Sedición: La historia oculta del estallido popular del 12-J en La Güinera

Esta investigación periodística reconstruye paso a paso los latidos de la sublevación espontánea del 12 de julio de 2021 en una comunidad que quiso cambiar su destino y enfrentó la más feroz represión del régimen cubano.
Ilustración: Café Fuerte.

El inicio

En el principio fue la basura. Unos años después se convertiría en tendencia en todo el país, pero en el barrio habanero La Güinera, desde la pandemia en 2020, ya la basura se acumulaba por días y hasta semanas en las esquinas sin que nadie se acordara de ella. Cuando se consideraba demasiada la suma de desperdicios alrededor de los latones repletos, entonces venían perezosos camiones de Comunales a recogerlos con palas, dejando el espacio fangoso y mugriento en las aceras, que es signo de que han quitado la basura sin barrer. Así quedaban los latones vacíos en el barrio, esperando la próxima vez que las instituciones se acordaran de La Güinera para limpiarla.

“Así estos acusados llegaron al lugar conocido por el ‘Basurero’ (…) con la intención de integrarse y formar un grupo numeroso, que trasmitiese la idea de un estado de inconformidad generalizada” (Expediente Fiscal Preparatorio/ EPF 145-21) —reconoce con distracción la Fiscalía cubana sobre los hechos ocurridos el 12 de julio de 2021. Aunque, en puridad, ese día, entre las 3 y las 4 de la tarde, Odet Hernández Cruzata, su esposo Reynier Reynosa Cabrera y seis amigos más habían ido primero al fondo de la Avenida Rosario y después regresado, se puede decir que, por una vez, la desatención de la Fiscalía no implica error y que la verdadera protesta del 12 –J en La Güinera empezó allí: cuando volvieron con más acólitos y se reunieron en el cruce de calles que la gente llamaba “El Basurero”, antes de emprender la marcha hacia la avenida.

Con los humildes y para los humildes

Todos los días del mundo, Odet tenía que lidiar con aquello en la esquina de su casa. La intersección entre las calles Avenida Rosario y F conforma un triángulo que, inmediatamente después del 12 de julio de 2021 las autoridades convirtieron en una diminuta plaza, pero que antes estaba presidido por latones cuyo entorno constituía la acumulación de porquería más grande del barrio. Cada mañana, antes de empezar su trabajo como estilista facial y manicure, Odet debía llevar a la niña a la escuela bordeando la basura. Cuando llovía y el agua se acumulaba allí, debía cargar a la criatura para que no hundiera los pies en el fango roñoso que se creaba. Porque ese es uno de los tantos problemas de los barrios construidos sin plan urbanístico: el agua corre y se acumula donde le da la gana.

Poco a poco, a partir de una urbanización precaria, que tiene algunas zonas de asentamiento espontáneo en las afueras de La Habana, se fue creando La Güinera, barrio de desheredados de toda la vida, que se han tenido que hacer ellos mismos como han podido. Todavía en 1988, las cámaras del Noticiero ICAIC de Santiago Álvarez registraban las líneas de casas de madera que rodeaban y poblaban la comunidad. En la pantalla del ICAIC se veía también el entusiasmo, porque, por ese entonces, el gobierno cubano inauguraba uno de sus proyectos de desarrollo social llamado Talleres de Transformación Integral de Barrios (TTIB), y había elegido a La Güinera y los barrios de Atarés y Jesús María como el inicio experimental por su “condición de vulnerabilidad, dada por los problemas en la calidad de las viviendas y otros problemas sociales (…)”, como explica el informe “Algunas experiencias de desarrollo local y comunitario en Cuba”. El reporte añade que La Güinera, a diferencia de los otros barrios, “se sitúa en la periferia, por lo que a los problemas ya señalados se adiciona la precariedad de los servicios básicos” (p. 9).

Proyectos de microbrigada en La Güinera en los años 80.

Como podrá suponerse, la presentación teórica del proyecto fue muy superior a la deficiente práctica. Como mayor logro se puede citar la media docena de edificios que se construyeron con mano de obra local, según el Plan de “Microbrigadas”. Pero no más. La evolución integral de la barriada nunca se consiguió y la mayoría de los habitantes tuvieron que fabricar sus casas con recursos propios. Por eso se ve tanta fachada sin terminar, tanto portón de metal oxidado, que más que proteger parece que quiere ocultar de la vista las viviendas. Los propios datos oficiales del Censo Nacional de 2012 registran que solo el 5.35% de las casas de La Güinera se encuentran “en buen estado”, mientras que el 66.4% las anota en “mal estado” y el 28.24% clasifican como “regular”.

Es así que en 2021 La Güinera pasaba por un especial mal momento. Como todo el país, sus habitantes sufrían los efectos de la pandemia, la falta de dinero, de medicinas, el colapso de los hospitales. Sin embargo, a esta comunidad le afectaba particularmente el encierro: como el salario no alcanzaba ni para comer, allí se acudía a maneras informales de comercio y servicios.

 “La Güinera es un barrio de negocio”, se oye decir con frecuencia en la calle, refiriéndose al  intercambio informal con que sobrevive la gente allí. Pero el trasiego necesitaba de rutas y de suministros y en 2021 el barrio contaba con una sola tienda en Moneda Libremente Convertible (MLC)  que no podía suplir sus necesidades. Por eso, muchos habitantes se levantaban temprano y emprendían el camino a la ciudad, para, después de una jornada de infinitas colas, regresar a casa con algún manojo de productos que podrían revender al día siguiente.

Pero que La Güinera sea “un barrio de negocio”, no solo describe las relaciones económicas informales que imperan entre sus habitantes, sino que condicionan un sentido más amplio de la vida, separada de las normas oficiales y la autoridad. No es difícil sentir, Güinera adentro, que se ha accedido a una especie de naturaleza agreste con reglas muy distintas a las escritas “allá afuera”, como si se atravesara un telón que conduce a una dimensión social distinta, que algunos llaman el “underground”.

