Serie Mundial, juego 7: Los Dodgers encienden las luces del planeta

En un partido tenso y desbordado de emociones, los Dodgers de Los Ángeles derrotaron 5x4 a los Azulejos de Toronto en una batalla de 11 innings para titularse como campeones por segundo año consecutivo.

Toma a veces demasiado tiempo, incluso el paso de una generación, para poder presenciar una Serie Mundial con tanta clase, aliento competitivo y espectacularidad. Más improbable aún que transcurra con juegos tan sensacionales y únicos como los que nos regaló el Clásico de Otoño 2025.

Fue un desbordamiento, un terremoto de béisbol. La esencia inconfundible de Grandes Ligas. Debemos sentirnos privilegiados en haberlo vivido y poder contar, jugada por jugada, emoción tras emoción, esta épica victoria de los Dodgers de Los Ángeles en la casa de los Azulejos de Toronto, 5×4, en noche de gloria para ambos contrincantes.

Era difícil imaginar que, tras un juego maratónico de 18 innings, una gema monticular de ruta completa de Yoshinobu Yamamoto yun sexto juego convertido en un espectáculo de dramáticos virajes y rarezas beisboleras, habría un séptimo partido que nos reservara tanto dramatismo, tanta destreza deslumbrante de los equipos en porfía.

Pero así resultó. Shohei Ohtani fue la designación de Dave Roberts para abrir por los campeones. En la trinchera opuesta se alistaba el veterano Max Scheizer en el último juego de su carrera, con 41 años y un viaje seguro al Salón de la Fama. Scheizer, que tiró 4.1 entradas y dejó a su equipo ganando, se convirtió en el abridor de mayor edad en un juego 7 en la historia de Grandes Ligas.

A Ohtani no le fueron las cosas del todo bien. Tuvo problemas con la colocación de sus lanzamientos y para el tercer inning, cuando los Azulejos le marcaron tres carreras con un largo jonrón de Bo Bichette, a 442 pies, era el justo momento de aplicarle la grúa. El desgaste físico que ha tenido el astro japonés, por muy sobrenatural que pueda parecer su imponente organismo, termina pasando la cuenta al cabo de una temporada que sumó para él 179 partidos.

Los Dodgers descontaron una en el cuarto capítulo, que no resultó más productivo gracias a la gran defensa de los Azulejos, y luego se pegaron con otra anotación en el sexto, por fly de sacrificio de Tommy Edman con Mookie Betts en tercera. Pero los Azulejos no perdieron tiempo para volver a desmarcarse con hit de Ernie Clement, robo y tubey impulsor de Andrés Giménez.

Así parecía encaminarse la victoria de Toronto cuando faltaban apenas seis outs para cumplir la hazaña.

Pero Max Muncy, en noche grandiosa de tres hits, desapareció la pelota en el octavo inning frente al novato dorado Trey Yesavage. El juego se ponía chiquito de nuevo.

En la parte baja del octavo, los Azulejos desaprovecharon facturar la carrera que pudo haberles otorgado la Serie Mundial, La entrada abrió con doblete de Clement (Por cierto, Clement estableció récord de hits para una postemporada de Grandes Ligas, con 30), pero Roberts trajo al zurdo Blake Snell de relevo y esta vez resolvió la complicación, ayudado con un fildeo de Munchy de puro reflejo para llevarse un lineazo de Giménez.

Y llegó el noveno, con Jeff Hoffman decidido a sacar los tres últimos outs que pondrían a los Azulejos en la cima del mundo después de una espera de 32 años. Las estadísticas estaban incluso a su favor. Los Dodgers acumulaban balance negativísimo de 2-65 en esta temporada cuando llegaban al octavo inning detrás en el marcador.

La entrada empezó con un ponche a Kike Hernández para el out 25. El Rogers Centre era una ebullición innombable, mientras el champán aguardaba ya dispuesto en la sala de celebración.

Pero los Azulejos no contaban con el bate de Miguel Rojas, quien en conteo completo disparó un batacazo que fue a parar al graderío del jardín izquierdo para silenciar las esperanzas de los anfitriones y decretar el destino de la noche.

A partir del empate, cuatro rostros guiaron el rumbo de los Dodgers hacia el campeonato. El propio Rojas, momentos más tarde, para sacar un out angustioso en home y evitar la carrera que los hubiera dejado al campo en la parte baja del noveno; una atrapada fenomenal del cubano Andy Pagés para poner fin a la amenaza rival en el décimo; el jonrón decisivo de Will Smith en el onceno; y el monumental relevo de Yamamoto, ganador del partido y seleccionado el Jugador Más Valioso de la Serie Mundial.

Lo realizado por Yamamoto es una proeza que tiene tanto de virtuosismo como de tenacidad vencedora. Habiendo triunfado la noche anterior con una actuación de seis entradas y 96 lanzamientos, el titán japonés se encaramó de nuevo en la lomita para derrochar coraje y maestría como pocos lanzadores pueden hacerlo.

Yamamoto tiró 34 lanzamientos para garantizar el campeonato de su equipo por segundo año consecutivo; algo que no ocurría desde que los Yankees de Nueva York se coronaron de manera continua entre 1998 y 2000. Al final, los Dodgers le deben tres de las cuatro victorias de la Serie Mundial. Su récord en postemporada terminó en 5-1, con un celestial promedio de efectividad de 1.45.

En la crónica anterior recordé el dato de que 14 de los 40 séptimos partidos de Serie Mundial que se habían celebrado desde 1922 se decidieron por una carrera, cuatro requirieron entradas extras y cinco terminaron con walk-offs. Eran factores que caracterizaban juegos cerrados y estremecedores, y pronostiqué que el 41 podía convertirse en otra jornada memorable, considerando la temperatura y la pasión con que ambos contendientes habían entregado por el triunfo.

Y casi que se cumplieron los tres desenlaces. No pudo haber mejor final para esta fiesta vibrante de béisbol. Afortunados que hemos sido en 2025.

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