Falleció el maestro Fernando Alonso, gloria del ballet cubano

Fernando Alonso en una de sus últimas fotos, junto a Grettel Morejón Grueiro, bailarina principal del Ballet Nacional de Cuba.
Fernando Alonso en una de sus últimas fotos, junto a Grettel Morejón Grueiro, bailarina principal del Ballet Nacional de Cuba.
Por Noel Bonilla*

Estamos tristes. La muerte de Fernando Alonso nos ha llenado de pena, al tiempo que buenos recuerdos se multiplican tratando de sopesar el dolor. Él, maestro y artífice por excelencia de las conquistas del ballet cubano y su escuela, se convirtió en dador vigilante, multiplicador de sueños y sanador de utopías.

Alonso falleció a consecuencias de un infarto este sábado, al filo de las 3 p.m. en el Hospital Cardiovascular de La Habana, a los 98 años. Su cadáver será expuesto en el Lobby de la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba a partir de las 9 p.m. de esta noche. El sepelio será el domingo a las 3 p.m. en el Cementerio de Colón.

Hace solo escasos meses, desde las aulas del ISA, debatíamos con él cómo pensar la formación actualizada de un profesional más capaz y apto para asumir la práctica de la danza de hoy. Su saber acumulado, su exquisita experiencia y generosidad cómplice, nos permitía urdir programas y planes de estudio dónde nada resultaba ajeno en el desarrollo de la danza cubana. Y es que, más allá de las razones históricas, artísticas y técnicas que lo distinguen como legítima y fundacional figura del arte balletístico profesional en nuestra isla; ha sido ferviente acompañante y facilitador pertinaz de cuanto intento se sumara a la idea de desafiar las líneas y voluntades del cuerpo danzante.

Pericia e invención

Una vez comenzados sus estudios artísticos en la Sociedad Pro-Arte Musical de la Habana en 1935, el aprendizaje y praxis de la danza dilataron las demarcaciones normadas por la institución. Una mezcla particular de pericia técnica e invención caracterizaban la fisicalidad e inteligencia corporal del joven Fernando. Cuentan que aquellas visiones iniciales que le provocaran Anna Pavlova y Nicolás Yavorski, perfilarían el gusto prolijo por la perfección de la técnica y el abrirse a la reinversión de pasos, poses y combinaciones. Rápidamente una fulgurante carrera internacional le permitirá acopiar experiencias diversas para devolverlas en la maestría sobresaliente de su pedagogía.

Reverenciado por haber modulado el talento indiscutible de Alicia Alonso, al punto de convertirla en su mejor discípula y noble depositaria de un saber franco y fértil. Forjador del Ballet de Camagüey y de tantas apuestas por ensanchar el pensamiento, el intercambio y nuestro hacer dancístico todo. Arnold Haskell aseguró una vez: “…es un gran maestro, a la vez que un científico y un artista. No sólo enseña a sus bailarines un clasicismo de fina talla, sino que los hace decididamente capaces de entendérselas con el lenguaje moderno, cosa que, les aseguro, he visto en raras oportunidades».

Hoy, cuando su andar de danseur noble, su voz pausada y certera; su guía de maître cauteloso y acechante se eternizan en la peana de los auténticos artistas y de los grandes hombres, nosotros seguiremos viéndolo como aquel bellaco Hilarión que optó por la muerte antes de sesgar en el empeño de renunciar a su objetivo de eterno enamorado de la vida, más allá de su paso breve.

*Profesor de Teoría de la Danza en la Universidad de las Artes (ISA) de La Habana.

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