El Caimán en la Granja: Revisitando a George Orwell o Cuba ante el espejo

Tenemos no solo la capacidad, sino también el derecho de decidir sobre nuestro destino.
Ejemplar porcino cubano: ¿Snowball o Napoleón? Foto: Juventud Rebelde.

Hace poco leí la novela Rebelión en la Granja (Animal Farm, su título original), de George Orwell, seudónimo del escritor y periodista británico Eric Arthur Blair (1903-1950). La obra fue publicada durante los años 40 del pasado siglo y en sus páginas se narra la historia de los animales de la Granja Manor quienes, cansados de los abusos y maltratos recibidos por el señor Jones y sus peones, terminan por sublevarse y expulsar a todos los humanos de la propiedad. A partir de ahí se harán con el control y adoptarán un nuevo sistema de vida nombrado “Animalismo”, que había sido confeccionado tomando como base las últimas enseñanzas compartidas por el viejo y respetado cerdo Major antes de fallecer.

Los siete mandamientos que conformaban el “Animalismo” fueron pintados con grandes letras blancas en la pared principal del granero, para que todos pudieran observar los principios que regirían la nueva sociedad de la que serían partícipes. El último de todos los mandamientos declaraba con firmeza: “TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES”. El camino estaba listo y la granja, ahora con el nombre de “Granja Animal”, echaría a andar bajo la total responsabilidad de sus nuevos dueños.

Al comienzo todo fue viento en popa, pero a medida que la fábula se desarrolla somos testigos de cómo aquellos objetivos y preceptos fundacionales aprobados por los animales se van deformando poco a poco, hasta llegar al punto de desmoronarse completamente. Los cerdos, al figurar como los seres de mayor inteligencia, se ponen a la cabeza del cambio y comienzan a establecer una nueva jerarquía. En un inicio esto se manifiesta fundamentalmente en los tipos de labores a desempeñar, algo hasta cierto punto comprensible, pues cada animal debía aportar desde sus propias capacidades. Sin embargo, los problemas se agudizan una vez que comienzan a emerger en la visión de los cerdos las ansias de poder, comodidad y lujo, surgiendo así prebendas e injusticias que iban en contra de los propósitos por los que se había luchado.

Al final, y perdón por los spoilers para quienes no hayan leído la novela, los puercos terminan conformando una nueva clase opresora que, al igual que los antiguos humanos, se encargaba de explotar al resto de los animales en función de sus propios beneficios.

Hago este breve recuento porque resulta necesario para entender el punto al que quiero llegar. Rebelión en la Granja es sencillamente una obra maestra, y no solo por la lucidez y elocuencia con que Orwell nos narra la historia, o por su capacidad de sintetizar una crítica tan contundente, sino también por la extraordinaria vigencia que sigue mostrando a día de hoy. Es posible deducir, por muchos elementos y analogías, que la fábula se basó en la Revolución de Octubre ocurrida en Rusia en 1917, así como en los hechos históricos que le sucedieron: la puesta en práctica del socialismo como sistema, la formación de la Unión Soviética y el posterior ascenso al poder de Josef Stalin (1878-1953), quien terminara consolidando uno de los gobiernos dictatoriales más implacables de todos los tiempos.

El escritor británico George Orwell (1903-1950).

No obstante, aquella persona que lea ahora la novela sin conocer su fecha de lanzamiento (1945) o quién la creó, podría perfectamente pensar que el autor es alguien que vive en nuestra contemporaneidad, más si ese lector experimenta una realidad semejante a la descrita en esas páginas memorables. Como cubano así lo sentí. Y aunque a decir verdad ya estaba enterado de los referentes originales de la obra, no pude evitar imaginar en tono burlón que el pícaro de Orwell se había topado con alguna máquina del tiempo con la que pudo viajar al futuro y así visitarnos varias veces a los de la mayor de las Antillas.

Las coincidencias con la realidad de nuestro país son increíbles. Me gustaría citar algunas, pero sin mencionar las analogías específicas que pudiera realizar. La intención está en que cada cual las lea y note si le recuerdan a algo… o a alguien. Por ejemplo, tenemos el momento en que Napoleón, el cerdo que comanda toda la granja, asume el poder absoluto y suspende las reuniones donde los animales votaban para aprobar cada nueva medida y así decidir sobre su destino.

Edición príncipe de Animal Farm, en 1945.

También está el grupo de perros que mediante la intimidación y la violencia aseguraba que los designios de los cerdos fueran cumplidos al pie de la letra, acallando a cualquier detractor. El miedo que infundían los canes era tanto, que en determinados pasajes ocurrían purgas masivas donde los animales llegaban a dudar de sí mismos y se autoculpaban de crímenes que nunca habían cometido.¡Una auténtica locura!

Por supuesto, cada vez que aparecía algún problema o incumplimiento había alguien a quien achacarle la responsabilidad, y ese era Snowball, el cerdo expulsado por el propio Napoleón, que había visto en él un molesto obstáculo para hacerse con la dirección de la granja. Sin embargo, cuando algo salía bien, aunque fuese por carambola, sucedía todo lo contrario y era atribuido inmediatamente a la capacidad de gestión del “gran camarada Napoleón”.

Así podemos seguir durante páginas. Desde las cada vez más frecuentes reducciones en las raciones de comida, hasta la manipulación de los sucesos del pasado aprovechándose de la mala memoria de los animales, generalmente presas de su propia ignorancia e incredulidad. Destaca aquí el pequeño cerdo Squealer, uno de los personajes principales, quien ante cada nueva medida negativa se encargaba de salir por todo el lugar para explicar y convencer a los habitantes que todo se hacía por su propio bien.

