y estoy alegre”.
Ese mensaje entonces me conmovió y ahora, cuando lo rescato después de su muerte, me vuelve a sacudir.
¡Cuánto habrá visto y sufrido Silvano en esas lomas de gente invisible! No lo podremos saber ya porque parece que sus memorias se fueron con él.
¡Qué contraste con la vida y la obra de ciertos panzudos que medran en la miseria con su discurso y figura obscena!
El pasado abril hicimos nuestra enésima visita familiar a San Agustín, Florida. Fuimos a la Catedral Basílica de San Agustín donde el venerable padre Félix Varela vivió y murió en 1853. Para mi sorpresa, una señora norteamericana que allí se ocupa de la tiendita de souvenirs, cuando se enteró de que yo era cubano, me tomó de la mano para llevarme al sitio exacto donde apareció su cadáver sobre la tierra en un rincón del jardín junto una la puerta secundaria. Mi sorpresa fue por la manera con que esta señora –de unos buenos 70 años– me hablaba con todo lujo de detalles del padre Varela con la pasión y emoción propias de quien aún está afectado por una muerte reciente, como si no hubieran pasado 173 años, como si fuera cosa de nuestra generación.
Ojalá al padre Silvano se le recuerde así, al menos entre la gente invisible de las lomas de La Farola, de Baracoa y La Asunción, de Maisí al Diamante y Caimanera, del Purial al Toa.
Monseñor Silvano Pedroso se fue cuando Cuba transita por el peor momento de sus 500 años de historia, justo cuando su carácter haría más falta para ayudar a que salgamos de este trance fatídico de nuestra nación.
Su lema episcopal fue «Ámense como yo les he amado», recordó la nota de obituario, emitida por la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.
Como me comentó anoche la geógrafa cubana Laura González Otero: «…doy gracias porque ya descansó de tanto dolor y él ahora intercede allá arriba por Cuba y por nosotros…»
Si funeral transcurrió en la tarde del sábado en la parroquia de Santa Catalina de Siena, en el Vedado, y luego fue sepultado en el Cementerio de Colón en La Habana. A sus familiares, a la querida Iglesia cubana, a los guantanameros y a sus colegas geógrafos, el más sentido pésame.
Gracias, padre Silvano.
* Armando Portela obtuvo un doctorado por el Instituto de Geografia de la Academia de Ciencias de Rusia. Fue redactor e ilustrador de CubaNews en Miami y por 27 años editor de El Nuevo Herald (2000-2026). Es director fundador de la revista CubaGeográfica. Reside en Miami.