En este tipo de barrios marginados, los habitantes suelen tener un especial sentido de pertenencia que, en La Güinera, se multiplica por las características de aislamiento que comparte con un pueblo de campo, rodeado de monte por casi todas partes. Aquí la gente suele llamarse por su nombre porque estudiaron en la misma escuela o fueron a las mismas fiestas. Esa solvencia arrabalera y esa separación social estimulan aquello que los cubanos llamamos “la rutina” o “el aguaje”, estilo típico de barrio, y que no es más que el orgullo de sentirse en control de un espacio propio, deliberadamente o no, olvidado por el resto del mundo.

Los héroes 

“Héroe es cualquiera —oí decir una tarde a un veterano de la Sierra Maestra que era más bien parco, pero que ese día le había dado por hacer historias. El que menos tú te esperas, el muchachito que va pasando por la esquina, de pronto hace una acción heroica a la hora de la verdad, en medio de la balacera”.

Durante años esa verdad podía ser un referente triste, como las historias de las sucesivas luchas libertarias del pueblo de Cuba en el pasado. Décadas de silencio y fugas sin retorno fabrican el convencimiento de nuestra cobardía —no es improbable que la acción propagandística oficial haya estimulado esta especie: “El cubano no se rebela, el cubano es dócil”. Una de las ganancias de los días 11 y 12 de julio de 2021 fue la refutación de ese mito. Sólo que no se ha sabido.

Después de cometer el acto heroico, con la misma naturalidad con que se trabaja, estos protagonistas han vuelto a confundirse con la gente del barrio —los que han podido salir de la prisión, otros siguen cumpliendo su condena, en el olvido. Uno de ellos, Luis Miguel Oña Jiménez, falleció la pasada semana tras ser excarcelado bajo una licencia extrapenal solo días antes de su muerte, afectado por una isquemia que lo dejó en condiciones precarias en la cárcel. Tenía 27 años.

La realidad que protagonizaron hace cinco años, sin embargo, se pareció a la épica que nos falta.

Corría un aire distinto en La Güinera el lunes 12 de julio de 2021. El país había amanecido sin internet y la gente se preguntaba aquí y allá si el estallido de protestas populares, iniciado el día anterior, continuaría ese lunes. Se oían fragmentos de noticias y rumores. Alguna historia de los Destacamentos de Respuesta Rápida y militares vestidos de civil que habían salido a la calle a dar golpes después de que el presidente hubiera dado la “orden de combate” entre cubanos para “defender la Revolución”. Pero, básicamente, era la incertidumbre y el insoportable silencio. Algunos teníamos la certeza de que el verdadero día cero para el deseado cambio no sería el 11 de julio, sino el lunes 12. El día siguiente.

En La Habana, el levantamiento del 11 de julio había ocurrido en los barrios pobres. No pasó nada en Miramar, Siboney o el Vedado: fue en Centro Habana, 10 de Octubre, San Miguel del Padrón, Cerro, donde se puso dura la cosa. Sorprendentemente, La Güinera había quedado al margen —y esta inacción asombraba, en primer lugar, a sus habitantes. Quizás estaban demasiado acostumbrados a esperar por la iniciativa de la urbe o a que todo ocurriera “allá”, en lugar de en el barrio. 

El 11 de julio, Mistr Will y Robbie habían intentado llegar a Toyo o Centro Habana, donde sabían que estaban ocurriendo las protestas y también se encontraba Yomil, el cantante famoso de reguetón. Pero el transporte hacia el centro de la capital estaba malísimo y, entre esa lejanía y el toque de queda, habían tenido que regresar. “¡Mañana es el día! ¡Mañana se calienta esto!”, grabaron en el celular antes de irse a casa, como si del anuncio de un tema nuevo se tratara. 

El día 12 había llovido. Por eso demoraron los amigos en llegar a los bajos de la casa de Odet, que quedaba a una cuadra de El Basurero, en la calle Cantera, para saber lo que estaba pasando. Ya entradas las 3 de la tarde, seis amigos –cuatro mujeres y dos hombres– se habían reunido en la acera esperando a que la joven y su esposo Reynier salieran. En el juicio, una vecina del CDR diría que se unieron para “ponerse de acuerdo para salir a protestar en la calle”. Pero lo cierto era que, desde el celular de Odet, milagrosamente, sí se podían conectar a internet y ese azar, sumado al carisma de la muchacha, convocaba a los jóvenes.

Erróneamente, la Fiscalía afirmó también que el hecho de que algunos se hubieran podido conectar a internet ese día era consecuencia del empleo “deliberado” de una Virtual Private Network (VPN). Pero esto es, técnicamente, imposible, ya que las VPN funcionan solamente después de que el terminal se haya conectado a internet y nunca antes. Consultado para este reportaje, un empleado de ETECSA que pidió anonimato, explicó que la única manera posible para que la gente tuviera Internet ese día en un área, es que, en el apagón forzado al que se sometió a todo el país, algunos nodos estratégicos hubieran quedado encendidos sin que nadie se percatara de que uno de ellos llegaba, aunque fuera de una manera débil y requiriera de un buen terminal, a un poblado en la periferia de La Habana llamado La Güinera.

Es decir que, como siempre, La Güinera había sido olvidada. Por una vez, esa fatalidad, jugaba a su favor.

Odet, el presentimiento

A diferencia de muchos habitantes, Odet tenía un buen celular. Lo había comprado gracias a su trabajo como estilista facial y manicure. Los jóvenes reunidos aquella tarde en los bajos de su casa se enteraban en ese momento de los pormenores de la revuelta del día anterior en el país. Veían las imágenes de los miles de cubanos en las calles, pidiendo un cambio, diciendo sin miedo aquello que rumiaban durante años en privado: que estaban cansados de la falta de comida y medicamentos, pero sobre todo, que culpaban al gobierno y no al “bloqueo”, del infortunio de sus circunstancias, que no pedían “el cese de las sanciones de un país extranjero”, sino “libertad” política y civil; poder expresarse y decidir libremente su destino común.

Las imágenes de las golpizas también inquietaban a los jóvenes en la calle Cantera: los disparos de la policía en Toyo, las estacas idénticas en manos de supuestos revolucionarios “espontáneos”. Todo les espantaba. Todo les excitaba. Odet sabía, como quien tiene un presentimiento, que este era su día. Se lo había dicho a su padre tiempo atrás: “Cuando el pueblo salga a la calle, yo voy a ir delante”. No pensaba, además, que manifestarse pacíficamente, convocar a sus paisanos a decir en el espacio exterior lo que murmuraban en casa, fuera un grave delito.