No puedo dejar de mencionar al caballo Boxer, el más trabajador de toda la granja y también el más ferviente seguidor de Napoleón. Su fe ciega en las decisiones del cerdo líder y su consagración desmedida a las tareas asignadas no encontraron reciprocidad cuando, ya cansado y enfermo, fue vendido al matadero con pasmosa indiferencia, como si se tratara de algún objeto desechable y no de aquel ser que había dedicado todas sus fuerzas a la causa.

Tampoco se puede obviar el único acto de rebelión que tuvo lugar luego de la expulsión de los humanos. Estuvo protagonizado por las gallinas, negadas a aceptar la orden de entregar casi todos los huevos que empollaran para su venta en el mercado. De más está decir que la insurrección fue reprimida ferozmente mediante el cese de los suministros de alimentos, provocando la muerte por hambre de varias de las aves sublevadas.

La ficción novelesca está basada en la realidad del campo socialista durante la primera mitad del siglo XX, pero capaz de hallar resonancias en pleno siglo XXI. ¿Cómo se entiende esto? Sin dudas, la crítica de Orwell trasciende más allá de la experiencia particular de una nación o potencia en un determinado período de tiempo. En realidad, el problema radica en ese sistema de gobierno totalitario condenado al fracaso mediante la repetición de los mismos errores una y otra vez. Si nos fijamos hay factores que se sostienen en cada caso, como la figura de un líder supremo aferrado al poder hasta que las condiciones se lo permiten, el dominio riguroso de las entidades de corte represivo (policía, fuerzas armadas, servicios de inteligencia), el aislamiento de la sociedad en una burbuja informativa y la férrea represión de toda expresión de disidencia, por solo citar algunos ejemplos.

Hablemos del final de la novela, uno de sus momentos más interesantes. Han pasado varios años desde la rebelión. Muchos animales fundadores han muerto y los que todavía viven ya se encuentran muy ancianos. Es denoche y de la casa donde habitan los cerdos, anteriormente la morada del señor Jones, provienen ruidos de fiesta. Los animales comienzan a acercarse lentamente al inmueble hasta asomar sus cabezas por una de las ventanas. Lo que ven los desconcierta. Dentro, los cerdos comparten y brindan con una delegación de humanos que había llegado durante el día para inspeccionar el lugar. ¡Humanos!, los mismos que en un inicio habían sido vistos como enemigos y representantes de un sistema opresor, ahora eran tratados con la mayor hospitalidad y simpatía.

Los puercos, por otro lado, ya vestían prendas humanas, caminaban sobre sus dos patas traseras y supervisaban el trabajo con látigos. La última oración de la novela dice literalmente así: “Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era el otro”.

Aquí acaba la versión literaria. Años después se realizaron dos adaptaciones para el cine. La primera era en animados; fue estrenada en 1954 y estuvo dirigida por el dúo de John Halas y Joy Batchelor. La segunda, ya bajo la visualidad que conocemos como “en persona”, aunque con efectos computarizados, corresponde a 1999 y su director fue John Stephenson. En ambas se tomaron licencias creativas para agregar, omitir o modificar determinados elementos del relato original. Sobresale el hecho de que sus respectivos finales no acaban donde mismo lo hace la versión literaria, sino que van más allá. La producción de 1954 es la más osada, pues muestra cómo luego de asomarse por la ventana y ver aquella escena de celebración, los animales indignados irrumpen en la casa y toman venganza acabando con Napoleón.

Aunque se trata de un desenlace válido, no me agradó el hecho de que las figuras humanas de la delegación fuesen sustituidas en su totalidad por cerdos. Claro, cuando reflexionamos sobre lo que representa cada grupo y observamos la fecha de realización de la cinta, en plena Guerra Fría, entonces comprendemos por qué ocurre esto. La historia es manipulada a conveniencia por una de las partes para hacer de ella un material más apegado a la propaganda. De hecho, fue encargada y financiada por la propia Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. No se dieron cuenta que al hacer este cambio estaban emulando las mismas tergiversaciones de la realidad que Orwell criticaba en su texto.

Por otro lado, el largometraje de 1999 es más moderado y se limita a mostrar que efectivamente, aquel sistema imperante en Granja Animal terminó por desmoronarse, aunque esta vez no por ninguna revuelta, sino por su propio desgaste con el paso de los años.

Personalmente me quedo con la versión literaria que nos entrega Orwell. Su final es tan redondo, pero al mismo tiempo tan abierto, que de alguna manera deja margen para que nuestra imaginación vuele y encuentre las más variopintas posibilidades de lo que podría pasar después. Aquí radica otro de los grandes aciertos del autor: haber dotado a su obra de un carácter universal, capaz de adaptarse a circunstancias diversas, despojándola de cualquier camisa de fuerza.

Lo importante es entender que se trata de un ciclo interminable, donde el problema deja de estar en tal o más cual postura de pensamiento, trasladándose a un plano mayor correspondiente a conductas negativas generalizadas como la avaricia, la mentira y la opresión.

Aun comprendiendo esto, también existe otra respuesta válida que es no entregarse a la desidia. Mejor centrarse en el aquí y el ahora, concientizando que tenemos no solo la capacidad, sino también el derecho de decidir sobre nuestro destino.

Tal vez al igual que los animales de la novela, todavía continuamos mirando a través de la ventana. Pero si algo debemos de tener bien claro es que no podrá ser para siempre aquello de que “TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS SON MÁS IGUALES QUE OTROS”.

Javier Rodríguez Calero es licenciado en Historia del Arte y trabaja como especialista del Museo Nacional de la Música. Reside en San Antonio de los Baños, Artemisa.

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