Carlos Piñeiro Loredo, el magisterio de la perfección

Hombre culto, laborioso como pocos, y acaso el más riguroso velador del idioma que tenía la prensa nacional, respaldado por un hondo conocimiento de las reglas gramaticales y el arte de la redacción periodística.

Ha muerto en La Habana, a los 81 años, Carlos Piñeiro Loredo (1943-2024), editor de altos quilates y maestro de generaciones de periodistas. Hombre culto, laborioso como pocos, y acaso el más riguroso velador del idioma que tenía la prensa nacional, respaldado por un hondo conocimiento de las reglas gramaticales y el arte de la redacción periodística.

Sus cenizas fueron esparcidas esta mañana en el jardín frontal de la revista Bohemia, que fue su puesto de trabajo desde 1976 hasta que se vio obligado a acogerse al retiro por motivos de enfermedad. En Bohemia se convirtió en una figura de autoridad profesional y referencia obligada en los más de treinta años que entregó a la publicación, como jefe de Redacción y Edición, desde 1981, y luego como subdirector editorial.

Estaba recluido en un asilo en La Habana, afectado por una profunda depresión. Tenía esporádicas noticias de su situación gracias a la profesora Miriam Rodríguez Betancourt, quien fue su amiga desde la época de la antigua Escuela de Periodismo.

Tuve referencias de Carlos desde mis años estudiantiles, pero estrechamos una relación cercana cuando él se incorporó como profesor adjunto de la Facultad de Comunicación (FCOM) de la Universidad de La Habana, en 1986.

Su magisterio, sentido del perfeccionismo, artífice de la precisión formal, son atributos de un trabajo anónimo que cumplió con entrega extraordinaria a la redacción de Bohemia. Muchas firmas, como ha sucedido en la historia del periodismo contemporáneo, le deben muchísimo al paciente trabajo de corrección, a los recortes tajantes y a las sugerencias oportunas de un editor como Carlos. Era implacable con las chapucerías y las rimbombancias vacías que suelen esconder la verdadera información pertinente.

No es necesario volver aquí sobre lo que todos sabemos en relación con el deplorable estado del periodismo cubano, convertido en un instrumento de conducción política y manipulación propagandística. A mí me gusta repetir siempre que Cuba es un país con un pésimo periodismo, pero con excelentes periodistas. Porque a veces en la negación y el rechazo al paquete monocorde y desfachatado de la prensa oficial, perdemos de vista que en medio de todo este marasmo ideologizado conviven individualidades altamente profesionales, conocedoras del ejercicio periodístico en la tradición cubana, y que ciertos espacios de la academia han sido también un foco de resistencia racional ante los desmadres del oficialismo.

Cuando Carlos se incorporó al claustro profesoral de la FCOM, lo hizo como parte de un esfuerzo conjunto por dotar al plan de estudios con asignaturas y materias que reforzaran el perfil profesional de la carrera con un carácter más científico y menos ideológico.

La asignatura que concibió, conformó e impartió, Redacción y Estilo Periodísticos (I y II), fue un verdadero aporte al currículo que reelaboramos entonces bajo la denominación de Plan C, en 1989-90. Fui a la vez beneficiario de sus conocimientos como parte del equipo de la asignatura, que favoreció a cientos de estudiantes con sus enseñanzas, exigencia y erudición gramatical.

Despido a Carlos con estos recuerdos agradecidos, lamentando no haber podido extenderle en persona mi último abrazo.

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