Llenos de adrenalina, sabiendo que era la hora, de la calle Cantera salieron ocho jóvenes que se internaron primero Rosario abajo, como quien va  hacia el fondo de La Güinera, para buscar apoyo entre las casas pequeñas de la derecha y las más robustas de la izquierda. Con sorpresa comprobaron cómo la gente se desperezaba y empezaba a seguirlos. De manera que cuando volvieron a una cuadra de donde empezó todo, al Basurero, podían contarse como más de dos docenas. Allí, frente a la mugre, se dieron ánimo unos a otros:

“¡Abajo Díaz-Canel!”, gritaron sobre el suelo sin asfaltar. “¡Abajo el comunismo!”, “El pueblo unido jamás será vencido”…

“Necesitamos el apoyo de todos ustedes”, se dirigieron a quienes los miraban desde las esquinas. “El pueblo no puede llorar más ¡Ellos lo tienen todo y el pueblo no tiene nada…!”.

“¡Mi hermano! ¡Cómo no nos vamos a levantar si esta es La Güinera!”.

Algunos filmaban, otros se aprestaban a seguirlos. Una fuerza de naturaleza expansiva se iba creando allí, en El Basurero, que les impedía permanecer en un mismo sitio. Aquello que algunos llamarían “ansias de libertad” necesitaba de seguidores y de espacio para existir. No habiendo liderazgo reconocible ni organización previa, acaso había la intuición de que solamente con la participación de la mayoría y la conquista total del terreno, se obtendría la victoria.

De modo que el único camino posible era hacia el centro del barrio: hacia los edificios de microbrigada que quedan encima de la loma (por donde pasa la Avenida Güinera, allá arriba) y en esa dirección se encaminó el grupo que crecía mientras más andaba. Odet llenaba de aire sus pulmones y con esmero gritaba: “¡Cuba está llorando!”. “¡Vamos, pa’que nos cuiden, primo, vamos!”, al tiempo que empezaba a transmitir en directo para el mundo lo que allí sucedía.

Con su pareja y alguna amiga que se acercaba, iba debatiendo el camino a seguir. “¡Únanse!”, “¡Un pueblo unido, jamás será vencido!”. En la avenida principal, decidieron continuar un poco más del otro lado, para seguir despabilando el barrio.

“¡Libertad!”, “¡Libertad!”, “¡Patria y Vida!”, aplauden y corean mientras se internan de nuevo por las calles maltrechas rumbo al Volpe, cruzando la Avenida Güinera (también conocida como “La Avenida”). Uno de ellos ha agarrado una bandera cubana y la tiene encima. “¡Un pueblo unido, jamás será vencido!”. Hasta Cachimba ha empezado a seguirlos y, a veces, se pone a la cabeza del grupo. El visitante puede creer que Amalio Álvarez González, alias “Cachimba”, es un “deambulante” más de la zona, porque siempre anda borracho por las esquinas, pero la verdad es que es de allí, de La Güinera, y tiene una casita muy pobre que no visita mucho cuando toma. A sus 44 años ya anda calvo, encorvado por el vicio, con pinta de tener más de 60. Pero la fuerza que comparte con la gente hoy –o bien la exaltación etílica– lo hacen moverse de un lado a otro, agitando una jaba de mandados vacía con los brazos en alto: “¡Abajo la dictadura!”.

De pronto, una de las amigas de Odet está deteniendo a la gente en una esquina: “¡Párense! ¡Escuchen!”, hace señas a la gente que se sitúa en torno a ella para escuchar lo que tiene que decir. La cámara también lo hace: “Soltaron tres camiones de policías en la Avenida Güinera vestidos de civil. Vamos a seguir pero con cuida’o… pa’ que estén al tanto de todo”. La respuesta fue inmediata y contagiosa: “¡Libertad!, ¡libertad!”, aplaudieron, “¡Palante!”.

 Algunos proponen: “Vamos a buscar un lugar más céntrico”, en vez de seguir internándose en el Volpe y parecen acordar tácitamente que el camino es hacia la Loma, de nuevo, era el más indicado. “Saquen los calderos pa’afuera”, grita Odet preocupada por que la gente cambiara de idea. Creían que “el metal” podía darles ánimo. “Vamos, caballero, arriba, los cubanos, to’el mundo”, grita Odet, “únanse”.

Cerca de ella, alguien se prepara para un posible encuentro con brigadas del régimen: “Cuando le den a uno nada más, le caemos todos pa’arriba”, se puede escuchar desde el celular de Odet que alguien comenta. “No nos pueden tocar”, responde ella: “A quien quieran tocar le hacemos un canda’o…”. “Esto es pacífico —tercia otra voz que también recoge la directa—. Esto no es vandalismo”. “A quien quieran tocar le hacemos un canda’o —repite Odet—, pa’ que no lo toquen”, y evoca lo que había pasado la víspera en el Capitolio: “Si a Yomil no lo tocaron, a nosotros tampoco”. “¡Libertad!”, “El pueblo tiene hambre, cojones” —sigue gritando el grupo, que crece aceleradamente.

“Ya se va a calentar esto —dice en voz baja Odet a su pareja Reynier y vuelve a dirigirse a la gente: “Estamos pacíficos”, y luego baja la voz de nuevo como para reafirmarse a ella misma ante un mal presagio: “No hacemos nada malo, asere”.

Ya son más de cien los habitantes de La Güinera que se han incorporado a la marcha. Con cantos y aplausos avanzan hacia la avenida, tranquila pero firmemente. Odet trata de captarlos a todos en un paneo y habla a los miles de espectadores que deben haberse unido ya a su directa: “La Güinera está desfilando, caballero. Con sacrificio pa’ que la gente salga, asere ¡Qué clase de dolor tan grande!”.

“¡Van a tener que matar a toda la Güinera, cojones! —se acerca Cachimba a la cámara. “Está bueno de hambre ya. Nos están matando de hambre”.

