
Después de décadas de ayuda a movimientos guerrilleros en Centroamérica y otros confines del mundo, Fidel Castro (o lo que va quedando de su presencia) quiere borrar de un plumazo su participación directa en hechos que han conducido a la muerte de miles y miles de civiles a manos de insurgentes armados y que desde los primeros años de la revolución fueron guíados, entrenados y abastecidos desde La Habana.
Ha tocado ahora desvirtuar la participación de Cuba en los acontecimientos bélicos de Colombia mediante el reconocimiento de su mediación en las negociaciones de paz emprendidas entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). El proceso comenzará en Noruega ern octubre y luego se traslará a La Habana, arropado también en la compañía de Venezuela y Chile como observadores.
Solamente como resultado de la guerra en Colombia las muertes ascienden a más de 250 mil muertos. En esa cifra tiene una alta parcela de responsabilidad la cooperación que desde La Habana tuvieron los lideres guerrilleros de las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).
Lecciones de la historia
Ahora que los Castro tratan de disfrazarse de agentes conciliadores de la paz, merece que acudamos nuevamente a la historia.
El comprometimiento de Fidel Castro con las guerrillas latinoamericanas tiene su origen en los primeros años de su revolución. En julio de 1966, en dialogo con los delegados a la Primera Conferencia Tricontinental en La Habana, cumbre de movimientos guerrilleros de Africa, Asia y América Latina, Castro dejó bien claro la ayuda que brindaría en hombres, armas y logística a los grupos revolucionarios en el hemisferio. Fue en ese foro cuando planteó su idilico sueño de convertir la Cordillera de los Andes en una Sierra Maestra y desde allí llevar la guerra a todo el sur del continente.
Cuatro años antes, en 1962, el líder cubano lanzó al mundo la Segunda Declaración de La Habana, documento político que expone a la opinión pública las posiciones de Cuba ante los acontecimientos de la época. En ella, Castro expresó que «el deber de todo revolucionario es hacer la revolución», y volvió a ratificar el compromiso de su gobierno con todo tipo de la lucha armada en la región.
A partir de ese momento se acondicionaron los centros de entrenamiento en territorio cubano. Miles de guerrilleros y líderes de izquierda de todo el mundo se forjaron en estos centros, que se abrieron en el llamado Punto Cero de Guanabo, y el Petty 1 y 2, entre otros.
La ayuda cubana a la guerrilla colombiana muestra claras diferencias con el respaldo brindado a otras fuerzas insurgentes en la región. Fundamentalmente se centró en el entrenamiento de guerrilleros y a sus líderes en territorio cubano, y comprendió el asesoramiento en la rama político y militar de los grupos, y el internamiento en instalaciones hospitalarias de los guerrilleros que necesitaron atención médica.
Padrino de los sandinistas
Respecto a una guerrilla como el FNLN de Nicaragua, la ayuda contó además con asesoramiento directo de militares cubanos en los diferentes focos o frentes guerrilleros, como fue el caso de Renán Montero, devenido Comandante del Ejército Nicaragüense después del triunfo sandinista de 1979.
Montero, un oficial del Ministerio del Interior (MININT), fue mano derecha del Comandante Tomás Borge, ministro del Interior de Nicaragua, y de Lenin Cerna, jefe de la Seguridad sandinista. Regresó a Cuba tras la derrota electoral de los sandinistas en 1990.
También el General Patricio de la Guardia jugó un papel fundamental en la ofensiva final del FNLN hacia Managua, especialmente en la toma del búnker de Anastasio Somoza.
Los guerrilleros colombianos encontraron en Cuba el santuario para entrenarse militarmente y atenderse la salud, Así fue el caso de Manuel Pérez, uno de los lideres del ELN, quien recibió esmerados cuidados médicos en el hospital del CIMEQ en los años 90, Pérez fue atendido por la flor y nata de la medicina cubana y murió después a consecuencia de complicaciones hepáticas.
La paz de Castro
De manera que a enprender las conversaciones de paz en suelo cubano, los dirigentes guerrilleros colombianos cuentan con un espacio seguro donde poder reunirse y dialogar, sin contratiempos ni riesgos de ninguna índole. Contarán además con el asesoramiento directo de la parte cubana, incluyendo las lecciones y recomendaciones que puedan emanar de Fidel Castro y de su muy calculado libro La Paz en Colombia (2008).
Tal vez ya no esté tan alerta, pero Fidel Castro ha resultado ser un excelente consejero tras bambalinas. Una de sus caracteristicas fundamentales ante estos acontecimientos ha sido siempre negociar desde posiciones fuertes, como sucedió durante los acuerdos de paz en Angola tras el fin de la guerra civil en esa nación africana. Castro no solo exigió la participación de Cuba en las conversaciones como parte integral del conflicto armado, sino que reclamó de manera contundente el retiro de la ayuda a la UNITA, principal opositor de las fuerzas del MPLA.
Para lograrlo, alertó a los angolanos sobre la estrategia de concentrar el mejor armamento disponible en la agrupación de tropas del Norte (ATN) en la medida en que se fueran retirando del sur; de esta forma se lograba mantener la fortaleza de la parte militar cubano-angolana y permanecía latente la expectativa de poder reiniciar la contienda si las condiciones lo determinaban.
¿Quedarán fuerzas y malicia suficientes al viejo dictador para recomendar alguna estrategia a los compañeros de viaje colombianos que tal vez se den una vuelta por Punto Cero en los días del proceso negociador en La Habana?
De víctimas y victimarios
El éxito de las conversaciones de paz en Colombia dependerán de varias interrogantes esenciales.
¿Aceptarán los líderes guerrilleros de las FARC, algunos de ellos designados por organismos internacionales como gestores de crímenes contra la humanidad, comparecer ante la justicia? ¿Se considerará en el punto de «los derechos de las víctimas» la posibilidad de que acusen a sus victimarios?
¿Asumirá el gobierno cubano la responsabilidad de darle asilo en el territorio nacional a ciertos líderes insurgentes en violación de los acuerdos de extradición vigentes (recordar la extradición del narcotraficante Luis Hernando Gómez Bustamante, alias «Rasguño»)?
¿Encarará el presidente Santos la responsabilidad personal que constituye darle inmunidad a los asesinos confesos de la FARC, ahora transformados en pacíficos negociadores por obra de las circunstancias?
No creo que los principales dirigentes de las FARC permitan avanzar las negociaciones si no cuentan de antemano con la seguridad de que no irán en un futuro ante tribunales para responder por sus crímenes. Por ahí comienzan, a mi juicio, los retos de este intrincado camino por sanar los resentimientos que por más de 50 años ha creado la guerra en el pueblo colombiano.
*Juan Reynaldo Sánchez fue escolta personal de Fidel Castro entre 1968 y 1994, con grados de teniente coronel. Fue destituido y cumplió prisión en Cuba. Logró abandonar la isla en el 2008 y actualmente reside en Miami. Tiene en preparación un libro sobre su experiencia en la seguridad personal del gobernante cubano.