Esta mañana ha sido una de las peores que he vivido en mis casi 31 años de exilio. Como sucede con los golpes inesperados, una llamada telefónica me trajo la dolorosa noticia de la muerte en La Habana de Araceli García Carranza Bassetti, bibliógrafa eminente, gloria de la cultura cubana, mujer entrañable y humanísima a quien consideraba mi mentora, como si se tratase de una segunda madre ejemplar.
Escribo estas líneas desde el más profundo desconcierto ante la pérdida. Araceli estaba padeciendo de cáncer, iba camino de cumplir sus 89 años y con esos ingredientes cabe esperar un desenlace. Pero su vitalidad, su amor por el trabajo y la vida, su lucidez y bondad infinita, nos hacían pensar en que estaría con nosotros para siempre.
Estuvimos en comunicación permanente y lamento no haber podido darle un último abrazo en persona que siempre le prometía, algo que se postergó indefinidamente por las restricciones impuestas por el gobierno de Cuba en mi caso particular.
No pudo ser, tristemente. Lloré tanto como el día de junio de 1998 que recibí la comunicación de la muerte de esta madre en la distancia. Como mismo enfrenté el fallecimiento de mi padre en 2003. Los responsables de esta separación forzosa de familiares y seres queridos en los momentos cruciales de la vida ya sabemos quiénes han sido y no vale mencionar su calaña vergonzosa en este minuto de recordación a una persona como Araceli.

Como me cuenta, también desde el agradecimiento inmenso hacia ella, el historiador y amigo común, Emilio Cueto, Araceli estuvo trabajando hasta el último minuto. Ayer mismo se comunicaron entre ellos por los datos de una bibliografía martiana que tenía en preparación.
Su muerte ocurrió en horas de la madrugada de este martes y el sepelio será a las 4 pm.
Con Araceli estaré siempre en deuda por todo lo que representó para mi formación y mis investigaciones sobre Alejo Carpentier.
Nuestra relación surgió en el verano de 1980, cuando iniciaba mis pesquisas para la tesis de licenciatura, y no se detuvo nunca más. Pero lo que fue el nexo inicial de un vínculo intelectual se convertiría en una relación de familia, a quien siempre acudía para las consultas más acuciosas y necesarias, y los consejos más pertinentes.
Nadie me recordaba más a mi madre que Araceli, en su callada virtud, su sensibilidad alerta y su permanencia en la devoción católica, sin claudicar en los peores momentos de hostigamiento y censura que hoy pretende escamotear el discurso oficial.
Con la desaparición física de Araceli, la cultura cubana pierde una figura de estatura inmensa en materia de aportación bibliográfica y documental. Junto a Antonio Bachiller y Morales, padre de la bibliografía cubana, y de Carlos Manuel Trelles, ella conforma una tríada de indiscutible preeminencia y máximo aporte en este campo.

Su trayectoria profesional en la Biblioteca Nacional y su obra como bibliógrafa quedan como tesoros de un ejercicio intelectual que cada vez parecen más inescrutables en la época que transitamos.
Maestra de generaciones, intelectual modestísima (en exceso a veces), cubana raigal y mujer, con la muerte de Araceli pierde Cuba y perdemos todos los que creemos en un futuro de reconstrucción nacional desde los pilares de la decencia y la dignidad humana.
No pongo un pie en Cuba desde hace 28 años, cuando entré con una visa humanitaria de la Cruz Roja para ir a la tumba de mi madre y acompañar a mi padre en su duelo. Pero hubiera querido estar junto a Araceli antes de esta despedida en la distancia, que hoy vuelvo a experimentar como el cruento recordatorio de un exiliado.
Luz y paz eterna, Araceli querida. Hasta nuestro próximo encuentro te seguiré recordando, citando, evocando, porque tu imperturbable generosidad ha sido una guía para exaltar mi profesión y amar la vida.