A pocos metros está la avenida. El arribo del grupo es una mezcla de sobresalto y alegría. Por una parte, los recién llegados comprueban que hay un número de paisanos superior al suyo ya reunido en la loma, porque la voz se ha ido corriendo por el barrio y la gente ha salido espontáneamente. Odet dice que tiene ganas de llorar, también que tiene miedo. Quizás había llegado el momento en el que se tenía que calentar, inevitablemente, La Güinera, le dice a Reynier, como si se tratara de una previsión.

Manifestantes en La Güinera. Foto: Captura de pantalla/ CF.

“¡Libertad!”, “¡Libertad!”, grita la gente mientras reciben a los que vienen del Volpe. Desde la perspectiva de ellos, a la izquierda quedan los edificios. De allí también notan que una guagua azul grande va abriéndose paso entre la gente y Odet observa con preocupación: “Esa guagua es pa’ darnos golpes, caballero”.

Los del grupo que viene del Volpe todavía no se han acomodado bien en la avenida, de manera que por un instante, parece que hacen mutis observando a la guagua que los divide como un mal augurio. “¡Libertad!”, “¡Libertad!”, “¡Abajo el comunismo!”, “¡Abajo!”, se van recuperando las voces de la protesta.

En el centro de la avenida, sin embargo, el ómnibus ha dejado un espacio limpio que de pronto se ha visto ocupado por seres que visten y se comportan de manera extraña a la mayoría. No son más de diez, quizás, pero quieren controlarlo todo. Llevan camisas y pantalones pasados de moda, con bolsillos aptos para lápices y carnets. “No nos quieren dejar pasar pa’llá porque ahí está la estación de policía”, dice Odet a la cámara. “Vamos”.

Algunos se animan para seguir, a pesar de la presencia de aquellos que han reclamado el centro del ágora. Odet avisa que va a bajar el celular para que no se note que está filmando: “Mírenlos, ya están ahí los comunistas”.

“Un pueblo unido, jamás será vencido”, “Un pueblo unido, jamás será vencido” —la gente grita desafiante a los del centro.

La Fiscalía afirma que se trataba de funcionarios de diversas instituciones que “intentaron manera infructuosa persuadirlos y convencerlos de buscar otro espacio para dialogar” (Sentencia 145, causa 9-21). Pero la gente de La Güinera no creyó eso, sino que vio a los Carmelos, los dueños del puestecito de viandas que quedaba en esa esquina y eran comunistas (así les llama todo el tiempo Odet a los simpatizantes del régimen), más algunos desconocidos, en medio de la calle, increpándolos. Odet se ha alejado del centro de la acción. Otras cámaras, sin embargo, captan la escena.

Han sido videos difíciles de conseguir porque, después de las redadas, cuando se supo en el barrio que la policía estaba usando los mismos vídeos que ellos habían subido a la red para inculpar a la gente, los habitantes de La Güinera eliminaron inmediatamente cualquier material probatorio de internet. Muchos borraron lo que tenían, incluso, en sus celulares. Algunos conservan las grabaciones en secreto, pero no las comparten. Para realizar esta investigación se ha conseguido ver casi toda la secuencia de la rebelión en imágenes confidenciales. Los poseedores de estos materiales audiovisuales entienden que todavía pueden dañar a alguien y, en caso extremo, solo han permitido tomar nota de los videos que guardan, por el momento, alejados de la luz pública.

En uno de ellos se ve que la gente ha retrocedido un poco cuando reconoce a los partidarios del régimen y representantes del Poder, respondiendo a un reflejo arraigado en la tradición. Pero enseguida comienzan a acercarse hacia donde están los oficialistas:

“¡Libertad!” “¡Libertad!”. “¡No saben lo que piden!”, grita una de los Carmelos que se ha tirado una bandera cubana por encima y ahora se mueve como danzando. “¡Abajo la gusanera!”, “¡Más gusana serás tú!”, “¡Viva la Revolución!”, “¡Díaz-Canel, singao!”…

Cada vez más se aproximan los cuerpos. Ya un manifestante y un comunista llegan a empujarse. Alguien en una moto se acerca también desafiante, cuentan testigos, con intenciones de pegarles a los oficialistas, pero otros manifestantes lo disuaden. Ya los comunistas han salido corriendo perseguidos por algunos que les lanzan cosas. El gordo de los Carmelos sostiene una pala para defenderse, pero en definitiva también se va, loma abajo. Quienes los persiguen gritan consignas: “Libertad”, “Patria y Vida”, “Abajo el comunismo”, y les lanzan piedras.

Según el relato de la Fiscalía, uno de ellos fue víctima de una pedrada en la boca que le rompió los dientes y otro recibió un planazo. Sin embargo, ninguno de los dos hechos han podido comprobarse mediante los vídeos. Los testigos, más bien, afirman que el ciudadano de apellido Sandoval Albert, quien  alega haber perdido los dientes, nunca los tuvo (lo cual, tampoco hemos podido verificar de manera independiente). 

La euforia es general. “¡Patria y Vida!”, pasa un niño corriendo con la alegría de quien grita algo prohibido por primera vez. La loma había sido conquistada. Por primera vez en 66 años, los habitantes allí reunidos sintieron que el espacio era verdaderamente de ellos. Por primera vez no había necesidad de fingir obediencia ante ningún ente opresor. Decían lo que querían. La fuerza que los impulsaba se resolvía en sí misma respondiendo a su natural expansión. “Sabíamos que queríamos gritar bien alto y que se oyera en todas partes”, confiesa una participante.

De manera que ya estaban allí, en la loma que era de ellos, y a unos metros se encontraba la tienda en Moneda Libremente Convertible. Un lugar del Estado donde los residentes locales debían conseguir alimentos, pocos y caros, en una divisa con la que no se paga en Cuba, y era uno de los mayores estímulos para el “invento” popular —la actividad informal de los cubanos para alcanzar los dólares. Aunque en la mayoría de las localidades de Cuba, el estallido del 11-J había sido pacífico, en algunos sitios sí se arremetió contra símbolos del poder y contra tiendas en MLC, como acomete el pueblo desde el asalto a las Tullerías.

