
Henrique Capriles Radonski acaba de cometer un error de bulto, casi infantil, al asegurar ante un grupo de estudiantes que si gana las elecciones cortará el grifo del petróleo barato a Cuba y demás países de la órbita bolivariana.
Todas las claves para ganar elecciones pasan por generar el más amplio consenso posible y con su aviso, Capriles solo ha conseguido ponerse en contra a la mayoría de los cubanos de la isla, que están hartos de hambre, represión y apagones, y a casi todos los colaboradores civiles cubanos en Venezuela, que ven en su victoria una probable vuelta a casa, sin quizá tener tiempo de ahorrar para el carro y la lavadora.
Por otro lado, si alguna esperanza tenía de captar votos de los caladeros chavistas, que se vaya olvidando de esos sufragios, pues muchos venezolanos pobres han vivido mejor a partir de los programas al estilo batistiano (de Fulgencio, como lo llamó Raúl Castro en una reciente intervención en la Asamblea Nacional) de compra de votos a cambio de operaciones milagros, ya sean de cataratas o alfabetizándose.
Política y emoción
La política también es emoción, pero no se debe agredir a nadie, ni siquiera al adversario con temas sensibles como es el combate de la pobreza, causa con la que todos estamos de acuerdo, aunque discrepemos con el chavismo en su táctica de voto cautivo, la destrucción de una parte de la clase media y la persecución de los ricos.
Y el error de Capriles es especialmente doloroso en un líder que ha crecido electoralmente con la mesura y el diálogo, no solo con los chavistas, sino también con los castristas, como lo demostró durante el ilegal asedio a la Embajada cubana en Venezuela durante el golpe de Estado de 2002, y enviando a dos emisarios discretos a La Habana para negociar con Raúl Castro un pacto a futuro como parte del discreto acuerdo propiciado por Barack Obama y Lula da Silva.
Venezuela -el país con mayores reservas petroleras del mundo- permitiría a Capriles renegociar el pacto de crudo por educación y sanidad con La Habana, y devolverle a los militares intervencionistas, que han ocupado las estructuras del país como ni siquiera se atrevieron los enviados del imperio yanqui en Guatemala o Panamá.
Los adversarios de Capriles ya están sacando créditos a su disparate y el primer acto fue la condecoración del equipo médico cubano que atendió a Chávez desde su enfermedad hasta su muerte, el pasado 5 de marzo. Y en la medida en que avance la corta carrera electoral, Nicolás Maduro azuzará a los pobres con el miedo de que si ganan los «escuálidos» se quedarán sin escuelas y sin medicina gratis: ¿a qué os suena esta música?
Si Capriles ganara
Si Capriles ganara, tendrá que lidiar con idénticos problemas que Maduro: el parón de la economía y contentar al menos a los ocho caballos de los partidos que integran su alianza; hambrientos de poder desde que Hugo Chávez les mojó la oreja consecutivamente en cada contienda electoral.
Los problemas de los ciudadanos, Don Henrique, no son de izquierdas ni de derechas; ni siquiera chavistas o antichavistas. Son problemas y un político solo es grande cuando genera un consenso nacional para resolver la mayoría de los problemas, pues algunos ni siquiera tienen solución en los primeros años de gobierno debido a su origen estructural o la falta de recursos reales para afrontarlos.
Si estuviéramos ante la desgracia de que algún anticastrista afiebrado le haya susurrado al oído que cortando el petróleo a Cuba se provocarían desórdenes populares y hasta un levantamiento, estaría usted subestimando a Raúl Castro, como ya hizo Chávez en más de una ocasión. Y estaría entonces contribuyendo a que Fidel Castro se saliera con la suya; es decir, como he fracasado en todo y ni siquiera los yankis me invaden, incendio La Habana y me pongo a tocar la lira en Cojímar.
Créame, Don Henrique, el pueblo cubano no merece que usted anuncie que lo trataría como rehén si gana las elecciones; ya bastante tiene con soportar desde hace 54 años una tiranía comunista, experta en cultura de la pobreza y en mítines de repudio maoístas contra sus opositores, incluso en países democráticos como Brasil o España.
Retorno a la cordura
Superado el exabrupto, vuelva usted a la cordura, a su mensaje tranquilo de que Capriles Radonski es la solución para Venezuela, aunque en el actual estado de penetración castrista en su país no tendría otra alternativa que soportar durante un tiempo los ecos de esa algarabía tan populista y suicida de que hay que matar a los ricos, como en Cuba y Corea del Norte.
Pero tampoco les tema. Raúl Castro tiene problemas idénticos a los de Maduro, así que deben dejar de predicar y empezar a dar trigo. De hecho, la muerte de Chávez provocará un aceleramiento de las reformas económicas cubanas, porque la única certeza en este momento es que ha muerto un presidente electo; el resto, Dios dirá.
Raúl parte con la ventaja de que se siente menos atado al sentido de trascendencia homérica de Fidel Castro y comprende que los ciudadanos debían poder desayunar, comer y cenar con normalidad todos los días, pero aún no ha sido capaz de hacer que las vacas produzcan leche suficiente, por ejemplo.
Pero irónicamente -y como casi siempre- al vicecomandante en jefe le ha tocado bailar con la más fea y duda en cuál es la proporción justa de apertura para intentar evitar que las reformas lo hagan un Gorbachov caribeño y poder seguir brindando por Stalin.
Si usted, Don Henrique, quiere apostar en serio a la política real, transmita a Raúl Castro un mensaje discreto: Si gano, tenemos que hablar; y si pierdo, también. Ambos se necesitan mutuamente, aunque ahora la algarabía temporal -incluido los manojos de ataques que usted sufre en la prensa castrista- genere la ficción de que son enemigos irreconciliables.
Muchos le criticarán con dureza, incluso miembros de su coalición, pero a estas alturas, usted, como Raúl Castro, ya debía de tener piel de rinoceronte. Que si homosexual, que si escuálido, que si majunche, que si pitiyanki, que si apátrida; en fin, que no ha matado usted a Manolete (mítico torero español) de puro milagro.
Durante la transición democrática española, un político muy socarrón dijo: La política hace extraños compañeros de cama. Y otro le contestó: En política, nunca, jamás, es hasta dentro de cinco minutos.