
Por Carlos Cabrera Pérez
Una parte del exilio cubano ha reaccionado hipócritamente y hasta con insultos a la presencia de Noami Campbell y Paris Hilton en La Habana, donde se han hecho muchas fotos, incluidas algunas con dos hijos de Fidel Castro Ruz.
Los exiliados cubanos tienen todo el derecho del mundo a criticar a ambas celebridades, que tienen todo el derecho del mundo a viajar donde quieran y hacerse fotos con quienes le plazca. Incluido Paris Hilton hacerse de la vista gorda y los oidos sordos y ni siquiera preguntar por el suntuoso hotel que administraba su abuelo patriarca y fundador de la cadena Hilton, y que fue expropiado por Castro a la Caja de Retiro de los Trabajadores Gastronómicos para llamarlo Habana Libre… por un tiempo.
Cuba necesita -ahora más que nunca- ser visitada por mucha y variada gente, incluida celebridades, que no son tontas, saben a lo que van y tienen ojos para ver y escuchar La Habana, por mucho que sus managers y anfitriones gedosianos se empeñen en llevarlas por el carril happy.
La ventaja que tiene La Habana de ahora mismo es que no necesita adjetivarse. Con una ojeada al paisaje arquitectónico y humano se comprende que la gente está jodida, muy jodida, como que descubriera el trovador y ex diputado Silvio Rodríguez hace muy poco.

Las reacciones más exaltadas y emocionales –paradójicamente- han pecado de racismo y sexismo, tiñendo sus criticas con la negritud y esa sensualidad y sexualidad a pulso con que el régimen y sus incontables aliados, incluidos no pocos cubanos exiliados, pretenden reducir la imagen de una Cuba alegra y desenfadada.
Cada uno es muy libre de criticar lo que estime oportuno y de usar o no determinados argumentos racistas y sexistas, pero también sería oportuno reconocer que Noami Campbell y Paris Hilton no son culpables de la desgracia de Cuba, sino que los responsables somos todos los cubanos del mundo.
Descargar las iras contra estas dos mujeres es un ejercicio, otro más, de retórica inútil. Y ya sabemos que los esfuerzos baldíos -como le ocurre a Abel Prieto en su discurso contra lo que considera banalidad- conducen siempre a la melancolía; aunque la algarada sea emocional u oportunista, como ocurre muchas veces en el laberinto de la cubanidad.
Curiosamente, algunos de los que han alzado sus voces contra la presencia en el Festival del Habano 2015,de Hilton y Campbell, son los mismos que -con todo derecho- visitan regularmente a Cuba para ver a su familia, disfrutar de las ventajas que nos proporcionan tener un sueldo fijo en magua dura, organizar fiestas y exhibir su poderío ante su antiguo CDR y las redes sociales.
El goce de la diferencia
Hacerse fotos con famosos es una tendencia humana cada vez más frecuente, como ocurre con los abundantes selfies de gente anónima con artistas, peloteros, boxeadores, futbolistas y hasta con vividores de canapé y papel cuché; y los hijos del ex presidente cubano se parecen más a su tiempo que a su padre.
La prensa oficial cubana, pues, bueno, es la inamovible prensa oficial cubana y no hay que esperar mucho de ella y de las orientaciones que siguen bajando del edificio cercano al Combinado periodístico de Plaza de la Revolución. El periódico Trabajadores llegó a la audacia de poner una galería de fotos en sus páginas de ambas estrellas en el Festival del Habano (un golpe de audacia demasiado atrevido para los gustos de Machado Ventura y Rolando Alfonso Borges), pero -claro está- sin incluir las imágenes de Fidel Castro Díaz-Balart y Alejandro Castro Soto del Valle, los hijos del anciano dictador, quien estaba recibiendo a los cinco espías en Punto Cero mientras transcurría la gozadera del habano en otra parte de la ciudad.
El new deal aconseja, perfila, promueve, una mayor capacidad de escucharnos entre los cubanos, bajar el tono, discutir hasta la extenuación lingüística principios y divergencias pero -sobre todo- sustituir el viejo discurso del odio que tanto ha dañado a Cuba por una charla reposada con café y habanos.
Y no solo es una cuestión de decibelios, sino de comenzar a sustituir el viejo esquema castrista de confrontación e insulto por una cháchara inteligente y reposada. Ya sabemos que los monólogos totalitarios conducen a la fragmentación, el exilio, la pobreza y la dependencia económica.
Quizá la fórmula menos complicada para intentarlo sería proclamar a los cuatro vientos: ¡Bienvenidos al goce de la diferencia…!