Algunos jóvenes de La Güinera todavía tenían piedras en las manos cuando avanzaron hacía la tienda. Era como si la fuerza que los despertara se hubiera dividido en dos partes: una que seguía ciegamente el impulso, y otra que podía controlarse y aconsejaba cautela. Las voces de la mayoría se colocaron en ese momento en la segunda mitad, del lado del orden y la prudencia, y se hicieron valer. Con señas rápidas hicieron desistir a los muchachos que se alejaban del grupo: había que concentrarse en la avenida. “Esto no es vandalismo”, había dicho una joven allá arriba.

Es así que, una vez conquistado un territorio, faltaba averiguar qué se hacía con la victoria. Por una parte, a algunos les preocupaba la tendencia a la agresividad que veían: “Esto era pacífico, esto no es de piedras”, debatían los amigos de Odet en una esquina. “Tenemos que decirle a la gente que tenemos que hacer las cosas pacíficas, caballero, que sean ellos los que nos agredan a nosotros, no nosotros a ellos”.

Por otra parte, les preocupaba la futura reacción del contrario: “Van a buscar refuerzos porque saben que La Güinera es caliente”. “Caballero —presiente Odet— esto se va a poner feo. Ellos viraron pa’atrás no porque tienen miedo, sino para buscar refuerzos”, y esta es una de las últimas frases que se le escuchará antes de que se corte su directa.

Ir y venir

Minutos después del episodio de la loma, acaba la transmisión de Odet en Facebook. Sin embargo, ya alguien relacionado con los Beirut, que también contaba con un buen teléfono, iba subiendo del Rosario hacia la avenida y llega en el preciso momento en que corren loma abajo los comunistas perseguidos por algunos lugareños. “¡La Güinera!”, “¡Esta es la Güinera, pinga!”, reacciona inmediatamente.

Los Beirut son unos emigrados de Guantánamo, de ascendencia libanesa, que han hecho suya La Güinera, convirtiéndose en una de las familias más conocidas y solventes debido a su éxito en los negocios. Todo el mundo conoce a Fredy Beirut, el viejo, por el apodo de “El árabe”, que es el nombre de su restaurante enclavado en la Calzada de Bejucal. El día anterior, en el oriente cubano, habían capturado en la manifestación del 11 de julio a su hijo Exent Beirut, hermano de Katia, a su nieto de 18 años y a su nieta, de 16.

En ese momento se reportaban como desaparecidos, pero se sabía que el arresto había sido violento. Es así que los Beirut estaban especialmente molestos ese 12 de julio de 2021 y enseguida se ponen a la cabeza de la marcha. “Mira eso —le dice Katia Beirut a quien está trasmitiendo la directa mientras señala un pequeño van que se dirige hacia El Capri–. Iba repleto de Boinas Negras”.

La Güinera tiene dos centros que están aproximadamente a un kilómetro de distancia uno de otro, conectados por la avenida del mismo nombre: está la loma de los edificios, donde acababan de ocurrir los acontecimientos descritos, y El Capri, que es la salida al mundo exterior, un sitio donde confluyen negocios,  una bodega, un centro comercial, un policlínico, la parada de guaguas de la Calzada de Bejucal, y la estación de la policía. Quien conoce la zona sabe que La Loma es un núcleo íntimo de la comunidad. Conquistar ese lugar equivalía, aunque fuera momentáneamente, a haber ganado el corazón del territorio.

Sin embargo, La Güinera no está completa sin El Capri. La fuerza expansiva que movía a los habitantes esa tarde no podía conformarse con dar vueltas sobre sí misma de modo estacionario, como quien se autoafirma en un pequeño espacio; si no se conseguía el país completo, todo habría sido en vano. Al día siguiente, volveríamos a lo mismo. Es por eso que la fracción más atrevida de los manifestantes pugnaba por avanzar hacia afuera.

Mapa: Armando Portela.

La mayoría, sin embargo, dudaba. Precisamente, cuando termina la Avenida Güinera y se sale a la Calzada de Bejucal, lo primero que aparece es el cuartel desafiante de los policías custodiando el lugar —y no es fácil aproximarse a lo que se teme—. No se trataba de que, puestos de acuerdo, las cientos de personas reunidas allí no hubieran podido reducir a un grupo de policías desprevenidos (los cálculos muy conservadores del propio régimen sitúan la cifra entre 300 a 400 manifestantes). En La Güinera de toda una vida ha habido armas de fuego bien ocultas, también un sinnúmero de machetes y armas blancas. Si hubieran querido, aunque momentáneamente, los sublevados habrían tomado el cuartel que al principio sólo debía contar ese lunes con un par de docenas de policías.

Más tarde, varios tribunales aceptarían la tesis fiscal de que la intención de los manifestantes aquella tarde no fue otra que asaltar la unidad de la policía para “subvertir el orden constitucional”, razón por la cual los acusaron de “sedición”. Pero lo cierto es que nadie llevaba ningún arma ese día, ni parecieron ponerse de acuerdo.

Después del incidente con “los comunistas” y la euforia inicial, quedó un momento de impasse en la dinámica de la protesta en el que la gente dudó. “¡¡¡To’el mundo pa’ la estación de la policíaaaa!!!”, se oye gritar a una voz rajada y, entonces, como activados por un mecanismo de inercia consustancial a las dinámicas de grupo, lentamente la gente empieza a moverse en dirección a la salida de la Avenida Güinera. Cuando existen aglomeraciones de personas indecisas, a veces el liderazgo solo corresponde al primero que proponga algo con suficiente fuerza —al menos, momentáneamente—. “¡Patria y Vida!”, “¡Patria y Vida!”. Los de adelante caminan con decisión, conminando a quienes los observan: “Únanse”, “Únanse”, “¡Libertad para Cuba!”, “¡Tenemos hambre!”, “¡Basta de mentiras!”, “¡No tenemos miedo!”, “¡No tenemos miedo!”, “¿Querían ver La Güinera? ¡Están viendo a La Güinera, pinga!”, se oye muy cerca del teléfono que los filma. 

