Secuestro en La Habana: El fascismo al alcance de la mano

Testimonio de la detención arbitraria del periodista y humorista cubano Jorge Fernández Era por agentes de Seguridad del Estado, con evidencias de tortura, maltrato, despojo del carné de identidad y amenazas de hacerlo pasar por loco y drogadicto.

Por Jorge Fernández Era*

Ayer 18 de agosto salí a las 2:10 pm de mi edificio. Mencioné en una publicación anterior que, milagrosamente, no amanecí con vigilancia policial, pero, como quedó claro para mí y para mi esposa Laideliz Herrera, uno de los dos chivatos de guardia que me vigilan desde su condición de vecinos informó a sus superiores de mi partida. Tres cuadras más allá (Santa Emilia esquina a Rabí) fui interceptado por un carro patrullero que contenía a dos policías (mujer y hombre) y un agente de la Seguridad. El invicto teniente coronel Yoán, en su moto, estaba cerca. ¡Cuatro tanquistas para un perro!

Por supuesto, nunca tuvieron la honradez de aceptar que venían por mí. El procedimiento de «rutina» (solicitar el carnet de identidad), y mi cuestionamiento de por qué requerían este, fueron la justificación para que se me introdujera a la fuerza en el automóvil. Prometí que esta vez gritaría, comencé a cumplirlo desde el propio secuestro. Los vecinos de la zona pueden dar fe de que oyeron: «¡Me nombro Jorge Fernández Era! ¡Se me está deteniendo ilegalmente! ¡No he cometido delito alguno!». De más agregar que un sujeto tan peligroso debía ser esposado.

Mi primera reacción en los confines del asiento trasero —ante la previsión de lo que me esperaba en lo adelante— fue entonar con firmeza el himno nacional. En lo adelante aproveché el dilatado tiempo en el patrullero para meter un concierto de canciones de Silvio, Pablo y Carlos Varela.

En la calle Serrano y Santa Emilia se acercó Yoán a impartirle instrucciones al chofer. Le grité estentoreamente que era un HP. No privé de dicho calificativo a los demás agentes del Departamento de Seguridad del Estado, incluso cuando los tuve en el asiento trasero escoltando ambos flancos de mi anatomía, y agregué los de «sin casa», esbirros, sicarios y otros que por pudor omito. La lógica indicaba que, si eran consecuentes con la golpiza del 18 de julio por el hecho de nombrarlos cínicos y fascistas, esta vez me hicieran picadillo, pero, para bien de mi sistema inmunológico, quedó claro que tenían la orden (prueba de la «extraordinaria dulzura, generosidad, humanidad de la Policía y la Seguridad en este país») de no tocarme.

De las seis horas y media en que estuve detenido (otra filantropía: me regresaron a casa en un carro patrullero a las 8:40 pm), casi la mitad me tuvieron retenido bajo el sol dentro del vehículo. A ver, «justicieros de la Revolución», ¿no es eso tortura?

No fue lo peor: tras llegar a la Unidad de la Policía de Infanta y Manglar (la séptima del tour represivo) y las evidentes discusiones de Yoán buscando con sus jefes opciones con que equilibrar la ausencia de gaznatones, me trasladaron al policlínico Girón, en la calle Amenidad, y me condujeron a la fuerza hacia el Cuerpo de Guardia (otro logro indiscutible del sistema de salud cubano). Objetivo: hacerme un «certificado de lesiones». Fue tal el escándalo que armé, que el doctor, muy asustado, alegó finalmente que le era imposible hacérmelo, porque no contaba con modelos para ello. En el Hospital «Miguel Enríquez» parece que sí había, pues hacia allá me trasladaron.

