Por Rosa Marquetti
La prohibición del tributo que Teatro El Público y Fábrica de Arte Cubano (FAC) realizarían este domingo 19 de octubre para celebrar el centenario de Celia Cruz en la sede de FAC, La Habana, agrega un capítulo más a la historia de la censura y la aplicación de métodos de comisariado político dentro de la cultura cubana.
Algunos de los implicados en esta sentida iniciativa tras días de ensayos y trabajo, cuentan incidentes de citaciones personales, órdenes inapelables y amenazas anticipando consecuencias negativas para quienes se atrevan a la desobediencia.
Un errático comunicado de un ente burocrático que nada tiene que ver con las artes escénicas, transparenta el miedo y la premura con que fue escrito, y donde ni siquiera mencionan el nombre de CELIA CRUZ.
Llevan 60 años temiéndole a esa voz, temblando de miedo con solo pronunciar o escribir su nombre, aterrados de su extraordinario poder de convocatoria, sabiendo bien que su grito de ¡Azúcar! y su alegría arrastran y convencen mucho más que la amargura y la negatividad kármica con que imponen órdenes, reparten manotazos y amenazan con lo único que tienen: la fuerza del poder fáctico.
Llevan 60 años tratando de manchar –sin lograrlo– una de las trayectorias de vida más extraordinarias en el ámbito cultural en la defensa de una identidad, con un sentido de pertenencia a toda prueba.
Llevan 60 años agrediéndola, avasallándola, volcando sobre ella la misoginia y el racismo de plantación que ha caracterizado muchas de las decisiones y las políticas en el ámbito cultural, mientras ella se erguía en el mundo como la mayor representación de lo cubano, la más conocida mundialmente, la más querida, la más aplaudida, la más homenajeada.
Por eso le temen, por eso no le perdonan su cimarronaje al defender y exhibir su derecho a pensar diferente, y actuar en consecuencia. Sin embargo, el mundo hoy no recuerda y muchos ni siquiera conocen cuál fue su postura política: de ella solo recuerdan su música, su voz y su ser cubana, es decir, su arte maravilloso.
Nunca ningún músico cantó tanto a Cuba como CELIA CRUZ, con esa sabiduría con que hizo patente que estos tres conceptos –país, patria, nación– no cabían en la representación y los desmanes de un gobierno. Y el nombre de Cuba brillo, bailó y gozó en su voz como con nadie, en todo el mundo.
CELIA CRUZ dejó el resultado de una carrera de más de 60 años, difícil de igualar en valor cultural y de representatividad. Ahí están las grabaciones de sus canciones, sus películas, las obras benéficas y cívicas que realizó en profusión, los reconocimientos y premios con que diversos países le mostraron su aprecio. Ahí están las voces de sus colegas en todo el mundo, rindiéndose ante su talento, sus valores humanos y el legado que dejó no solo a los cubanos, sino al mundo.
¿Alguien puede decir qué méritos, qué obra tienen, qué aportes a la cultura cubana, han hecho Abel Prieto, Alpidio Alonso, Fernando Rojas, Fernando León Jacomino, Indira Fajardo, Víctor Rodríguez “Vitico”?
CELIA CRUZ fue más patriota, más cubana, más honesta ante su patria, y más relevante humana y culturalmente que todos ellos, sus censores, tristes apartchikis, robóticos cuadros políticos, nunca intelectuales ni hombres y mujeres de cultura y pensamiento propio, que vuelven a dejar claro el único recurso que les queda: el de la fuerza bruta.
Por ello, CELIA no necesita de la bondad o el permiso de ningún gobierno para ser, 21 años después de su muerte, lo que es de manera incontestable. Somos nosotros, el pueblo, la nación, el país, los que necesitamos de ella como referente, como factor de unidad e inspiración en tiempos en que tanto nos urge conjurar la polarización y buscar el camino para reconstruir el país que parece hundirse sin remedio ni salvación posible.
Más dolor que rabia me ha provocado este incidente, por previsible que pareciera, cuando aún alguna esperanza tenía en que por una vez se impusiera la cordura y no la constatación de que la venganza, la maldad y la soberbia siguen siendo sustentos de la política en Cuba, y en particular, entre quienes tienen secuestrada su cultura. Como diría Panchito Riset: “El cuartico está igualito”.