Mistr Will, según testigos, había llegado a la protesta un poco tarde, cuando la gente ya estaba en la loma. Pero enseguida se pone a la cabeza de la marcha que se encamina hacia El Capri, cerca de los Beirut. No es difícil identificarlo porque llevaba una gorra con su nombre, que no se comprueba en vídeos anteriores, y camina coreando consignas. Robbie también andaba cerca. Wilmer Moreno Suárez (aka Mistr Will DCuba) es músico, cantante y arreglista, formado en las escuelas de arte en instrumentos de viento. Roberto Pérez Ortega (aka Robbie Ortega), es DJ y productor musical. Ambos sueñan con el éxito del reguetón. Luis Frómeta Compte, cubano residente en Alemania, camina a la vanguardia también al lado de su cuñado, Aldo, mientras lo filma todo. Diubis Laurencio Tejeda también filma.

“Díaz-Canel, singao”, “¡Únanse!”, “¡Un pueblo, unido, jamás será vencido!”. A unos 300 metros de la estación notan, sin embargo, que la gente se va quedando rezagada. “¡Libertad!”. La manifestación se alarga cada vez más, como una cuerda, y cada vez son menos los que van delante. Fredy Beirut propone avanzar un poco más y gritar “¡Libertad!” en la próxima esquina, sin darse cuenta de lo que está pasando. Pero ya muchos se han detenido, francamente, y expresan sus serias dudas sobre los próximos pasos a seguir: “Ir pa’ acá, a tirar piedras, es una locura, papa”, dice alguien que ha visto a unos muchachos con piedras en las manos. La fuerza que los impulsa vuelve a mostrarse dividida y otra vez hablan aquellos que defienden una estrategia más prudente: “Si tiran piedras al Capri, van a venir a dar tonfazos“, tercia un hombre. “Mira, esa gente tienen piedras y eso no es así”, se queja una mujer… “Es atentado”, otro… “Esto es pacífico”… “Pa’ que se vea que son ellos los abusadores si vienen a darnos”. “Es pacífico”, responde el hombre de la directa. “Es pacífico”, se repite entre la gente, y esa es la voz que prevalece, porque todos dan media vuelta y emprenden el camino de regreso a la loma (si bien es verdad que a quienes discrepaban no les hacía falta ni hablar, ni ser mayoría).

Aquí termina la segunda directa. Para reconstruir los próximos minutos cruciales, contamos con el testimonio de los presentes y con un breve fragmento de vídeo que transmite la propia Televisión Nacional, distraídamente.

“Todo era un bajar y un subir. Un ir para el Capri, luego virar para los edificios, sin ponernos de acuerdo. Eso fue la marcha”, nos cuenta Yensi, la esposa de Carlos Alberto. En efecto, estaban en trance de regresar para la loma cuando, viniendo de la estación, se les para delante una patrulla. Por eso, en algunas capturas de pantalla hay gente que aparece de espalda: porque todavía siguen el movimiento de volver. Fue cuestión de segundos. Se encontraban como a tres cuadras de la estación, como a la altura de la calle C y los de adelante se vuelven. La patrulla era de esas que tienen unas cámaras muy grandes arriba. También había aparecido como un todo-terreno negro, con cristales oscuros, que los observaba desde un costado de la avenida.

La Televisión Cubana enseña este momento en que se ve a los manifestantes agrupados detrás de una línea imaginaria y tal parece que se han organizado para enfrentar algo, cuando, en verdad, si se corre el enfoque, se sabe que tenían una patrulla delante con una cámara que los filmaba. De hecho, no es improbable, por el ángulo, que el material aportado a la propaganda televisiva venga de la misma cámara policial. Son apenas tres segundos. Siempre aparece la escena con alguna voz en off que reprocha “el comportamiento violento de los involucrados en los sucesos de Toyo o La Güinera”. Pero lo cierto es que, si se mira de cerca, se puede percibir cómo algunos manifestantes, en ese momento, están en trance de sentarse.

Captura de transmisión de la Televisión Cubana.

“Fue Wilmer (Mistr Will) quien los exhorta —me dice su esposa y confirman testigos. «Textualmente dijo: Si estamos aquí es para ganar, no para perder; siéntense y no a la violencia”. Es así que, durante unos segundos, las dos facciones de la fuerza que los movía pudieron haber chocado, como dos olas que se alimentan, mientras continuaban las consignas. Los testigos interrogados cuentan que en ese instante no ocurrió nada físico, lo cual puede verificarse por el silencio que la Fiscalía hace al respecto (que no menciona agresión alguna a un carro policial, como sí hace en Toyo o en Guanabacoa).

De súbito, como siguiendo un mismo comando, el carro negro y la patrulla retroceden a toda velocidad en dirección al Capri y se internan en territorio oficialista, donde ya hay formado un cordón de policías con aquellos efectivos  de la unidad. Eso ocurre como a dos cuadras de distancia. En un punto intermedio de este escenario, alguien empieza a filmar los acontecimientos con su celular. A la derecha de la cámara quedan los policías; a la izquierda, el pueblo. 

El combate

“¡Vengan, maricones!”, “¡entren!”, se escuchan los gritos.  Algunos manifestantes se aproximan y ocupan el territorio que había abandonado la patrulla, con lo cual recortan la distancia que los separa del enemigo a unos cien metros. Otros que se percatan de la escena, prefieren desviarse a calles aledañas o retroceder. Muchos no se dan cuenta de lo que pasa adelante. A unos 15 metros, Güinera adentro, donde se encontraba Luis Frómeta Compte filmando, la gente trataba de adivinar lo que sucedía en la vanguardia o simplemente pensaban que cogerían de nuevo para la loma.

Va a ser difícil precisar quién lanzó la primera piedra. En el video que registra la acción desde una posición intermedia, se comprueba que, después de que la patrulla y el carro negro cruzan a toda velocidad la línea policial que los va a resguardar, una piedra cae en dirección a los gendarmes. Cae a unos 50 metros de ellos, porque la distancia en ese momento entre unos y otros era bastante amplia. Sin embargo, si uno observa con cuidado, también puede distinguirse, de la parte de los policías, a un individuo vestido de civil que se ha agachado y tiene gestos de haber lanzado algo. En La Güinera todo el mundo afirma que fueron ellos, los policías, quienes empezaron a agredir al pueblo.

