Joanne Chesimard: una muerte simbólica en La Habana

Chesimard, conocida como Assata Shakur, estuvo fugitiva de la justicia estadounidense por 46 años y vivió refugiada en Cuba desde 1984, enlistada entre los terroristas más buscados por el FBI.

Joanne Deborah Byron, más conocida como Joanne Chesimard y Assata Shakur, fugitiva de la justicia estadounidense por 46 años, falleció este jueves en La Habana a los 78 años.

Una escueta nota del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (MINREX) informó de la muerte de Chesimard «como consecuencia de padecimientos de salud y su avanzada edad». No tan avanzada, realmente, si se tienen en cuenta la proverbial longevidad que prolifera entre los jerarcas del poder en la isla.

Desde 2013 estaba incluida en la Lista de los Terroristas Más Buscados por el FBI, primera mujer en integrar esa infausta relación delictiva y la recompensa por su captura se fijó en $2 millones de dólares.

Para la inmensa mayoría de los cubanos era una desconocida. Vivía refugiada en una misteriosa vivienda en La Habana y su nombre apenas apareció en los medios oficiales cubanos por los últimos 20 años. Quienes visitaron alguna vez las oficinas de la Embajada de Estados Unidos en Cuba tal vez pudieron ver su imagen colgada en un afiche bajo el rótulo de WANTED (Se busca).

Pero en realidad su figura fue algo más que una activista radical refugiada en Cuba desde 1984, bajo especial consideración del gobernante Fidel Castro. Chesimard fue un símbolo de la confrontación histórica entre Washington y La Habana, un estandarte del diferendo diplomático entre ambos países y un recordatorio permanente de la complicidad del régimen cubano con los protagonistas del desafío a la legalidad y las normas establecidas en la sociedad estadounidense.

Su caso fue mencionado reiteradamente en los informes anuales del Departamento de Estado como una poderosa evidencia para mantener a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo.

El apellido Chesimard lo mantuvo de su matrimonio católico de 1967 con Louis Chesimard, un activista estudiantil de la CCNY. Su vida matrimonial terminó en menos de un año –se divorciaron en diciembre de 1970— debido a “diferentes puntos de vista sobre los roles de género”, según recordaría ella en sus memorias.

El perfil delictivo de Assata Shakur, militante del movimiento de las Panteras Negras y del radical Ejército Negro de Liberación, en la década de 1970, solo era comparable con el Robert Vesco, el estafador internacional que también era reclamado por el FBI y falleció en la isla en 2007, con la anuencia de las autoridades cubanas.

Assata Shakur durante los años de militancia en las Panteras Negras.

Sus delitos como militante de grupos afroamericanos beligerantes incluyeron asaltos armados y robos en bancos hasta el asesinato del policía de carreteras Werner Foerster, ultimado a balazos en la parada rutinaria en una autopista rumbo a Nueva York, el 2 de mayo de 1973.

La señora Chesimard era de armas tomar y actuaba con sangre fría. El vehículo donde viajaba ese día junto a dos cómplices por la autopista fue detenido a causa de una luz trasera rota. Cuando los policías se acercaron al coche, se produjo un tiroteo que dejó a dos agentes heridos. Chesimard tomó entonces el arma de Foerster, que estaba tendido en el suelo, y le disparó dos veces en la cabeza.

Condenada a cadena perpetua por el crimen de Foerster, Chesimard logró fugarse de una prisión de alta seguridad, en noviembre de 1979, y permaneció escondida en una vivienda hasta que pudo escapar de Estados Unidos.

Apareció en Cuba en 1984 y allí se le concedió refugio político con el beneplácito de Fidel Castro, que la catalogó como una luchadora por la igualdad racial en Estados Unidos.

Con absoluto respaldo oficial, pudo reunirse en La Habana, en 1985, con su hija Kakuya Shakur, nacida durante el juicio por asesinato de la madre y fruto de una relación con Kamau Sadiki, otro coacusado en el caso.

Allí escribió su libro testimonial Assata: una autobiografía, en 1987, y se le ofreció empleo como redactora en inglés en Radio Habana Cuba.

Para Fidel Castro había factores de su lucha social más importantes que las imputaciones criminales que pesaban sobre ella.

“Quererla presentar como una terrorista es una injusticia, una brutalidad, una mentira infame. Esa señora fue un ejemplo”, dijo Castro en una comparecencia televisiva en 2005, a raíz de que Washington reanimara los esfuerzos para capturarla.

La prolongada estancia habanera de Chesimard incluyó además su presencia en actividades en el ámbito diplomático, su dedicación a la creación poética y el establecimiento de sólidas relaciones con personalidades del mundo cultural cubano, convertida incluso en una suerte de mentora para el movimiento de raperos y grafiteros en Alamar, en los años 90.

De los lazos estrechos con intelectuales y artistas afrodescendientes se generó su devoción por la santería, convirtiéndose en hija de Oyá, deidad yoruba de los ancestros, la guerra y el arcoiris.

En 1997 apareció contando su experiencia en el documental The Eyes of the Rainbow (Los ojos del arcoiris), de la realizadora cubana Gloria Rolando. El filme fue estrenado oficialmente en La Habana durante un evento en la Casa de las Américas, en 2004, y tuvo amplia difusión en universidades e instituciones culturales de Estados Unidos.

Fue escasísima la divulgación de sus fotografías en Cuba. La más reciente conocida se remonta a febrero de 2005 y fue tomada cuando participaba en una actividad de la XIV Feria Internacional del Libro de La Habana. El fotógrafo, que quiso mantenerse en anonimato, la envió a la agencia Nueva Prensa Cubana (NPC), en Miami, que procedió a publicarla en la portada de su revista Enepecé.

A mediados de 2007, reportes de la prensa independiente desde La Habana registraron su dirección en una vivienda del municipio Playa y localizaron un teléfono particular suyo, que luego fue desconectado.

En 2009, Chesimard escribió una carta al Papa Benedicto XVI explicando su caso luego de enterarse de que la Policía de Nueva Jersey solicitó la ayuda del Sumo Pontífice para que mediara en lograr su extradición.

Al cumplirse el 40 aniversario de la muerte de Foster sin haber logrado capturar a su victimaria, las autoridades estadounidenses duplicaron a $2 millones de dólares la recompensa por datos que condujeran a su captura.

Su muerte marca el final de un lamentable episodio de impunidad, amparado por el gobierno cubano durante cuatro décadas. Con su desaparición física se va una época, un mal recuerdo y una peor lección, que deberían servir para descongestionar el futuro cubano de tantas cargas impuestas en una confrontación tan costosa como inútil.   

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