Esta vez me mantuvieron en el carro. Un doctor de algún país latinoamericano se acercó a dos metros y me preguntó si tenía alguna lesión. Luego el policía de guardia del centro hospitalario se acercó más y me pidió el carnet de identidad. Lo responsabilicé con lo que pudiera pasarme si se hacía cómplice de expedir un certificado de lesiones antes de que esta fueran ocasionadas y sin la anuencia del afectado. Aun así, los oficiales de la Seguridad, junto al uniformado y al médico, se metieron como media hora allá dentro tramando no sé qué cosa, pues nunca se me enseñó el documento.

Lesiones hubo, sí, nunca comparables con las del 18 de julio: en el forcejeo para conducir contra su voluntad a un hombre de 62 años hacia el Cuerpo de Guardia del policlínico Girón, me apretaron tanto la esposa izquierda que me produjeron (adjunto fotos) una herida sangrante en la muñeca. A ver, defensores a ultranza de la «legalidad socialista», ¿no es esto también tortura?

En el tiempo en que duró la «atención hospitalaria», el agente Evelio mencionó, para explicar mis gritos, que yo estaba «loco» o «bajo los efectos del químico». ¿Les es difícil imaginar a los guardianes de la «inmaculada sociedad que construimos» que el posterior escenario de esta preocupación por mi estado de salud podría ser un ingreso en Mazorra, la aplicación de cualquier droga y posterior filmación de mis desvaríos, o una llamada a mi esposa para decirle que un desconocido que se dio a la fuga («sobre el cual, téngalo por seguro, recaerá todo el peso de la ley») me propinó varias puñaladas que me produjeron la muerte?

¿Exagero? Sepan mis lectores que como epílogo del recorrido propiciado por el MINSAP, el tal Evelio (un hijo de mala madre de la peor calaña), cuando regresábamos hacia Infanta y Manglar me comentó: «Qué pena, ya no tienes carnet de identidad. Vas a tener que hacerte otro». No se me devolvió nunca. Ya aparecerá en alguna escena del crimen, para incriminarme como autor de una matanza ilegal de ganado, un robo con violencia o un sabotaje contra instituciones públicas. Instauradores del «Estado de Derecho»: la desaparición de mi carnet de identidad ¿no es un delito de imprevisibles consecuencias, cometido no por mí, sino por «agentes preservadores del orden»?

En el registro que me hicieron en la unidad policial me descubrieron una grabadora que portaba conmigo. Qué lástima, hubiera sido un audio entretenidísimo que hubiera hecho las delicias del fiscal Gabriel, quien nos sugirió a mí y a Laide el 20 de mayo, en su oficina de la Fiscalía Provincial, que debíamos obtener filmaciones, grabaciones y fotos como única prueba de los «posibles» desmanes de la Seguridad del Estado. Esto es mío: si ellos pueden (ayer se explayaron con los videos; la saga de la película promete), ¿por qué no yo?

Para no hacer demasiado largo mi relato, agrego que me tocó ayer la correspondiente cuota de calabozo junto a otros tres detenidos, y que el instructor penal de esa Unidad me anunció que se me imputaba un delito de «Resistencia» (no aclaró si creativa) y una medida cautelar de reclusión domiciliaria. «¿Otra? —pregunté— ¡Pero si cumplo desde abril de 2023 una que según ustedes, la Seguridad y la Fiscalía no ha caducado!». Declara el susodicho que es legal lo de «repite y pon reclusión». Tendré, para no faltar a las dos, que encerrarme en la mitad del apartamento un día y al siguiente en la otra.

Quienes me estiman pensarán con alivio: «Excelente que a Era no lo golpearan de nuevo». Espero les quede claro que estos sucesos que narro son más graves que el daño físico que me causaron el mes pasado.

Si algo queda «certificado» con cuño indeleble es que el fascismo hace mucho traspasó nuestras puertas.

*Periodista, escritor y humorista cubano. Las autoridades le mantienen impuesta una medida cautelar con reclusión domiciliaria, sin derecho a salir del país, mientras aguarda por un proceso judicial por supuestos delitos de desobediencia y sedición.

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