En realidad, la precisión es secundaria si se piensa que la violencia del día anterior, desplegada por el régimen contra los manifestantes, sólo podía despertar el lado más urgente de esa fuerza que, sin orden ni preparación, movía hoy a la gente. La orden de combate, después de todo, había sido dada. Todo evento de protesta pública iba a ser considerado por la jerarquía gobernante como un acto hostil. 

“¡Vengan, maricones!”. Las piedras siguen cayendo y los policías se han lanzado a la carga en dirección a los manifestantes. “¡Palante!”, gritan. “¡A cogerlos!”. También arrojan piedras hacia ellos. Algunos uniformados llevan en las manos cabillas de metal y estacas. Luis Frómeta Compte se encuentra a unos metros adentro en el tumulto desorganizado, pero puede filmar el momento en que todos los manifestantes se dan cuenta por fin de lo que está sucediendo en la primera línea, porque ven a los de adelante corriendo en retirada hacia ellos.

Entonces, sin excepción, todos se vuelven y corren en dirección a la loma, mientras son perseguidos por los gendarmes. Por espacio de aproximadamente media cuadra, los policías continúan su carrera y el lanzamiento de proyectiles hacia el pueblo que huye. De pronto, la cámara registra cómo ellos se detienen, como a la altura de la calle B, pero no porque hayan cambiado de idea persecutoria, sino porque, del lado del pueblo, algunos han decidido responder de nuevo lanzándoles todo lo que encuentran a su alcance.

En los pocos segundos que les llevó reaccionar a esta resistencia, el crescendo de gritos, metales y botellas rotas, es superado por un sonido al que nadie estaba acostumbrado. Es más alto que el estrépito de una botella al chocar contra el pavimento o el golpe de una piedra contra una plancha de metal, aunque se le parece. Se puede describir como el ruido de una palmada pero mucho más fuerte, cuando el fulminante despierta la pólvora. “Están disparando al pueblo”, se oye una voz desde un pasillo.

Contado así, parece más largo. Pero desde que comienza la persecución hasta que suena el primer disparo no transcurrieron más de tres minutos, lo cual nos hace suponer que los policías ya habían recibido la autorización de usar la fuerza letal sin menoscabo.

Luis Frómeta Compte no había escapado como el resto de los manifestantes, sino que, confundido por sus derechos ejercidos en Alemania, decide entrar en la línea de los policías cubanos que avanzan mientras los filma. Inmediatamente capta a un gendarme que ya tiene la pistola desenfundada. Luego, su celular registra lo que quizás haya sido el primer disparo, proveniente de un hombre vestido de civil, que no está en la primera línea de policías, sino en el centro, y por eso inclina su brazo unos 45 grados, para que la bala no hiera a los de su bando.

Después de ese sonido, la andanada es constante. Los policías que van de primeros disparan recto, apuntando a la gente. Muchas cámaras los captan. Tal y como sucedió el día anterior en Toyo.

En el centro de ese grupo letal avanza otro que, por su regularidad y estilo, amenaza ser mucho peor. Son las brigadas antimotines que al principio se mueven, según testigos, como en una película: vestidos de negro, relucientes, con una coreografía ensayada que alterna escudos, primera fila y fusiles. En uno de los vídeos que capta ese momento, se ve cómo un jefe de los antimotines le da un cocotazo a un subordinado porque se le ha encasquillado el fusil y no alcanza a disparar con eficiencia a la gente.

“¡Policía, no tiren piedras…!”, había gritado Frómeta Compte mientras filmaba. Su cuñado Aldo le había advertido de largarse en cuanto empezó la emisión de proyectiles, pero él quiso registrar cada momento con su celular. “¿Tú estás grabando?” —un policía acaba de detectarlo entre ellos con el celular al frente. Enseguida, dos guardias se lanzan encima de él y lo inmovilizan, aplicándole una llave de estrangulamiento. Un tercero quiere sumarse a su cuello, pero como él no se resiste y no hay espacio, se conforma con darle por la cabeza y regresa a la acción. Probablemente haya sido el primer capturado de la tarde.

En un pasillo de una casa lateral, han quedado atrapados Odet, Reynier y otros manifestantes. La turba de militares pasa por delante de ellos, lanzando piedras y disparando con armas cortas y largas. El asfalto está lleno de desprendimiento de rocas y vidrios. Desde ahí, Reynier trata de grabar el momento. “Grábenlos, graben pa’ que vean lo singaos que son”, grita una mujer en el pasillo. Un policía con la pistola desenfundada se ha subido a la azotea de una de las casas y trata de hacer blanco entre los jóvenes sublevados. Alguien busca registrarlo con la cámara del celular. “Cuba se está partiendo”, teme Odet.

Los gendarmes avanzan, pero no con facilidad. Varias docenas de jóvenes defienden el terreno conquistado a lo largo de la avenida, a pesar de que las balas silban a su alrededor. Algunos ya han recibido varios impactos. Balas de goma y de plomo también. En verdad, no se tiene ni un aproximado de la cifra real de heridos. Se menciona a un adolescente de 16 años y algunos más.

Pero la suma fidedigna es muy superior. Los del barrio saben que muchos lesionados no acudieron al hospital para no delatarse. Otros, capturados por la policía, fueron puestos luego en libertad con la condición de que no abrieran la boca. Incluso hay quien todavía recibe indemnización por haber quedado incapacitado para toda la vida por una bala. En la Avenida Güinera, dicen, los casquillos de bala cabían en una jaba de nylon. En el pulguero negro, allá abajo, cuando corrían persiguiendo a la gente, cuentan los vecinos que el tiroteo los cogió desprevenidos y había hasta niños en las calles.

Los jóvenes, de momento, siguen poniendo sus esperanzas en los proyectiles que salen de sus manos. Numéricamente, había equivalencia. Quizás los jóvenes de La Güinera superaran a los policías como en una docena. “Sí, creímos que les podíamos ganar”, confiesa más tarde uno de ellos al rememorar la gesta. “Lo que me molestaba era que una pila de gente se hacían los duros y, a la hora de la verdad, habían salido corriendo”. Pero la capacidad de fuego era importante.

