Con profundo quebranto profesional confirmo la noticia que recibí desde mediados de semana sobre el despido masivo de una treintena de empleados del staff editorial de los diarios The Miami Herald y El Nuevo Herald, lo cual prácticamente significa la antesala de la muerte para dos operaciones periodísticas que transitaban desde hacía tiempo por una etapa minimalista.
En total fueron despedidos 25 miembros de la redacción de The Miami Herald –alrededor de un tercio de plantilla— y siete redactores de El Nuevo Herald, entre ellos veteranas figuras como el laureado comentarista deportivo Jorge Ebro, la redactora cultural Sarah Moreno, el editor Daniel Shoer Roth, el reportero Maykel González, y el querido amigo y traductor Jorge Posada.
En un memorando interno, la dirección de McClatchy, la empresa matriz de los Herald, señaló que el cambiante panorama mediático, saturado de opciones informativas, ha provocado una caída del 41% en los ingresos, lo que ha llevado a recortar drásticamente puestos de trabajo en las redacciones de sus periódicos.
Han sido afectados reporteros, fotoperiodistas y videógrafos. Los recortes abarcan una veintena de puestos sindicalizados y otros no sindicalizados, y la eliminación de plazas vacantes.
Los reporteros Nora Gámez, dedicada a los asuntos cubanos, y Antonio María Delgado, especializado en los temas de Venezuela, permanecen en sus puestos, entre otras cosas porque están emplantillados como figuras de The Miami Herald, no de El Nuevo, y ambas coberturas son clave para mantener lo que queda vital de la operación periodística.
Esta masacre laboral forma parte de una nueva ola de recortes generalizados a nivel nacional por McClatchy, y que ya va siendo un comportamiento cíclico en medio de la crisis arrolladora que devasta la industria periodística y el ejercicio de la comunicación en el ámbito global. En total han sido afectados unos 90 periodistas de 13 periódicos de la compañía McClatchy en todo el país.
En el caso de los Herald es un capítulo extremadamente doloroso para la comunidad y para los que apostamos por la sobrevivencia del periodismo como una columna fundamental del servicio público y la vitalidad democrática. También para los que estuvimos integrados a ese proyecto periodístico y asumimos un compromiso profesional a todo riesgo, en medio de los más acuciantes desafíos de la época.
Debe recordarse que El Nuevo Herald tuvo autonomía editorial y de distribución desde 1997, y que no solo fue un compendio imprescindible sobre temas cubanos y latinoamericanos en la prensa de Estados Unidos, sino que despuntó como el mejor periódico en español del país. Su dinámica informativa, penetración en la audiencia hipanohablante y el listado exclusivo de prominentes columnistas y colaboradores le dieron un sello inconfundible de credibilidad, profesionalismo y prominencia internacional.
Casualmente, hace 20 años se produjo un hecho que marcó una ruptura capital en el proyecto colegiado de El Nuevo Herald/ The Miami Herald. Fue uno de los mayores fiascos periodísticos de la historia que terminó con la renuncia del director ejecutivo de la empresa The Miami Herald Media Co, tras un mes de aguda controversia en la comunidad del sur de la Florida por la expulsión injusta de tres de sus redactores, entre los que me encontraba.


Los artífices de ese escándalo (reproduzco las portadas relacionadas), apuntalado por una supuesta investigación periodística, ya no están allí, pero fueron los culpables de la pérdida de identidad y autonomía de El Nuevo Herald y su posterior absorción bajo régimen de tutelaje por TMH. Uno de los maximos hacedores del desmadre sería luego el director designado de El Nuevo Herald, en 2009, y la persona que contribuyó a su anulación como voz del periodismo hispano: el señor Manny García, quien es hoy el director de la Facultad de Periodismo de FIU después de otras tantas tropelías por medios estadounidenses. Pero eso es lo que se premia y parece prevalecer en nuestro entorno miasmero.
García fue comisionado para enterrar a El Nuevo Herald y favoreció la unificación de las redacciones bajo un mismo presupuesto. Era la estrategia trazada desde TMH para anular a su publicación hermana, someterla a una política editorial sin diferenciaciones e imponer las cuentas de una clase empresarial que comporta también –digámoslo con las palabras pertinentes– el menosprecio racista.
Confieso que aplacé una publicación en torno a ese suceso, cuyas secuelas se extienden al presente de nuestras vidas, porque el momento no era oportuno para el recordatorio mientras transcurren tantas otras prioridades y calamidades palpitantes en el panorama.
Para los que me han preguntado, sigo en la elaboración del libro sobre ese capítulo del Herald, que tiene que ver no solo con el incidente de marras, sino también con la irreconciliable confluencia de dos culturas profesionales enfrentadas en el otrora edificio de la Bahía, que ha desaparecido como metáfora del derrumbe de una de las empresas periodísticas más renombradas e influyentes de la nación americana.
Lo que estamos viendo ahora es consecuencia de aquella tormenta denigratoria. Mi solidaridad con todos los colegas en esta batalla cruenta, que no puede encararse sin una dosis de utopía y la convicción en los resurgimientos posibles del sentido común en nuestra sociedad.