Cuba, entre el desierto y la biblioteca

La biblioteca de la UNEAC, que fue el pequeño reino de José Rodríguez Feo, ha comenzado a desmantelarse bajo una iniciativa no consultada ni esclarecida debidamente, y aceptada con pasmosa tranquilidad.
La biblioteca de la UNEAC en pleno desmantelamiento. Foto: Café Fuerte.

Quienes conocimos a José Rodríguez Feo en la biblioteca de la UNEAC, sabemos que ahí Pepe mostraba con orgullo algunos ejemplares y dejaba ver otros que podían ser útiles como provocaciones, desde su colección completa de Ciclón (en la que me hizo leerme a toda prisa Los siervos, de Virgilio Piñera) hasta un ejemplar de Antes que anochezca, las muy arenianas memorias en cuyas páginas él mismo no sale bien parado. La biblioteca era su pequeño reino, al que iban a saludarlo quienes le conocían y le admiraban y desde la cual él lanzaba miradas fulminantes a quienes detestaba, ya fuera por alguna de sus célebres broncas o la mediocridad de algunos de los que veía pasar.

Con su muerte, parte de ello se empezó a dispersar sin remedio, en 1993. No llegó, por desgracia, a participar en el Coloquio Internacional por el Cincuentenario de la revista Orígenes ni en los festejos por el 40 aniversario de Ciclón. En la librería cercana a su casa hallé un día ejemplares de su biblioteca personal, firmados por él. Guardo un ejemplar de un volumen de su profesor, Harry Levin, acerca de Christopher Marlowe, en cuya primera hoja está su rubrica. Fue lo que pude salvar de aquel naufragio, que recordé al visitar hace poco el que fue su apartamento, aledaño al de Virgilio, en N y 27, en el Vedado habanero.

La noticia de que la biblioteca que permanecía en la UNEAC con su nombre también ha comenzado a dispersarse, bajo una iniciativa no consultada ni esclarecida debidamente, ha alarmado a no pocos en estos días. En los cuales por desgracia parece aceptarse con una pasmosa tranquilidad o más bien neutralidad el cierre de un grupo de teatro, la caída de un instituto y la demolición de sus últimos restos, la expulsión de intelectuales y creadores de sus puestos de trabajo como profesores, entre otros dislates.

La falta de casi todo ha añadido a su gravedad la falta, también, de una aunque sea mínima capacidad de reacción que más allá de la sorpresa y el sobresalto nos permita ir más allá en el reclamo de reacciones y respaldos que se supone aún funcionen, así sea malamente, para que el desaliño y el desierto no crezcan tan aceleradamente. No sé qué pensaría Pepe de esta última noticia relacionada con la biblioteca que él organizó y ante la cual le hicimos el último homenaje hace unos años para que no se le olvidara como el editor, el traductor y el provocador que fue.

Hasta donde alguien me dijo, se trataba de «regalar» ejemplares de ese fondo que no pertenecieran específicamente al sello de Ediciones Unión. Pero nada de eso deja de ser preocupante cuando se están perdiendo de modo tan obvio y apresurado fondos, espacios y sitios de intercambio. Espero se aclare lo antes posible qué está sucediendo con esos libros que Pepe acumuló y organizó, y que en respeto a su nombre deberian estar más protegidos.

Hay muchas maneras de ayudar a que cunda la desidia. Esa vieja costumbre ante la cual, por cierto, Pepe Rodríguez Feo siempre se mantuvo en estado de alerta.

Fotos: Café Fuerte

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