A Ana Cruz le habían dado en la espalda y en la mano con una bala de goma. Pero la adrenalina no la dejaba pensar en nada de eso. Ella estaba concentrada en sus amigos. La estrategia de la policía, además de dispararles a mansalva, era rodearlos desviando efectivos por las calles paralelas (por la calle Primera, por ejemplo) y tratar de acorralarlos. Los jóvenes hacían lo mismo. Conocedores del terreno, se metían en los pasajes paralelos y aparecían en otras partes. La gente entraba y salía. En algún momento un proyectil le dio a un transformador y se cortó la electricidad. Quizás fue una bala perdida, quizás una cadena. El hecho es que este sabotaje se le achacará luego a los manifestantes.

Despliege de fuerzas represivas durante la protesta. Captura de pantalla/CF.

Llegando a la loma de los edificios, el terreno se vuelve engañoso. Si bien es verdad que quien defiende esta posición cuenta con la ventaja de la altura contra el adversario, los edificios se abren a la izquierda aumentando la visibilidad de los contrarios. Los pasajes donde escabullirse y hacer escaramuzas disminuyen bastante. Es así que a uno de los rebeldes se le ocurrió poner unos latones de basura en medio de la calle y prenderles candela para que fungieran como barricada momentánea contra el enemigo. Varios colaboraron con la empresa y se escucharon gritos de “Viva Cuba libre”. Pero no duró mucho este obstáculo al escuadrón de antimotines que avanzaba como una marea negra hacia ellos, lentamente ahora.

“Tirábamos piedras y veíamos que algunos policías querían darle la vuelta ahora a los edificios para acorralarnos –cuenta un protagonista de la jornada. Entonces Pikirí y otros tuvieron la idea de bajar para allá a pararlos. Mi pariente también quería ir, pero yo lo halé por el brazo pa’ que se quedara conmigo en la loma. Entonces Pikirí baja por la avenida primera, por el lado izquierdo. Nosotros no veíamos bien porque nos concentramos en la avenida principal. Él habría corrido como una cuadra hasta la calle Primera en la otra esquina, por donde se llega por una escalera que está detrás de los edificios. Entonces veo que regresa. Los policías no paraban de tirarnos. Entonces Pikirí se me para delante y me dice ‘me dieron’ y se cae de rodillas delante de mí. Le habían atravesado el pulmón izquierdo con una bala. Le dispararon por la espalda. Él fue hasta allí, quizás tiró alguna piedra, y se mandó a correr de regreso y ahí le dieron. Antes de llegar a la Avenida Güinera”.

En ese momento de tremenda confusión –prosigue el sublevado– todo el mundo rodeó a Pikirí para tratar de cargarlo: “Yo le quité la camisa y recordé que había que presionar la herida para evitar que saliera la sangre”.

En el vídeo transmitido alrededor de las 6 de la tarde, se escucha cómo la gente que ha venido a auxiliar al joven de La Güinera también grita: “¡Lo mataron!”, “¡Asesinos!”.

”Por fin apareció una moto y se lo llevaron pa’l hospital, adonde llegó muerto, según dicen”, recuerda el testimoniante. Diubis Laurencio Tejeda, de 36 años, alias Pikirí (o también Piki Rasta, que era su nombre artístico, porque hacía reguetón), provenía de una familia muy religiosa y humilde. De acuerdo con las autoridades, tenía antecedentes penales por “desacato, hurto y alteraciones del orden”. Como era lisiado de una mano, se dedicaba a vender ropa usada o “trapitos”, como le dicen en La Güinera. Fue ultimado por Yoennis Pelegrín Hernández, jefe de sector de Mantilla, a quien un tribunal exoneró de culpa por haber actuado en “legítima defensa”. Los reportes informales, que no se han podido comprobar de manera independiente, indican que este sicario abandonó Cuba y se encontraría hoy en algún lugar de Estados Unidos.

De acuerdo con la narrativa de la Fiscalía:

(…) algunos de los oficiales presentes en el lugar, como Yohandros Heredia Acosta y Wilfredo Sánchez Calmell, fueron rodeados por un grupo de aproximadamente 100 personas, que arremetieron contra ellos arrojándoles piedras, las cuales, impactaron al primero de los mencionados oficiales en el lado izquierdo de su pecho, ocasionándole falta de aire, y en su pierna derecha, mientras que el oficial Sánchez Calmell fue golpeado por las piedras en su pierna derecha, y en su mano izquierda, provocándole heridas que en su momento lo hicieron derramar sangre, cayendo al suelo ambos oficiales. Ante esta situación, temiendo por su vida y por la de sus compañeros, el oficial Yoennis Pelegrín Hernández extrajo la pistola que con motivo de sus funciones estaba autorizado a utilizar, y disparó contra los agresores, uno de los cuales resultó herido, a consecuencia de lo cual posteriormente falleció. (EFP 145D, 21).

Ese relato oficial no ha sido posible corroborarlo con ningún testigo presencial del hecho, ni se corresponde con la dinámica de los acontecimientos, ni con el lugar donde ocurrió el disparo, que fue en la Avenida Primera y no en la Avenida Güinera, donde estaban la mayoría de los sublevados.

“Ahí fue cuando nos empigamos y empezamos a tirar las botellas encendidas. Habrá quien diga que estábamos tirando desde que se incendiaron los latones. Pero yo te aseguro que no: que fue después de la muerte de Pikirí. Alguien empezó a sacar gasolina de una moto y a llenar los pomos. Recuerdo que las puertas de una Mipyme se abrieron y alguien puso una caja de botellas vacías en la parte de afuera y volvieron a cerrar, como diciendo: “Tengan, municiones”. El primer coctel molotov cayó allí mismo, casi donde había caído Pikirí, delante del puesto de los Carmelos… Tiramos unos cuantos, no creas. Hasta que ya nos dimos cuenta de que los boinas negras eran demasiados y tuvimos que salir corriendo”, relata un participante.

Varios testigos cuentan que las fuerzas represivas emplearon hasta drones para sofocar la sublevación. Uno de ellos fue tumbado de una pedrada.

*** FIN DE LA PRIMERA PARTE ***

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